Podia contarlos con los dedos de las manos.
Ahora ni siquiera tengo manos para llevar la cuenta.
Se me caen, me los sacan,
se desarman
y me desarmo.
Un espejo no elige cómo romperse; cae con las manos atadas.
De repente el todo
es un conjunto de pedacitos.
Y al dolor, angurriento,
le encanta servirse mis pedacitos.
Hoy quise hacer sombra
y el piso quedó lleno de luz.
Me asusté.
Te juré que me asusté.
Voy parado en un par de pedacitos,
que hasta el mínimo suspiro
se lleva alguno.
Empecé a buscarlos,
a buscarme,
a tratar de que no me los saquen
o de que no se me caigan.
El final es una cuenta
en la que el debe
le saca un par de vueltas al haber.
Una cuenta.
Una simple cuenta
entre tiempo y pedacitos.
Y yo
me estoy quedando sin tiempo
y sin pedacitos.