Voy corriendo hacia el cielo, pues Jehová, mi Dios, ha dejado de escucharme. El día se ha puesto triste y el estanque ha crecido lo suficiente —lo suficiente— para hacerme perder la calma.
Pierde el cielo equilibrio, y yo lo pierdo también entre los cables que conectan mis ideas. Se hace escaso el caudal de la inspiración; es un caso perdido: no hay quien pueda reavivarlo.
Lo que ocurre es que se acaba. ¿Quién podrá devolverme el don de ser poeta? Jehová, mi Rey de gloria, me ha quitado el don que me había regalado.
Y pienso en esa chica; el sentimiento me hace creer que podría crecer, pero se agota al escribir la primera línea. Caigo en la cuenta de que reciclo sentimientos solo para no morir en el olvido.
¡Oh, mis escritos! ¿Quién podrá salvarlos?
¡Mis letras, mis sentimientos! ¿A dónde se habrán ido?
Y voy corriendo a gran velocidad; visitaré a Jehová en su monte santo, me postraré ante Él y le preguntaré:
—¿Por qué, oh Jehová? ¿Por qué me quitaste aquello que más amaba?
Y clamaré sin más, pidiendo de vuelta lo que más añoro: mis salmos, poemas y escritos hacia el Señor, hacia la mujer, hacia el dolor, hacia el placer de sentir ardor en el alma —mismo que me consume y me inspira a gastar mi pluma, mi lápiz, y que me acalambra los dedos—; el placer de hacer arte con lo que todos detestan, el placer de sentir y vivir a flor de piel cada palabra: inspiración real, inspiración que cura, inspiración que mata, inspiración que tranquiliza. ¡Oh gran Autoexistente, hazte presente, regresa a mí el don que me quitaste! ¡Oh Yavhé, mi corazón se alegra en ti!
— Jorge Guzmán