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CAPÍTULO 1

Alfarrikan_III
Pensamiento

Pensamiento

RubenOrtega

A Sergio no le echo nada. Pregunta dos veces, a la tercera se ríe contigo y lo deja estar, y yo he hecho lo mismo con más de uno. Que nadie lo condene por eso.

A Sergio no le echo nada. Pregunta dos veces, a la tercera se ríe contigo y lo deja estar, y yo he hecho lo mismo con más de uno. Que nadie lo condene por eso.

Contenido de la publicación

Nicolás siempre había sido bueno fingiendo que estaba bien.

No era una habilidad que hubiera aprendido conscientemente. Simplemente había descubierto, con los años, que decir estoy bien era mucho más sencillo que explicar la verdad.

Cuando tenía ocho años y lloraba porque su padre no había podido asistir a su festival escolar, su madre le preguntó:

—¿Estás triste?

—No.

Cuando tenía diecisiete y terminó su primera relación, su mejor amigo le preguntó:

—¿Te dolió?

—Ya pasó.

Cuando tenía veintinueve y perdió el trabajo que creía que sería definitivo, llamó a su madre.

—¿Cómo estás, hijo?

—Bien, ma.

—¿Seguro?

—Sí.

Siempre había sido así.

No mentía exactamente. Solo entregaba a los demás la versión de la realidad que resultaba más fácil de escuchar.

A los treinta y cuatro años, aquella costumbre se había convertido en una segunda piel.

El problema era que había llegado un momento en que ya no sabía cuándo estaba fingiendo para los demás y cuándo estaba fingiendo para sí mismo.

En la oficina nadie notó el cambio inmediatamente.

Nicolás seguía llegando a la misma hora, contestando correos, asistiendo a reuniones y entregando resultados. Incluso seguía haciendo bromas.

Eso era lo más engañoso.

Todavía podía hacer reír a los demás.

Una mañana, Sergio se dejó caer en la silla junto a su escritorio.

—Si mañana se acaba el mundo, tú vas a preguntar si al menos nos van a pagar la quincena.

Nicolás sonrió.

—Primero hay que confirmar si el apocalipsis trae prestaciones.

Sergio soltó una carcajada.

—Ese es mi Nico.

Nicolás también se rio.

Después volvió a mirar la pantalla.

Durante unos segundos no pudo recordar qué estaba haciendo. Leyó la misma línea varias veces.

Las palabras estaban ahí.

El sentido no.

Cerró los ojos, respiró y la idea apareció otra vez.

Podrías dejar de existir.

Abrió los ojos, movió el mouse y continuó trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Como si aquella frase no acabara de atravesarlo.

Elena fue la primera en notar que algo estaba cambiando.

No porque fuera más perceptiva que los demás.

Porque lo conocía.

Llevaban casi cinco años juntos. Sabía cuándo una sonrisa le nacía en los ojos y cuándo se detenía en la superficie.

Aquella noche cenaban en un restaurante pequeño cerca de su departamento.

—¿Qué tienes? —preguntó ella.

—Nada.

—No te pregunté si tenías hambre.

Nicolás sonrió.

—Entonces estoy confundido.

—Nico.

La sonrisa desapareció.

—Estoy cansado.

—Siempre estás cansado.

—Pues trabajo.

—Yo también trabajo.

—No igual que yo.

Elena arqueó una ceja.

—Ah, perdón. Se me olvidaba que tu cansancio es edición especial.

Esta vez sí sonrió.

Pero apenas un segundo.

Elena lo miró.

—No estás bien.

La música del restaurante sonaba demasiado fuerte. Una pareja hablaba en voz baja en una mesa cercana y un mesero pasó junto a ellos transportando una charola llena de vasos.

El mundo seguía funcionando.

Exactamente igual que aquella noche en su habitación.

—A veces quisiera desaparecer —dijo Nicolás.

Elena guardó silencio.

Por un instante, él creyó que iba a preguntar algo más. Que iba a quedarse ahí. Que no lo iba a dejar escapar.

Pero ella suspiró.

—Necesitas descansar.

—Tal vez.

—Vámonos unos días.

—¿A dónde?

—Donde sea.

—A Marte.

—Mejor a San Miguel.

—Muy caro.

—Entonces a Marte.

 Los dos rieron.

Y el momento pasó.

Más tarde, Elena recordaría aquella conversación cientos de veces. Recordaría la mesa, la música, los vasos, la camisa que llevaba Nicolás.

Pero sobre todo recordaría aquella frase.

A veces quisiera desaparecer.

Y se preguntaría por qué no hizo una segunda pregunta.

No porque fuera culpable, sino porque nadie le había enseñado que algunas frases necesitan una segunda pregunta.

