Me quedé dando vueltas al orden de las cosas más que al hombre del banco. Primero le teme a las pesadillas, luego al sueño, y al final solo a olvidar. A mí me han tocado semanas durmiendo mal y lo que peor llevaba era levantarme sin saber qué día era. La esposa me dio más frío que el resto: sigue ahí y él ya la mira como a una desconocida.
Al Principio Solo Eran Sueños.
Primero empezaron como pesadillas aisladas.
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Pensamiento
Me quedé dando vueltas al orden de las cosas más que al hombre del banco. Primero le teme a las pesadillas, luego al sueño, y al final solo a olvidar. A mí me han tocado semanas durmiendo mal y lo que peor llevaba era levantarme sin saber qué día era. La
Contenido de la publicación
Primero empezaron como pesadillas aisladas.
La mayoría de las veces ya las había olvidado pocos minutos después de despertar.
No siempre eran cosas sobrenaturales.
A veces eran peores.
Asaltos.
Accidentes.
Personas ahogándose.
Incendios.
Mi padre muriendo de formas absurdas y crueles.
Mi madre llamándome por teléfono para despedirse minutos antes de un choque.
Un desconocido siguiéndome durante horas.
Las cosas horribles que pueden suceder en el mundo real.
Nada más.
Al principio pensé que era estrés.
Después, ansiedad.
Luego, agotamiento.
Probé todo.
Absolutamente todo.
Cenar ligero.
Apagar el celular una hora antes de dormir.
Ejercicio.
Meditación.
Tés.
Pastillas.
Comencé a dormir escuchando mantras de relajación.
La misma grabación cada noche.
Una mujer hablaba con voz suave.
Decía que estaba seguro.
Que mi mente descansaría.
Que nada podía dañarme.
Que podía soltar el miedo.
Llegué a memorizar cada palabra.
Cada pausa.
Cada respiración.
Cuando aquello tampoco funcionó, hice algo ridículo.
Algo que ahora desearía no haber hecho jamás.
Me tatué un atrapasueños en el antebrazo izquierdo.
No porque creyera en esas cosas.
Simplemente necesitaba sentir que estaba haciendo algo.
Cualquier cosa.
Porque las pesadillas ya no eran solamente pesadillas.
Estaban continuando.
Eso fue lo que me quebró.
Podía despertar sobresaltado a las dos de la mañana.
Caminar por la casa.
Lavarme la cara.
Ver televisión.
Permanecer despierto una hora entera.
Y cuando finalmente volvía a quedarme dormido...
Regresaba exactamente al mismo lugar.
No a un sueño parecido.
Al mismo.
La conversación seguía donde había terminado.
La persecución continuaba.
Las personas recordaban lo que habían dicho antes.
Todo seguía avanzando.
Como si el sueño hubiera continuado sin mí.
Como si yo hubiera salido apenas un momento.
Una noche soñé que estaba escondido dentro de una casa desconocida.
Escuchaba a alguien buscándome.
Recorriendo habitaciones.
Abriendo puertas.
Acercándose.
Desperté.
El corazón me golpeaba el pecho.
Permanecí despierto casi una hora.
Cuando volví a dormir, estaba nuevamente dentro de aquella casa.
Y una voz dijo desde algún lugar del piso inferior:
—Pensé que no ibas a regresar.
Desperté gritando.
Porque no parecía sorprendida.
Parecía ofendida.
Como alguien al que habían hecho esperar.
Mi esposa comenzó a preocuparse.
Yo también.
Empecé a moverme mientras dormía.
A veces gritaba.
A veces golpeaba.
Una noche le di un puñetazo en la mandíbula.
Otra la empujé de la cama.
Yo recordaba perfectamente lo que había ocurrido.
Me estaban atacando.
Me defendía.
Eso era todo.
Pero los golpes habían sido reales.
Lo peor vino después.
Desperté una mañana con un hematoma en las costillas.
Exactamente donde me habían pateado en una pesadilla.
Soñé que una mujer me arañaba el brazo.
Desperté con cuatro surcos sangrando.
Soñé que corría descalzo entre piedras.
Desperté con las plantas de los pies destrozadas.
Soñé que cavaba durante horas bajo la lluvia.
Desperté con tierra húmeda debajo de las uñas.
Intenté convencerme de que existía una explicación racional.
Lo intenté de verdad.
Pero una noche soñé que un vagabundo me golpeaba la cabeza con una botella por no querer darle la hora.
Desperté con sangre en la almohada.
Y algo dentro de mí finalmente se rompió.
Comencé a temerle al sueño.
