Nicolás siempre había sido bueno fingiendo que estaba bien.
No era una habilidad que hubiera aprendido conscientemente. Simplemente había descubierto, con los años, que decir estoy bien era mucho más sencillo que explicar la verdad.
Cuando tenía ocho años y lloraba porque su padre no había podido asistir a su festival escolar, su madre le preguntó:
—¿Estás triste?
—No.
Cuando tenía diecisiete y terminó su primera relación, su mejor amigo le preguntó:
—¿Te dolió?
—Ya pasó.
Cuando tenía veintinueve y perdió el trabajo que creía que sería definitivo, llamó a su madre.
—¿Cómo estás, hijo?
—Bien, ma.
—¿Seguro?
—Sí.
Siempre había sido así.
No mentía exactamente. Solo entregaba a los demás la versión de la realidad que resultaba más fácil de escuchar.
A los treinta y cuatro años, aquella costumbre se había convertido en una segunda piel.
El problema era que había llegado un momento en que ya no sabía cuándo estaba fingiendo para los demás y cuándo estaba fingiendo para sí mismo.
En la oficina nadie notó el cambio inmediatamente.
Nicolás seguía llegando a la misma hora, contestando correos, asistiendo a reuniones y entregando resultados. Incluso seguía haciendo bromas.
Eso era lo más engañoso.
Todavía podía hacer reír a los demás.
Una mañana, Sergio se dejó caer en la silla junto a su escritorio.
—Si mañana se acaba el mundo, tú vas a preguntar si al menos nos van a pagar la quincena.
Nicolás sonrió.
—Primero hay que confirmar si el apocalipsis trae prestaciones.
Sergio soltó una carcajada.
—Ese es mi Nico.
Nicolás también se rio.
Después volvió a mirar la pantalla.
Durante unos segundos no pudo recordar qué estaba haciendo. Leyó la misma línea varias veces.
Las palabras estaban ahí.
El sentido no.
Cerró los ojos, respiró y la idea apareció otra vez.
Podrías dejar de existir.
Abrió los ojos, movió el mouse y continuó trabajando como si nada hubiera ocurrido.
Como si aquella frase no acabara de atravesarlo.
Elena fue la primera en notar que algo estaba cambiando.
No porque fuera más perceptiva que los demás.
Porque lo conocía.
Llevaban casi cinco años juntos. Sabía cuándo una sonrisa le nacía en los ojos y cuándo se detenía en la superficie.
Aquella noche cenaban en un restaurante pequeño cerca de su departamento.
—¿Qué tienes? —preguntó ella.
—Nada.
—No te pregunté si tenías hambre.
Nicolás sonrió.
—Entonces estoy confundido.
—Nico.
La sonrisa desapareció.
—Estoy cansado.
—Siempre estás cansado.
—Pues trabajo.
—Yo también trabajo.
—No igual que yo.
Elena arqueó una ceja.
—Ah, perdón. Se me olvidaba que tu cansancio es edición especial.
Esta vez sí sonrió.
Pero apenas un segundo.
Elena lo miró.
—No estás bien.
La música del restaurante sonaba demasiado fuerte. Una pareja hablaba en voz baja en una mesa cercana y un mesero pasó junto a ellos transportando una charola llena de vasos.
El mundo seguía funcionando.
Exactamente igual que aquella noche en su habitación.
—A veces quisiera desaparecer —dijo Nicolás.
Elena guardó silencio.
Por un instante, él creyó que iba a preguntar algo más. Que iba a quedarse ahí. Que no lo iba a dejar escapar.
Pero ella suspiró.
—Necesitas descansar.
—Tal vez.
—Vámonos unos días.
—¿A dónde?
—Donde sea.
—A Marte.
—Mejor a San Miguel.
—Muy caro.
—Entonces a Marte.
Los dos rieron.
Y el momento pasó.
Más tarde, Elena recordaría aquella conversación cientos de veces. Recordaría la mesa, la música, los vasos, la camisa que llevaba Nicolás.
Pero sobre todo recordaría aquella frase.
A veces quisiera desaparecer.
Y se preguntaría por qué no hizo una segunda pregunta.
No porque fuera culpable, sino porque nadie le había enseñado que algunas frases necesitan una segunda pregunta.
Los domingos, la familia de Nicolás se reunía en casa de su madre.
Había algo tranquilizador en aquella rutina: la comida, las bromas, las discusiones sin importancia, el olor de la cocina, la sensación de que el mundo permanecía igual dentro de aquellas paredes.
Ese domingo llegó tarde.
—¿Por qué vienes tan flaco? —preguntó su madre.
—Hola, mamá.
—No me cambies el tema.
Lucía levantó la vista.
—Sí te ves más delgado.
—Gracias por el apoyo familiar.
—De nada.
Todos rieron.
Nicolás también.
Su madre le sirvió más comida.
—Come.
