EL DIVINO MASCULINO
Quien obedece a su ego está condenado al abismo.
Al sentir un deseo de placer fetichista por satisfacer el "tener la razón" y vivir encadenado a ello.
Al fabricar en medio de su ignorancia la industria del caos y ser su propio mártir.
Y sembrar la mata de los placeres carnales y nunca ser capaz de erradicarla.
Moldea en barro el reflejo de su rostro más lúgubre y lo convierte en arte.
Crea, elabora, construye, llena de calor el espacio. Deja su energía.
La fuente de la fuerza,
la esencia de la disciplina, el astuto, el cazador.
Paciente se detiene a ver cómo detrás de tanto talento, solo hay deceso, deshonra, desilusión, decepción, derrota.
Y tras el miedo por sufrir otra...
Se convierte en su mejor versión.
Gana otra partida.
Persigue su trono.
Asciende de rango.
Sube otro escalón.
Destaza otra cabeza más,
la suya.
Un peldaño más hacia arriba.
Otra misión. Otro mérito.
Aprende un nuevo arte, un nuevo talento, una nueva maniobra.
Se pone su traje, trabaja.
Se enciende en llamas, se eleva.
Hace magia, inspira.
Es el único testigo de su ardua labor.
El único al tanto de su desastre.
De su autodestrucción.
De su propio engaño.
De su cinismo.
De su doble moral.
De su deseo de querer estar por encima.
Y darle la espalda a lo más preciado.
Reconoce al fin que está equivocado.
Crece, avanza, se hace más fuerte.
Se hace más astuto.
Se hace más constante.
Viaja al fondo de sí mismo.
Se convierte en su enemigo.
Se enciende en llamas.
En la magia del caos.
Se transforma en un solo ser.
Su mejor versión.
Persigue su trono.
Sube otro escalón.
Destaza otra cabeza más,
la suya.