Para mantener tu corazón lejos de la hoguera
y que la locura de tu mente siga siendo totalmente tuya,
no entregues la luz de tu alma a quien solo sabrá devorarla.
Hará trizas tu entrega mientras observa tu caída.
Escupirá sobre tus promesas de lealtad,
se burlará sin prisa de tu fe
y pisoteará cada uno de tus anhelos.
No dejará que halles ningún consuelo.
No respetará ni el silencio de la tumba a la que te arrastra:
sobre la tierra que te sepulte
celebrará con otros su desdén,
y te dejará atrapado en la penumbra,
escuchando ecos de risas y gemidos ajenos.
Aunque sientas su piel, sientas su cercanía, sabrás la verdad:
jamás será tuya.
Nunca como pertenece a quienes realmente busca.
Te destruirá hasta la última fibra.
¿Que vas a sanar? El autoengaño es una dulce mentira
para soportar la condena de seguir respirando.
Por eso, muchacho,
huye de la trampa que reclama tu sangre.
Salva tu alma y guarda tu luz;
no se las entregues a un monstruo hermoso
capaz de condenarte para siempre
y seguir su camino campante.