LA JUSTICIA (VIII)
Desde la niñez temprana aprendemos que hay situaciones que se nos vienen encima como una avalancha que nos aplasta en un instante, y ese evento lo terminamos recordando eternamente.
Hoy nos preguntamos: ¿realmente lo merecía?, ¿acaso yo provoqué de alguna manera ese desborde?, ¿era necesario que estuviera ahí debajo?
Sabes lo que mereces y lo que puedes dar.
Sabes cuánto vale lo que ofreces y el esfuerzo que se va.
¿Sabes cuánto vale lo que otros te dan?
¿Sabes cuánto duele que no lo valoren igual?
Si hoy quisieras escalar descalzo algún camino de piedras, cuando termines la caminata, después de bajar de lo alto y ver tus pies sangrando, seguro te preguntarás: ¿tiene este esfuerzo algún propósito?, ¿vale la pena hacerme daño por alguna razón?, ¿tiene algún sentido este dolor?
Sabes cuándo estás mintiendo.
Sabes cuándo has hecho mal.
Sabes que señalar a otros solo muestra quién eres tú en el interior.
Sabes que no quieres sentir agobio o sufrir por lo que otros causan.
Sabes que no hay que devolver la moneda.
Si no es para brindar consuelo, no brindes angustia.
Conoces cómo está tu espejo.
Si está sucio, ¿cómo saldrás vestido?
Con un disfraz de cinismo, condecorado con medallas de voz y no de hechos.
Luego de saber exactamente cómo se expresa cada uno, ¿cómo ves a aquellos que no paran de hablar de su vida de dolor y pena?
Los mismos que hablan de bondad mientras humillan,
de amor mientras destruyen,
de verdad mientras manipulan;
y que imaginan un relato donde son héroes y lo narran con orgullo, mientras en sus ojos se percibe villanía.
Te vuelves alguien que les da la razón, pero mejor los alejas:
No por ser un egoísta.
No por creer que estás por encima.
No porque no sepas brindar apoyo.
No porque no sientas empatía.
Sino porque sabes que todos merecemos una segunda oportunidad,
pero también sabes lo que vales y lo que merecen tus obras,
como sabes lo que valen y lo que merecen las acciones de los demás.