—No tengo hambre.
—Por eso estás así.
Lucía lo observó durante unos segundos.
—¿Estás durmiendo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
Nicolás tomó agua.
Aquella palabra comenzaba a perseguirlo.
Seguro.
Elena.
Lucía.
Su madre.
Todos parecían escuchar algo que él todavía intentaba callar.
Después hablaron de películas, de política, del precio de la gasolina, de una prima. Nicolás participó en la conversación, hizo reír a todos y contó una anécdota del trabajo.
Parecía estar ahí.
Pero durante casi toda la comida pensó exactamente lo mismo.
Quiero irme.
No de la casa.
No de la ciudad.
No de su familia.
De todo.
Cuando terminaron, siguió a su madre hasta el patio. Ella estaba regando las plantas.
—¿Me ayudas?
—Claro.
Tomó la manguera.
—Tu hermana dice que estás raro.
—Estoy bien.
—Eso dicen todos cuando no quieren hablar.
Nicolás sonrió.
Ella lo observó con la misma mirada con la que lo había observado toda la vida, como si todavía pudiera encontrar al niño que corría por aquella casa.
—Si tienes algún problema, me dices.
—Sí.
—No importa qué sea.
—Sí.
—No tienes que resolverlo solo.
Nicolás bajó la mirada.
Aquello era exactamente lo que necesitaba escuchar.
Y, aun así, no pudo decir nada.
Algunas personas creen que guardar silencio es una decisión.
A veces no lo es.
A veces el silencio se parece más a una puerta que, por alguna razón, ya no sabes cómo abrir.
—Gracias.
Su madre le besó la frente.
—Te quiero, hijo.
—Yo también.
Esa noche, frente al espejo del baño, se observó durante mucho tiempo.
Parecía él.
Tenía su rostro, su voz, su nombre.
Y, sin embargo, comenzaba a sentirse como un extraño.
—Estás bien —se dijo.
Su reflejo no pareció creerle.
Durante los meses siguientes fue desapareciendo poco a poco.
Primero dejó de responder algunos mensajes.
Después empezó a cancelar planes. Luego dejó de escuchar música, de cocinar y de leer.
Nadie notó el primer abandono.
Ni el segundo.
Ni el tercero.
Sergio fue uno de los primeros en acercarse.
—¿Problemas con Elena?
—No.
—¿Problemas en el trabajo?
—No.
—¿Entonces qué pasa?
Nicolás sonrió.
—Nada.
Sergio lo miró unos segundos.
—Te conozco.
—No tanto.
—Más de lo que crees.
Los dos rieron.
Pero esta vez la risa de Nicolás terminó demasiado pronto.
Una noche, Elena lo encontró sentado en el suelo del baño.
No estaba llorando.
No estaba haciendo nada.
Simplemente estaba ahí.
—¿Qué haces?
—Nada.
—¿Por qué estás sentado en el piso?
—No sé.
Ella se sentó junto a él.
—¿Quieres hablar?
—No.
—¿Quieres que me quede?
Nicolás tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Permanecieron allí un largo rato, hasta que él apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Hoy todo pesa demasiado.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo sé.
—No sé qué hacer.
Elena apretó suavemente su mano.
—Podemos buscar ayuda.
Por primera vez en mucho tiempo, Nicolás sintió algo parecido al alivio.
Pequeño, frágil, pero real.
Como una posibilidad que todavía podía sostener.
Tal vez todavía no era demasiado tarde.
—Mañana —dijo.
—¿Mañana?
—Sí.
—Está bien.
Aquella palabra quedó suspendida entre los dos.
Mañana.
Parecía una promesa.
Y las promesas siempre parecen infinitas mientras todavía existe tiempo para cumplirlas.
A la mañana siguiente, la vida hizo lo que suele hacer: interrumpir.
La madre de Elena enfermó.
Hubo llamadas, hospital, trámites, preocupaciones y horas que desaparecieron sin pedir permiso.
Aquella noche, Elena le escribió:
Perdón por hoy. Mañana buscamos ayuda, ¿sí?
Unos minutos después escribió otro mensaje.
Te quiero.
Nicolás leyó ambos.
No respondió.
Y Elena no imaginó que aquel silencio le pesaría durante años.
Porque todavía creía que tenían mañana.
Todos lo creían.
Elena.
Lucía.
Su madre.
Sergio.
Incluso Nicolás.
Lo que ninguno entendía era que las tragedias más dolorosas rara vez comienzan con una sola decisión.
Comienzan mucho antes: con una frase que queda suspendida, una conversación interrumpida, una puerta que alguien cree que todavía puede abrirse después.
Nicolás seguía trabajando, seguía sonriendo cuando era necesario y seguía diciendo que estaba bien.
Pero la grieta continuaba creciendo.
Y nadie, ni siquiera él, sabía cuánto tiempo quedaba antes de que dejara de poder ocultarla.