Los domingos, la familia de Nicolás se reunía en casa de su madre.

Había algo tranquilizador en aquella rutina: la comida, las bromas, las discusiones sin importancia, el olor de la cocina, la sensación de que el mundo permanecía igual dentro de aquellas paredes.

Ese domingo llegó tarde.

—¿Por qué vienes tan flaco? —preguntó su madre.

—Hola, mamá.

—No me cambies el tema.

Lucía levantó la vista.

—Sí te ves más delgado.

—Gracias por el apoyo familiar.

—De nada.

Todos rieron.

Nicolás también.

Su madre le sirvió más comida.

—Come.

—No tengo hambre.

—Por eso estás así.

Lucía lo observó durante unos segundos.

—¿Estás durmiendo bien?

—Sí.

—¿Seguro?

Nicolás tomó agua.

Aquella palabra comenzaba a perseguirlo.

Seguro.

Elena.

Lucía.

Su madre.

Todos parecían escuchar algo que él todavía intentaba callar.

Después hablaron de películas, de política, del precio de la gasolina, de una prima. Nicolás participó en la conversación, hizo reír a todos y contó una anécdota del trabajo.

Parecía estar ahí.

Pero durante casi toda la comida pensó exactamente lo mismo.

Quiero irme.

No de la casa.

No de la ciudad.

No de su familia.

De todo.

Cuando terminaron, siguió a su madre hasta el patio. Ella estaba regando las plantas.

—¿Me ayudas?

—Claro.

Tomó la manguera.

—Tu hermana dice que estás raro.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos cuando no quieren hablar.

Nicolás sonrió.

Ella lo observó con la misma mirada con la que lo había observado toda la vida, como si todavía pudiera encontrar al niño que corría por aquella casa.

—Si tienes algún problema, me dices.

—Sí.

—No importa qué sea.

—Sí.

—No tienes que resolverlo solo.

Nicolás bajó la mirada.

Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Y, aun así, no pudo decir nada.

Algunas personas creen que guardar silencio es una decisión.

A veces no lo es.

A veces el silencio se parece más a una puerta que, por alguna razón, ya no sabes cómo abrir.

—Gracias.

Su madre le besó la frente.

—Te quiero, hijo.

—Yo también.

Esa noche, frente al espejo del baño, se observó durante mucho tiempo.

Parecía él.

Tenía su rostro, su voz, su nombre.

Y, sin embargo, comenzaba a sentirse como un extraño.

—Estás bien —se dijo.

Su reflejo no pareció creerle.

Durante los meses siguientes fue desapareciendo poco a poco.

Primero dejó de responder algunos mensajes.

Después empezó a cancelar planes. Luego dejó de escuchar música, de cocinar y de leer.

Nadie notó el primer abandono.

Ni el segundo.

Ni el tercero.

Sergio fue uno de los primeros en acercarse.

—¿Problemas con Elena?

—No.

—¿Problemas en el trabajo?

—No.

—¿Entonces qué pasa?

Nicolás sonrió.

—Nada.

Sergio lo miró unos segundos.

—Te conozco.

—No tanto.

—Más de lo que crees.

Los dos rieron.

Pero esta vez la risa de Nicolás terminó demasiado pronto.

Una noche, Elena lo encontró sentado en el suelo del baño.

No estaba llorando.

No estaba haciendo nada.

Simplemente estaba ahí.

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿Por qué estás sentado en el piso?

—No sé.

Ella se sentó junto a él.

—¿Quieres hablar?

—No.

—¿Quieres que me quede?

Nicolás tardó varios segundos en responder.

—Sí.

Permanecieron allí un largo rato, hasta que él apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Hoy todo pesa demasiado.

 —Lo sé.

 —Mucho.

—Lo sé.

—No sé qué hacer.

Elena apretó suavemente su mano.

—Podemos buscar ayuda.

Por primera vez en mucho tiempo, Nicolás sintió algo parecido al alivio.

Pequeño, frágil, pero real.

Como una posibilidad que todavía podía sostener.

Tal vez todavía no era demasiado tarde.

—Mañana —dijo.

—¿Mañana?

—Sí.

—Está bien.

Aquella palabra quedó suspendida entre los dos.

Mañana.

Parecía una promesa.

Y las promesas siempre parecen infinitas mientras todavía existe tiempo para cumplirlas.

A la mañana siguiente, la vida hizo lo que suele hacer: interrumpir.

La madre de Elena enfermó.

Hubo llamadas, hospital, trámites, preocupaciones y horas que desaparecieron sin pedir permiso.

Aquella noche, Elena le escribió:

Perdón por hoy. Mañana buscamos ayuda, ¿sí?

Unos minutos después escribió otro mensaje.

