En la Universidad Nacional de Trujillo, conocí a una compañera, la cual se convirtió mi amiga. Se llamaba Leslie y ella estaba enamorada de un chico. Recuerdo que siempre después del laboratorio de Operaciones Unitarias me comentaba sus historias, sobre cómo lo conoció, hasta las largas conversaciones por las noches. A medida que ella me explicaba ciertas cosas, me iba dando cuenta que el muchacho estaba interesado en mi amiga. Cierto día, la encontré sentada en el pasadizo contiguo al laboratorio, estaba pensativa, con su mirada perdida en algún punto del gran ventanal que protegía el lugar de los ardientes rayos de sol de la mañana.
- ¿Qué tienes?, le pregunté.
- Es Héctor. Pensaba que el gusto era compartido pero siempre que hablamos sobre algo, habla sobre alguna experiencia con ex enamorada.
Una compañera que estaba atenta a la conversación, nos dijo:
- Si un chico o chica les habla sobre su ex, es porque les tiene demasiada confianza y los ve solo como amigos, o también porque se han dado cuenta que les gusta y va a hacer algo para que no avancen con una póstuma idea de conquista.
Lo que dijo aquella chica tenía algo de sentido y lo recordé en medio de una de las tantas conversaciones que sostuve con Hana, de madrugada.
¿Por qué la madrugada es momento propicio para abrir nuestro corazón y expresarnos sin temores al qué dirán de los demás? Será por el sonido del silencio, por el estado en el cual la mente se sumerge por el cansancio del día… No lo sé, pero Hana y yo empezamos a amar las madrugadas.
Ampliamos nuestro tiempo de conversación. Pasamos de disfrutar las tardes, a esperar con ansias la noche y las madrugadas para hablar sobre la vida, el amor y el futuro. Conversábamos todo el día, 20 horas aproximadamente, sin parar, sin aburrirnos, encerrados en nuestro mundo, viviéndolo cada uno a su manera. Me hubiese encantado conocer más a fondo la verdad de sus sentimientos dado a que siempre me confundía con sus palabras, sé que no lo hacía adrede, pero me sentía atrapado como pez en una red que no fue echada en el mar, sino como pez que la busca.
Sin medir las consecuencias de mis actos, me iba sumergiendo en el lodo de un pantano y aunque los salvavidas para escapar eran muchos, no lo intentaba, sino que me escabullía entre el lodo para quedar atrapado: Hana me estaba gustando más de lo que pensaba.
Si me refiero a que no era su intención confundirme es porque sus actitudes me dieron a entender en una primera instancia que, ante sus ojos, siempre iba a ser sólo su amigo.
Siempre me recordaba a su ex y cuando ello pasaba, algo hincaba mi pecho y se formaba un nudo en la garganta que hacía intragable el momento suscitado.
Renegaba conmigo mismo porque tal vez esa actitud surgió a raíz de que mis verdaderas intenciones salieron al descubierto. Entonces, cuando empezaba a reprimir mis emociones, Hana encontraba una y mil formas de hacerme olvidar esa extraña y filosa daga que sus palabras hundían en mi alma.
Empecé a cuestionarme cada día que pasaba. ¿Me gusta, y si le gusto? Otros días pensaba en que sólo eran ideas mías y que ella nunca me vería como algo más que su amigo. Sin querer, el tema de su pasado vagaba en mis pensamientos como fantasma que busca la redención de sus pecados más despreciables, en alguno de los círculos del infierno de Dante Alighieri. Esto lo recordaría después, en medio del intenso encuentro sexual que tuvimos, mientras penetraba su alma y su intimidad entre las sábanas blancas y el sudor cómplice que brotaba de nuestros poros, y miraba su rostro sumergido en un placer indescriptible.
Entonces, cuando ella se dispuso a descansar sobre mi pecho desnudo pensé: ¿Cómo es que una joya como esta no puede ser valorada como tal? ¿Cómo es que algunas personas, teniendo lo mejor del mundo entre sus brazos y aun sabiéndolo prefieren causar daño en esos seres celestiales? Hana era hermosa, perfecta, incluso en sus imperfecciones. Porque sí, habían muchas cosas en las cuales fallaba pero hasta en esas situaciones, ella era perfecta. Siempre ella me preguntaba: ¿Cómo crees que soy? ¿Qué crees que debo cambiar? ¿Cómo puedo mejorar? Y yo, siempre llegaba a la conclusión de que el universo no debe cambiar, sino quienes habitamos en él. Sus ojos tenían un brillo tan particular y ni qué hablar del borde ondeado de la parte inferior de sus ojos, de las pecas que cubrían sus mejillas, de su larga cabellera, de su rostro. Era perfecta. Es redundante volverlo a mencionar, pero ¡era perfecta! Dios se manifestó en su ser, calcó su imagen y semejanza en ese pequeño ser de 1.55 metros de estatura, 1.55 metros de belleza pura.
Pero eso no es todo. Su interior era majestuoso. Yo siempre creí que un ángel tomó suyo su cuerpo. Tenía una personalidad que jamás podría haber encontrado en una sola persona, pero sí diseminada en varias. Era el resumen de la vida y la muerte, y siempre se lo recordaba en las madrugadas en las cuales conversábamos. Por eso pensé que ello le había permitido darse cuenta que me gustaba mucho, y como consecuencia de ello, Hana estaba retrocediendo comentándome sobre su vida anterior y así aburrirme.
¿Cómo es que su pasado la había dejado ir? Eso es lo que vagaba por mi mente todo el tiempo. En definitiva, si Dios me hubiese dado la oportunidad de tenerla como novia, la hubiese hecho muy feliz, porque era lo mínimo que un ser especial como ella merecía.
Entonces, ¿Destino o casualidad? La respuesta era tan ambigua que opté por callarla con un beso.