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ADANA, Capítulo 4 Sensible

DaveOaks
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EL ASCENSO DEL CABALLERO NEGRO

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EL ASCENSO DEL CABALLERO NEGRO

La transformación de Arthur Castleberry no fue solo interna. Tras el pacto en el bosque de ceniza , el "Halcón de plata" murió para dar paso a algo mucho más eficiente y letal. Arthur desechó su armadura blanca, alegando que el brillo del metal era una debilidad que alertaba a los rebeldes. En su lugar, ordenó forjar una coraza de acero oscuro, tratada con aceites que absorbían la luz de la luna.

pronto, los bardos dejaron de cantar sobre sus milagros y empezaron a susurrar sobre sus masacres. Arthur desarrolló una preferencia enfermiza por la guerra nocturna. Atacaba a sus enemigos mientras dormían, cayendo sobre los campamentos como una sombra física. No buscaba rendiciones, buscaba el silencio absoluto. Se decía que el color negro de su armadura no era solo tinte, sino el luto acumulado de todas las familias que había exterminado. El carisma seguía ahí, pero ahora era una herramienta de terror. El pueblo ya no lo amaba; lo temía con una devoción servil.

—La luz es para los necios que quieren ser vistos —le dijo Arthur a Adana una noche, mientras limpiaba la sangre de sus guanteletes negros —. En la oscuridad, todos son iguales: presas.

Con el control absoluto del Norte, Arthur y Adana comenzaron la construcción de la ciudad de Castleberry. Pero no era una ciudad diseñada para la vida, sino para la contención.

Adana, siguiendo las instrucciones que Enoch le dictaba desde el frasco, entregó los planos a los arquitectos. Eran diseños que desafiaban la arquitectura convencional: calles que terminaban en ángulos agudos innecesarios , plazas con una acústica que permitía escuchar susurros a kilómetros de distancia y , sobre todo, la ubicación exacta de las casas de las seis familias fundadoras.

—¿Por qué mis establos deben estar orientados al noreste? —preguntó el señor Thorne, uno de los aliados más ricos de Arthur —. Porque así lo dicta la armonía de la tierra, Thorne —respondió Adana con una sonrisa que no llegaba a sus ojos —. Si te desvías un solo centímetro, la fortuna abandonará tu linaje.

Thorne, movido por la avaricia y el miedo al Caballero Negro, obedeció. Y así lo hicieron los demás. Cada una de las familias fundadoras aceptaron que sus hogares fueran los puntos de anclaje de una geometría que no comprendían.

Enoch, sin embargo, no se conformó con los líderes. El demonio sabía que un pacto eterno requiere que el pueblo mismo se pudra. Desde su prisión de cristal, que Adana ahora dejaba abierta por las noches, Enoch empezó a "visitar" los sueños de los habitantes más envidiosos de Castleberry.

El mal se volvió sutil. Enoch no pedía asesinatos; pedía información. —Dime quién de tus vecinos guarda grano extra —susurraba el demonio en los oídos de los campesinos hambrientos —. Dime quien maldice el nombre de Adana en la taberna, y mañana tu pozo tendrá agua clara.

Pronto, el aire de Castleberry se llenó de sospecha. Los vecinos dejaron de hablarse. Las denuncias anónimas llegaban a la mansión todas las mañanas. Arthur, vestido siempre de negro, recompensaba a los delatores con tierras confiscadas a los "traidores". El tejido social se desgarró: la gente empezó a aceptar la maldad no como un pecado, sino como una forma de ascenso social.

Mientras tanto, la Mansión Castleberry crecía. Se decía que los albañiles que trabajaban en los niveles inferiores desaparecían o se volvían mudos. Pero lo más inquietante era el sonido. En la madrugada, cuando el Caballero Negro regresaba de sus patrullas nocturnas, se escuchaba un martilleo rítmico bajo los cimientos.

No eran herramientas humanas. Era el sonido de la realidad siendo remachada, a través de un sello, justo debajo del vivero de Adana.

—Ya casi está, Adana —susurró Enoch una madrugada, mientras observaba cómo la rosa negra en el jardín abría su primer capullo —. Solo falta que el pueblo aprenda a contar. Vamos a darles un censo que nunca olvidarán.

Adana miró la ciudad desde su balcón. Vio las luces de las antorchas de los delatores moviéndose por las calles y sintió una satisfacción divina. Por primera vez se sentía la reina de aquel hormiguero de odio.

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