El chófer que enciende los intermitentes y le llama hijo es el único de toda la historia que hace lo que le piden, y mira cómo acaba. Me ha gustado mucho ese señor, y yo también me habría bajado.
¿Bajar o no?
Pensamiento
El chófer que enciende los intermitentes y le llama hijo es el único de toda la historia que hace lo que le piden, y mira cómo acaba. Me ha gustado mucho ese señor, y yo también me habría bajado.
Contenido de la publicación
Y el bus empezó a andar.
Y junto con él, también empezó a partirse en mil pedazos un ser humano que veía cómo el amor de su vida quedaba atrapado en otro lugar, en otra historia.
Desde su asiento, apenas podía verla. Un espacio de apenas unos metros separaba sus pies de la distancia que comenzaba a crecer entre ambos. Ella permanecía allí, inmóvil, en un espacio lleno de indiferencia, de personas corriendo desesperadas para alcanzar el siguiente bus. Gente subiendo, bajando, empujando, mirando el reloj.
Y él, simplemente, mirándola alejarse.
- ¿Bajar o no? ¿Correr o no?
Era una decisión difícil.
Porque, sin querer, ya había elegido una vida. Una vida en otros brazos, en otros labios, en otro cuerpo.
Sus lágrimas empaparon el pequeño libro que llevaba entre las manos mientras se preguntaba si debía concluir un libro o atreverse a escribir uno nuevo.
¡Qué compleja es la vida de un escritor!, se cuestionaba, cuando se apasiona con cada letra, cada oración, cada verso y cada párrafo de una historia, y llega el momento en que debe decidir cómo terminarla.
Imaginar un final que, por lo general, debería ser inesperado, cerrar todas las posibilidades que nacieron desde aquella primera estrofa, aceptar que algunos personajes no pueden quedarse para siempre. O, quizá, decidir escribir otro libro.
Imaginar otras vidas, otros momentos, otros sentimientos.
Porque de eso se trata, ¿no? Cada historia tiene que ser diferente – se replicó a sí mismo. Pero, como ser humano, dueño de mi vida, soy mi propio escritor de mi propio destino, tengo la posibilidad de escribir muchos libros, de comenzar nuevas historias, de conocer nuevos personajes y de descubrir otros finales. Pero, la vida es así, a veces terminamos arrastrados por el deseo de vivir algo más de aquello que ya escribimos, volviendo a utilizar las mismas palabras, los mismos términos, los mismos errores y, sin darnos cuenta, intentamos escribir una nueva historia con las páginas de la anterior.
Pero, contra todo pronóstico, se limpió las lágrimas. Miró por última vez hacia ella. Y gritó:
—¡Señor, deténgase! ¡El amor de mi vida se ha quedado!
El señor, como de un padre se tratase, con una mirada tierna y con un toque en su hombro le pidió calma, encendió las luces intermitentes, se estacionó y abrió la puerta del bus.
—Hijo, baja con cuidado y corre hacia los brazos de tu amada.
Le resultó absurdo que un señor, el cual no conocía, le dio más afecto que años de relación con su padre, a quien a veces no le importaba la vida sentimental de su menor hijo.
Entonces, corrió hacia el otro extremo de la pista y paró un auto color plomo, el único que estaba muy cerca de ahí.
— Señor, necesito de su ayuda. Quiero llegar volver a verla.
El señor bajó de su auto y asustado empezó a gritar:
—¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Dios mío... esto no puede estar pasando!
El joven, asustado y sorprendido, volteó. A pocos metros de ellos, el bus yacía volcado sobre la pista. Todo había ocurrido en cuestión de segundos.
El conductor del auto, que se había quedado dormido al volante, había reaccionado demasiado tarde al encontrarse con el bus. En un intento desesperado por esquivarlo, hizo un giro brusco. El bus, tratando de evitar la colisión, perdió el equilibrio y terminó volcado a pocos minutos de haber iniciado su viaje hacia Piura.
Al acercarse a la escena, el joven pudo reconocer cuatro cuerpos tendidos sobre el suelo: el conductor, su cobrador, una pequeña niña y su propio cuerpo.
El silencio que siguió al accidente parecía imposible.
El joven permaneció inmóvil, con lágrimas en los ojos, sin comprender que aquella súplica que había hecho minutos antes —aquella insistencia por bajar para volver a verla— había sido también parte de la cadena de acontecimientos que terminó provocando la tragedia.
Y entre los restos del vehículo había algo más: Una pequeña mochila azul y junto a ella, un libro.
Pese a la brutalidad del impacto y a la violencia con la que había salido despedido por la ventana frontal de la cabina, el libro permanecía intacto. La mano derecha del joven todavía lo sujetaba con firmeza, como si incluso en el último instante hubiera querido protegerlo.
Como si se tratara de un tesoro.
Thoughts
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PermalinkYo me hubiera quedado sentado llorando sobre el libro, ni gritar ni correr. Y aca eso salvaba. Que manera de hacerme dudar de mi metodo!
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PermalinkEl dato que me falta es cuánto pasó entre que se bajó y el vuelco. Dice que fue en segundos y que el bus llevaba pocos minutos de viaje, así que el chico tuvo que oír el golpe con la mano todavía en la puerta del auto.
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PermalinkYo manejo bus hace muchos años y lo del muchacho que grita que pare me pasó una vez, saliendo de Cali hacia Buga a las cinco de la mañana. Un pelado de unos veinte me dijo que la novia se había quedado en el terminal. Le abrí la puerta en plena vía, contra el reglamento, y lo vi correr para atrás con la mochila abierta. Nunca supe si la alcanzó, y apuesto a que él tampoco lo cuenta.
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PermalinkYo con lo del bus me he puesto nerviosa, que me paro a atarme un zapato y ya me lo pierdo. Y luego resulta que este chico se baja a tiempo y es peor. Me has dejado sin saber si la volvió a ver.
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PermalinkUf. Cuatro cuerpos, che.
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PermalinkMe sorprendió mucho el final, no lo esperaba...
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PermalinkHasta el auto plomo lo seguí. Después se me perdió el orden: el chofer se durmió al volante, pero ese auto estaba parado cuando lo pararon. Eran dos autos y yo me quedé con uno.
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PermalinkAy, no, lo del auto plomo. Me quedo pensando en la niña, que ni nombre tiene y va en la lista con los demás. ¿Tienes más textos sobre la niña de la mochila?
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PermalinkEl chófer que enciende los intermitentes y le llama hijo es el único de toda la historia que hace lo que le piden, y mira cómo acaba. Me ha gustado mucho ese señor, y yo también me habría bajado.
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Y el bus empezó a andar.