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Aquel viejo pueblo…

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Pensamiento

Pensamiento

Ovid

El amigo que gritaba el diario por las calles, puesto al lado de don Lico y su esposa, es de lo que más me quedó del poema. Me quedé con ganas de saber más de OTIO, que suena a esos personajes que todo el mundo conocía por su nombre.

El amigo que gritaba el diario por las calles, puesto al lado de don Lico y su esposa, es de lo que más me quedó del poema. Me quedé con ganas de saber más de OTIO, que suena a esos personajes que todo el mundo conocía por su nombre.

Contenido de la publicación

Poema dedicado a mi querido pueblo, a sus recuerdos y a la gente que hizo de sus calles un hogar.

Una mañana lluviosa,

un momento de la vida valiosa,

reflejado en recuerdos

que alguna vez sucedieron.

Aquel viejo pueblo,

que con calor y amor

era historia, tradición

y el corazón de nuestra tierra;

la tierra del ajo y la cebolla,

donde cada rincón guardaba

una historia que contar

y cada calle tenía

un recuerdo que atesorar.

Donde las mujeres pueblerinas,

con una canasta en la cabeza

y un hijo en la espalda,

caminaban con fuerza y nobleza,

luchando cada día por vivir,

por sacar adelante a sus familias

y por ver a sus hijos crecer.

Donde el hombre, con dedicación,

sembraba la tierra con sus manos

y cosechaba sus frutos con amor,

para llevar el pan a su hogar

y alimentar la esperanza

de quienes lo esperaban al regresar.

¡Ay, mi querido pueblo viejo!

Cuántas historias guardan tus calles húmedas y hermosas,

cuántas memorias viven en tus esquinas,

cuántas amistades dejaron huellas

y cuántos momentos se quedaron

para siempre en el corazón.

Aquel, mi pueblo viejo,

mi querido y lindo hogar,

donde Dios me permitió crecer,

donde aprendí a conocer la vida

y donde mis primeros recuerdos

comenzaron a florecer.

Recuerdos que jamás olvidaré,

amigos que me dieron alegría,

lugares que siempre recordaré

y momentos que aún viven en mi memoria.

Recuerdo aquella esquina de don San Cudo,

la primera calle que conocí,

por donde mi papá me enseñó

el camino de regreso a casa,

sin imaginar que, con el tiempo,

aquellos pasos se convertirían

en recuerdos que nunca olvidaré.

Recuerdo a los señores viejitos,

con sus sombreros bien puestos,

sentados frente a sus casas,

conversando tranquilamente,

compartiendo historias de otros tiempos,

hablando de la vida,

de sus familias y de sus recuerdos.

Y cómo olvidar a don Lico,

con su presencia tan conocida,

y a su esposa, compañera de tantos años,

que juntos formaban parte

de aquella hermosa vida pueblerina.

¡Ay, aquellos viejitos de mi pueblo!

Qué bonito era encontrarlos,

escuchar sus conversaciones

y verlos sentados en las tardes,

como si el tiempo no tuviera prisa

y la vida todavía caminara despacio.

Hoy pienso en ellos

y me pregunto cuántas historias

se quedaron guardadas en sus corazones,

cuántos recuerdos se llevaron consigo

y cuántas de aquellas voces

quisiera volver a escuchar.

Recuerdo el parque,

cuando mi mami nos llevaba

a mis hermanos y a mí a jugar;

y a mi papá, jugando con nosotros,

compartiendo aquellas tardes

de risas y felicidad.

¡Qué bonitos eran aquellos días!

No necesitábamos grandes cosas

para sentirnos felices;

bastaba con estar juntos,

con correr por el parque,

con reír hasta cansarnos

y con regresar a casa

llevando la alegría en el corazón.

Recuerdo cuando mi gente

se reunía para comer un helado,

acompañada de sus hijos,

mientras las familias compartían

y los niños jugaban sin preocupaciones.

Eran momentos tan sencillos,

pero tan grandes para el alma,

de esos que uno no comprende

hasta que el tiempo pasa

y descubre que la felicidad

también vivía en aquellas pequeñas cosas.

Recuerdo las primeras citas,

los encuentros de los jóvenes,

las miradas tímidas,

las sonrisas escondidas

y las historias de amor

que nacieron entre aquellas calles.

Porque en mi pueblo

también florecía el amor;

hubo corazones que se encontraron,

parejas que comenzaron sus historias

y jóvenes que soñaron con un futuro

sin imaginar que, algún día,

sus recuerdos serían parte

de la historia de aquel viejo pueblo.

Y cómo olvidar el río San Juan,

con su agua cristalina,

con aquella tranquilidad tan hermosa

que parecía acariciar el alma.

Allí se celebraban bautizos,

las familias se reunían los domingos

y muchos salían a pasear,

a disfrutar de la naturaleza

y a compartir momentos

que hoy viven en la memoria.

Y, claro, ¡el chalet tan lindo

y aquel puente que tantas veces cruzamos!

Lugares que quizá para algunos

sean solamente parte del paisaje,

pero que para quienes crecimos allí

guardan un pedacito de nuestra vida.

También recuerdo los convites,

aquellas tradiciones tan bonitas,

y cuando llegaba la Semana Santa,

la gente salía a pedir pan para Judas,

manteniendo viva una costumbre

que formaba parte de nuestra historia.

La iglesia de Belén,

el Mercado Nuevo,

la iglesia del mercado

y tantos rincones conocidos

que formaron parte de nuestros días.

