Bajo el peso del polvo y el estruendo,
se apaga el brillo de una antigua cuna,
mientras el miedo silencia las calles
donde el abuelo miraba la luna.
No hay distinción entre cuna y trinchera
cuando la sombra del poder avanza;
caen los muros, los viejos, los niños,
y con el humo se va la esperanza.
Hospitales que guardaban la vida
son hoy memoria cubierta de cal,
mientras imperios de garras de hierro
miden el mundo en ganancia y metal.
Codician tierras, petróleo y fronteras,
reparten mapas desde su pedestal,
vendiéndole al suelo de mil geografías
su frío libreto de guerra e imperio.
Que cesen las llamas sobre la tierra,
que el cielo persa vuelva a respirar,
que la paz renazca en cada esquina
y el ruido de las armas deje de sonar.
Que no se extinga el canto milenario
de un pueblo que exige libertad y dignidad,
sin garras que aten su destino soberano,
sin guerras que apaguen la luz de su verdad.
Porque al final de la noche más larga,
el abrazo del mundo sabrá florecer;
reunidos los pueblos bajo un solo cielo,
donde los niños vuelvan a sonreír y crecer.
Que callen los cañones y hablen las manos,
que la vida triunfe sobre la ambición,
y el sueño de paz que la tierra anhela
sea al fin la promesa de cada nación.