Antes de la ruptura, necesito encontrarme.
Antes de dormir,
me preguntaba
y me preguntaba.
Era una pizca,
un pequeño camino sin pavimentar.
Con tierra y lodo,
no había flor ni animal.
Me perdía,
aún con camino.
Me tropezaba,
teniendo agarradera.
Mis papás jamás me lloraron,
eran una esencia,
una voz,
pero sin ritmo ni tono.
Hoy,
después de todo,
salí a verme.
Regué,
cerní,
acomodé
y escuché.
Oye,
escuchame,
tu camino duele,
es tan impecable que lo miro todo.
El ruído que no cesa,
la piedra que no rueda,
tomé a la pequeña.
Te diré ahora,
viéndote en mi,
que todo será,
incluso y como fue.
Y claro que llegará el momento,
el día,
el minuto
donde sienta tanto:
tanto miedo y dolor,
tanto amor y risa,
que no seré capaz de irme,
ni siquiera en la muerte.
Cuando sea tan inexplicable
que no pueda irme sin comprenderte,
llegará un segundo insólito
y memorable,
que hasta Dios
sentirá la necesidad de bajar a verlo.
Cuando se alineen mi mente y mi alma,
cuando sea serenidad y furia,
cuando pueda vivir,
vivirlo,
vivirme,
cuando por fin exista un instante
en el que pueda ser
sin necesitar nada más.