Me gustó que al final el sol se va a dormir guardando su resplandor, como quien apaga la lámpara y deja la ventana abierta.
Amanecer
Pensamiento
Me gustó que al final el sol se va a dormir guardando su resplandor, como quien apaga la lámpara y deja la ventana abierta.
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Raya el alba
Por Levi Díaz Echeverri
Raya el alba, y en silencio despierta, el sol majestuoso tras la noche cubierta. Extiende sus brazos, luminosos y ardientes, como un fiel servidor de los días nacientes.
Imponente aparece, vestido de oro, derramando en la tierra su inmenso tesoro. Amarillo y radiante, intacto en su grandeza, pinta de luz los campos y abraza la naturaleza.
Las nubes le hacen venia al verlo llegar, y los pájaros comienzan sus trinos a entonar. Como una sinfonía de Beethoven al viento, cada nota despierta los secretos del tiempo.
Las flores se desperezan, abandonan su sueño, y visten de colores su jardín más risueño. Despliegan sus pétalos, sus aromas derraman, como si al sol naciente en silencio lo amaran.
Y allá, en el horizonte, donde el mundo termina, la arena besa el agua con caricia divina. Se funden mar y tierra en un abrazo sagrado, mientras la sal resplandece bajo el cielo dorado.
Es un paisaje eterno, de belleza infinita, una obra que el universo con sus manos esculpe y pinta. Y en cada rayo de luz, en cada resplandor, parece hablar la vida su lenguaje de amor.
Como en los versos antiguos de una historia inmortal, donde el alma se desnuda ante lo celestial, el sol escribe en el cielo, con su pluma encendida, los primeros renglones de una nueva vida.
¡Qué inmenso parece, qué eterno su andar! ¡Qué difícil pensar que algún día ha de descansar! Pues reina en las alturas con soberana armonía, y parece ser dueño de la noche y del día.
Pero hasta la luz más bella conoce su final, hasta el fuego más intenso se vuelve tenue y fugaz. Y aquel gigante de oro, que iluminó la pradera, inclina lentamente su corona viajera.
Entonces el cielo se viste de sombras, el viento susurra, el silencio lo nombra. Los pájaros callan, las flores se cierran, y los últimos rayos en la distancia se entierran.
Llega la noche, solemne y serena, con su manto de estrellas, su luna y su pena. Y el sol, tras cumplir su grandiosa misión, se duerme en el horizonte, guardando su resplandor.
Mas no es una despedida, ni un adiós para siempre, pues la luz que hoy se oculta volverá nuevamente. Porque incluso en la noche más oscura y profunda, hay una promesa de luz que jamás se derrumba.
Y así nos enseña el sol, con su marcha dorada, que hasta la luz más hermosa necesita una pausa; que descansar no es rendirse, ni el ocaso es morir, sino cerrar los ojos para mañana volver a vivir.
— Levi Díaz Echeverri
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