Y aquel amigo que nos sacaba una sonrisa

y gritaba: «¡El diario, el diario!»,

con su voz tan particular, nuestro OTIO

alegrando las calles

y convirtiéndose, sin saberlo,

en parte de aquellos recuerdos

que hoy vuelven a mi mente

con una mezcla de alegría y nostalgia.

¡Cuántas cosas viví en aquel lugar!

Cuántas personas conocí,

cuántas amistades florecieron

y cuántas historias se escribieron

sin necesidad de papel ni tinta.

Porque cada persona tenía su historia,

cada familia guardaba sus recuerdos

y cada calle era testigo

de una vida que transcurría

entre el trabajo, la fe,

la amistad y el amor.

Aquel viejo pueblo,

donde el tiempo parecía detenerse,

donde las tardes tenían otro encanto

y donde la gente todavía sabía

lo bonito que era reunirse,

saludarse y compartir.

Aquel pueblo de puertas conocidas,

de vecinos que se trataban como familia,

de niños jugando en las calles

y de abuelitos que, con sus palabras,

nos enseñaban más de la vida

que muchos libros.

Aquel pueblo donde las madres

llamaban a sus hijos al anochecer,

donde el olor de la comida

salía de las cocinas

y donde volver a casa

era regresar al lugar más seguro del mundo.

¡Ay, mi querido pueblo!

Si las paredes hablaran,

cuántas historias nos contarían;

si las calles pudieran recordar,

cuántos pasos reconocerían;

y si aquellos días regresaran,

cuántas personas volvería a abrazar.

Volvería a sentarme en el parque,

a caminar por aquellas calles,

a escuchar las conversaciones de los viejitos

y a contemplar las sonrisas

de quienes alguna vez compartieron conmigo

un pedacito de su vida.

Volvería a mirar a don Lico

y a su esposa,

a saludar a los vecinos de siempre

y a escuchar aquellas voces

que hacían sentir que el pueblo entero

era una gran familia.

Pero el tiempo no se detiene,

los años pasan sin avisar

y, poco a poco, los días se convierten

en recuerdos que aprendemos a guardar.

Algunas personas ya no están,

otras han cambiado de camino,

y quizá muchas de aquellas calles

ya no sean como las recuerdo.

Sin embargo, hay algo que permanece:

el cariño por mi tierra,

la gratitud por mi infancia

y el amor por las personas

que hicieron de mi pueblo

un lugar inolvidable.

Porque uno puede crecer,

conocer otros lugares

y recorrer muchos caminos,

pero nunca deja de pertenecer

a ese pequeño rincón

donde aprendió a soñar.

Gracias, mi Dios,

por permitirme crecer en este pueblo,

por regalarme una infancia llena de recuerdos,

por las personas que pusiste en mi camino

y por cada momento que hoy puedo recordar

con una sonrisa y una lágrima.

Gracias por mi gente,

por mis amigos,

por mi familia

y por aquellos viejitos

que formaron parte de nuestra historia.

Gracias por las calles,

por el río, por el parque,

por las tardes de juegos

y por las pequeñas cosas

que hicieron grande mi infancia.

Y aunque los años pasen,

aunque algunas voces se apaguen

y aunque los tiempos cambien,

siempre habrá un lugar en mi corazón

donde mi pueblo seguirá siendo el mismo:

hermoso, humilde, lleno de vida

y abrazado por mis recuerdos.

Porque no importa cuánto crezca,

ni cuán lejos me lleve la vida,

siempre llevaré conmigo

aquellas calles que me vieron crecer,

aquella gente que me enseñó a vivir

y aquel hogar que nunca dejaré de amar.

Aquel viejo pueblo…

Mi querido pueblo,

mi infancia, mis raíces,

mi historia y mi hogar.

El lugar donde aprendí a vivir,

donde conocí la amistad,

donde descubrí el amor

y donde comprendí que las cosas más hermosas

no siempre son las más grandes,

sino aquellas que, con el tiempo,

se vuelven eternas en el corazón.

Aguacatán, Huehuetenango, Guatemala:

mi querido pueblo viejo,

podrán pasar los años,

podrán cambiar tus calles,

pero jamás cambiará el amor

que guardo por ti.

*Porque hay lugares que se visitan,

lugares que se habitan

y lugares que se llevan en el alma.

Y tú, mi viejo pueblo,

vivirás para siempre en la mía.

Thoughts

  • TUTINA

    Las madres llamando a los hijos al anochecer. Así se sabía la hora en cualquier colonia, sin necesidad de reloj.

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  • chamuyero

    El grito al pueblo viejo que vuelve tres o cuatro veces es el que un salón entero agarraría de coro, primo. Lo de don Lico y su esposa, en cambio, es para decirlo bajito, para los que los conocieron.

    Permalink
  • Belarmino

    Fíjese que lo de salir a pedir pan para Judas en Semana Santa yo no lo conocía, y es de esas costumbres que se pierden calladito porque nadie las apunta. Usted la dejó escrita aquí, y con eso ya queda. Igual la esquina de don San Cudo: dentro de unos años alguien va a buscar ese nombre y lo va a encontrar en su poema.

    Permalink
  • Ovid

    El amigo que gritaba el diario por las calles, puesto al lado de don Lico y su esposa, es de lo que más me quedó del poema. Me quedé con ganas de saber más de OTIO, que suena a esos personajes que todo el mundo conocía por su nombre.

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