—Hola, ¿cómo estás?—
y ahí comienza la conversación,
una pregunta tan pequeña,
pero capaz de alegrarme el corazón.
Me gustaría saber de ti,
qué tal estuvo tu día,
cómo te has sentido,
qué cosas te alegraron la vida.
Pero si yo no hablo,
creo que jamás lo harías tú.
Te conozco desde hace meses
y cada día me gustas un poco más tú.
Me encanta cómo eres,
me encantaría estar contigo,
pero entendí que quizás
es demasiado lo que te pido.
Entonces retrocedí.
Yo te vi,
pero tú no me viste.
Y aunque estabas tan cerca,
sentí que estaba lejos de ti.
Recuerdo aquella tarde
en la tranquila biblioteca,
no teníamos que encontrarnos
y aun así verte me hizo feliz.
Mis pies se movieron solos,
querían acercarse a ti,
querían acortar la distancia,
querían quedarse junto a ti.
Pero reaccioné.
Apreté el puño,
respiré y me alejé,
porque entendí en silencio
lo que nunca quise saber.
Tú no sientes lo mismo.
Quizás jamás lo sentirás.
Yo te miro,
pero tú jamás me miras.
He intentado agradarte,
ser alguien que puedas querer,
pero ya llegué a ese punto
en que solo quiero no desagradarte.
Quizás eso sea suficiente:
ser solamente tu admirador,
alguien que te quiere desde lejos,
sin pedirte nada,
sin hacerte cargar con mis sentimientos.
Hemos compartido momentos,
aunque hayan sido efímeros,
y yo los guardaré para siempre
como pequeños recuerdos.
Me gustas.
Pero jamás podré decírtelo.
No quiero atormentarte,
ni convertir mi cariño en una carga.
Si alguna vez me necesitas,
de mí nunca tendrás un no.
Aunque, en secreto,
hay algo que sí quisiera:
que tú nunca tuvieras que decirme que no.
Porque este tiempo que compartimos,
aunque haya sido breve,
para mí significó mucho.
Y quizás algún día,
caminando por las calles,
te cruces conmigo nuevamente.
Tal vez me reconozcas.
Tal vez te detengas.
Y aunque ahora,
y quizás siempre,
solo quiera una cosa de ti,
no necesito una promesa,
ni una declaración,
ni siquiera que me quieras.
Solo unas simples palabras.
Un pequeño gesto.
Un:
—Hola, ¿cómo estás?—