No a las pesadillas.
Al sueño.
A la necesidad biológica de cerrar los ojos.
A la certeza de que tarde o temprano iba a rendirme.
Intenté permanecer despierto.
Mi rendimiento en el trabajo se desplomó.
Olvidaba conversaciones.
Olvidaba nombres.
Olvidaba por qué había entrado a una habitación.
Mi esposa empezó a dormir con miedo.
Yo empecé a vivir con miedo.
Entonces apareció el hombre.
Lo vi por primera vez en un sueño.
Estaba sentado en una banca.
Nada más.
No tenía nada especial.
No era alto.
No era monstruoso.
No tenía ojos negros.
No estaba desfigurado.
Parecía una persona cualquiera.
La clase de persona que te cruzas todos los días y jamás recuerdas.
Después volvió a aparecer.
Siempre sentado.
Siempre lejos.
Nunca hacía nada.
Solo me observaba.
Hasta una noche en que habló.
—Ya casi.
Solo eso.
Ya casi.
No volví a verlo durante varios días.
Después apareció otra vez, al fondo de un sueño que apenas recuerdo.
Luego otra.
Cada vez me costaba más recordar dónde lo había visto.
En una calle.
En una estación.
En una banca.
A veces ni siquiera estaba seguro de que fuera el mismo hombre.
Eso empezó a inquietarme más que su presencia.
Una tarde, después de casi un año sin dormir correctamente, fui al supermercado.
Mientras hacía fila en una caja, tuve la sensación de que alguien me observaba.
Levanté la vista.
A unos metros de distancia había un hombre.
No pude distinguir su rostro.
Pero algo en él me resultó insoportablemente familiar.
Bajé la mirada.
Cuando volví a buscarlo, ya no estaba.
Abandoné el carrito y salí corriendo.
Esa noche no dormí.
Ni la siguiente.
Ni la otra.
A la cuarta, el agotamiento me venció.
Y tuve el sueño más corto de todos.
Estaba sentado frente a un hombre.
Nos separaba una mesa.
No podía verle bien el rostro.
Él me observó durante varios segundos.
Luego preguntó:
—¿Ya revisaste las fotografías?
Desperté inmediatamente.
Corrí por el teléfono.
Comencé a revisar miles de imágenes.
Vacaciones.
Cumpleaños.
Navidades.
Comidas familiares.
Horas enteras.
Hasta que encontré algo.
Una fotografía tomada años atrás.
Al principio no vi nada extraño.
Después amplié la imagen.
Y sentí cómo el estómago se convertía en hielo.
Reflejado en una ventana, al fondo, había alguien.
Un hombre.
Observándome.
Muchos años antes de que yo comenzara a soñar con él.
Revisé otra fotografía.
Y otra.
Y otra más.
Siempre aparecía.
En una multitud.
Detrás de un automóvil.
En el reflejo de un cristal.
Lejos.
Casi invisible.
Pero siempre presente.
Las fotografías se remontaban a años atrás.
Parecía haber estado allí durante buena parte de mi vida.
Y mientras más retrocedía...
Más cerca aparecía de mí.
Como si hubiera pasado años acercándose lentamente.
Durante semanas revisé cada archivo que poseía.
Y descubrí algo peor.
No era él quien cambiaba.
Era yo.
Cada año mi rostro se parecía más al suyo.
Hasta que finalmente entendí por qué me resultaba familiar.
No se parecía a mí.
Yo me parecía a él.
Aquella noche ya no intenté luchar contra el sueño.
Estaba cansado.
Demasiado cansado.
Me acosté junto a mi esposa.
Encendí el mantra habitual.
La voz suave comenzó a llenar la habitación.
Cerré los ojos.
Y por primera vez no tuve miedo.
Porque ya sabía lo que iba a encontrar.
Estaba sentado en la misma banca.
Esta vez podía verle el rostro.
O creía poder verlo.
—¿Quién eres? —pregunté.
Pareció confundido.
Luego respondió:
—Esa es la pregunta equivocada.
—Entonces dime cuál es la correcta.
Permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Cuál de los dos está soñando?
Recuerdo haber intentado responder.
Recuerdo haber intentado despertar.
No pude.
Y entonces comprendí algo mucho peor que cualquier monstruo.
Ya no podía recordar mi propia vida con claridad.
Las fechas eran borrosas.
Las conversaciones eran borrosas.
Los lugares eran borrosos.
Los recuerdos eran borrosos.
Todo estaba desvaneciéndose.
Excepto los sueños.
Los sueños eran perfectos.
Los recordaba completos.
Con detalles imposibles.