Te quiero.

Nicolás leyó ambos.

No respondió.

Y Elena no imaginó que aquel silencio le pesaría durante años.

Porque todavía creía que tenían mañana.

Todos lo creían.

Elena.

Lucía.

Su madre.

Sergio.

Incluso Nicolás.

Lo que ninguno entendía era que las tragedias más dolorosas rara vez comienzan con una sola decisión.

Comienzan mucho antes: con una frase que queda suspendida, una conversación interrumpida, una puerta que alguien cree que todavía puede abrirse después.

Nicolás seguía trabajando, seguía sonriendo cuando era necesario y seguía diciendo que estaba bien.

Pero la grieta continuaba creciendo.

Y nadie, ni siquiera él, sabía cuánto tiempo quedaba antes de que dejara de poder ocultarla.

 

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Che, ya nos avisaron que esto no termina bien y yo igual me aferré a ese mensaje sin respuesta. Apuesto a que Elena le manda otro mensaje antes de que llegue lo que ya sabemos, y que él otra vez lee y no contesta.

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  • tintaDeMartes

    Ya veo venir a la mitad que va a decir que Elena lo vio y no insistió. Yo cambié de bando dos veces en una noche: hizo lo de todo el mundo, cambiar de tema para que la cena no se caiga, y eso no la salva.

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  • versos88

    Uf. La segunda pregunta.

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  • renglontorcido

    Mañana. Neta que es la palabra más peligrosa del idioma y él la suelta como quien pide la cuenta. Yo la tengo gastada de tanto usarla.

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  • cuento77

    Elena tiene defensoras y fiscales en mi chat desde anoche: una me contestó a las dos de la mañana que ella era Elena, que también dejó pasar una frase así de alguien y hasta hoy le da vueltas. Otra dijo que ella es Nicolás, la que hace reír a todas para que nadie le pregunte dos veces. Nos agarramos por quién tuvo la culpa y ninguna quiso decir que nadie. ¿Nicolás salió de alguien que conoces?

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  • TintaYMadrugada

    Órale, el capítulo ya nos dijo cómo acaba: Elena va a recordar esa mesa cientos de veces. Y aun así seguí leyendo con el estómago apretado, porque ahora cada estoy bien de Nicolás suena a dos cosas a la vez. A mí me cuesta soltar esa carta tan temprano, siempre quiero guardarla, y aquí me convenció de que a veces se juega desde el primer domingo. Y el mensaje que Nicolás lee y no contesta me dejó pensando: para Elena va a ser la noche que se repite años, para él quizá ni fue una decisión.

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  • RubenOrtega

    A Sergio no le echo nada. Pregunta dos veces, a la tercera se ríe contigo y lo deja estar, y yo he hecho lo mismo con más de uno. Que nadie lo condene por eso.

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  • NoeliaBastida

    Mi ama hace exactamente lo de la madre en el patio: te suelta lo de tu hermana mientras riega, de lado, para que no te escapes. Y uno contesta sí, sí, sí y sigue sin decir nada.

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  • Ovid

    La escena del patio con la madre y la manguera me dejó sentado un rato: ella le dice justo lo que él necesitaba oír y él igual no puede abrir la boca. Me da que la serie va a volver a ese patio más adelante, cuando ya sea tarde. Gracias por subir el capítulo, @Alfarrikan_III, me quedo esperando el siguiente!

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  • Rita1727

    Una lectura desgarradora pro maravillosamente escrita. La construcción de los diálogos y la carga emocional en cada escena muestra.

    Un tema que a muchos nos cuesta hablar y un final que en la vida real uy pocos podemos predecir.

    Me gustó mucho y me rompió un poco leerlo gracias por eso

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  • EPÍLOGO.

    Dos años después, Elena estaba sentada en una cafetería.

  • CAPÍTULO 2.

    Nicolás descubrió que una persona puede pedir ayuda sin pronunciar jamás las palabras necesito ayuda.

  • CAPÍTULO 3

    Durante un tiempo, Nicolás mejoró.

  • CAPÍTULO 6

    Años después, Nicolás todavía tenía días malos.

  • CAPÍTULO 4

    La noche comenzó como cualquier otra.

  • INTRODUCCIÓN

    La primera vez que Nicolás quiso desaparecer, no imaginó funerales, ataúdes ni despedidas.

  • CAPÍTULO 5

    La recaída no llegó con estruendo.

  • Me quedo con tu mirada!!!

    A veces la vida te cambia en un segundo y otras en horas, la mía precisamente cambio en veinte horas. Una mañana cualquiera de verano en Misiónes, te despido ma, con un abrazo, un te amo y una…

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Nicolás siempre había sido bueno fingiendo que estaba bien.

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