Con una nitidez absoluta.
Era mi vida despierta la que comenzaba a parecer un sueño antiguo.
Mi esposa.
Mi trabajo.
Mi casa.
Todo estaba perdiendo sustancia.
La última vez que vi al hombre, sonrió.
No con crueldad.
Con tristeza.
Y dijo:
—Cuando despiertes mañana, intenta recordar el color de los ojos de tu esposa.
Desperté sobresaltado.
La observé durante varios minutos.
Y sentí un frío imposible.
No pude recordarlo.
Doce años juntos.
Y no pude recordar el color de sus ojos.
Eso fue hace seis meses.
Ahora tampoco recuerdo la voz de mi padre.
Ni la risa de mi madre.
Ni el nombre de mi primer amigo.
Cada noche olvido algo más.
Cada mañana regreso un poco menos.
Por eso estoy escribiendo esto.
Porque hoy encontré una fotografía de mi esposa sobre el buró.
La he observado durante casi una hora.
Y tuve que escribir su nombre en el reverso para no olvidarlo.
Porque esta noche volveré a dormir.
Y tengo la sospecha de que mañana no recordaré haber escrito nada de esto.
He releído este documento varias veces para asegurarme de que aún tiene sentido.
Y encontré algo extraño.
Una frase que no recuerdo haber escrito.
Está más arriba.
Escondida entre los párrafos.
La borré.
Volvió a aparecer.
La borré otra vez.
Volvió a aparecer.
Revisé el historial del archivo.
La frase ha estado aquí desde el principio.
Desde antes de que comenzara a escribir.
Dice:
"No intentes permanecer despierto."
No sé por qué esa frase me resulta tan familiar.
Solo sé que durante meses hice exactamente lo contrario.
Intenté no dormir.
Intenté resistir.
Intenté mantenerme despierto para no volver a verlo.
Por eso escribí esto.
No para contar lo que me está pasando.
Sino para dejar constancia de que alguna vez lo supe.
De que alguna vez recordé.
De que hubo una vida que podía reconocer como mía.
Dentro de unas horas volveré a dormir.
Y sé que cuando despierte algo habrá desaparecido.
Quizá un nombre.
Quizá un rostro.
Quizá toda una vida.
Antes de cerrar el archivo, revisé la fecha de creación.
Fue creado mañana.
No sé qué significa.
Ya no tengo fuerzas para averiguarlo.
Esta noche encontré una fotografía sobre el buró.
Sé que esa mujer es importante.
Sé que debería reconocerla.
La he observado durante casi una hora.
Y no puedo recordar quién es.
Pero ella sí parece reconocerme.
Thoughts
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PermalinkUn thriller del sueño, en impacto el hecho de vivir el sueño, la sangre en la almuada, el rajuño en el brazo, el moretón en la costilla.. de que fuera real. Por otro lado, esa disputa interna entre el yo interno consciente en inconciente... Un vergación!!!!!
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PermalinkLo que me dejó peor es que el hombre del banco no tenga nada. Ni ojos negros ni cara rara, un señor cualquiera sentado. Uno se pasa la vida esperando que el miedo llegue disfrazado y llega así nomás, sentado, sin apuro. Con esa parte quedé más incómodo que con toda la sangre en la almohada.
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PermalinkVolver exactamente al mismo sueño después de una hora despierto me suena a lo que la gente llama falsos despertares, salvo que aquí la casa sigue avanzando sin él. Es la idea que me dejó incómoda: que un lugar te espere y encima se ofenda si tardas. La frase del archivo la busqué hacia arriba dos veces, convencida de que me la había saltado.
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PermalinkMe lo leí de un tirón y me quedé con la escena del supermercado, cuando abandona el carrito y sale corriendo. Ahí es donde el sueño deja de estar dormido. Lo de la fotografía y el reflejo en la ventana me hizo volver atrás a releer. Gracias por compartirlo aquí! ¿Tienes más historias de terror publicadas por aquí?
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PermalinkMe quedé dando vueltas al orden de las cosas más que al hombre del banco. Primero le teme a las pesadillas, luego al sueño, y al final solo a olvidar. A mí me han tocado semanas durmiendo mal y lo que peor llevaba era levantarme sin saber qué día era. La esposa me dio más frío que el resto: sigue ahí y él ya la mira como a una desconocida.
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PermalinkMe encantó la imagen y aún que parezca ilógico muchas personas sufren ese tipo de episodios se llena apertura de bóVedas MenTaleS. Y si no sabes controlarte los episodios se vuelven más agresivos contra ti. excelente texto
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