Sé que han pasado los días, incluso los años. Estarías por cumplir dos años… o tal vez ya los tendrías. Y, sin embargo, para mí hay momentos en los que el tiempo parece detenerse aquella tarde de enero, después de mi cumpleaños, cuando decidiste convertirte en un angelito en el cielo.
Habíamos vivido momentos muy complicados los dos, aunque yo todavía no sabía de ti. Nunca te manifestaste, nunca supe que estabas conmigo hasta el momento de tu partida. Y desde entonces, tu ausencia ha dolido de una manera que pocas palabras pueden explicar.
Como tu madre, quiero que sepas que te puse un nombre fuerte, con unos apellidos fuertes, como si desde antes de conocerte quisiera dejarte un lugar en este mundo. Aunque tu padre y yo ya no estábamos juntos, yo soñaba contigo. Soñaba con verte jugar con tu abuelo, correr junto a tus tíos, escucharte reír y descubrir quién serías.
También sé que quizá habrías conocido una historia diferente a la que yo hubiera deseado para ti. Tal vez habrías sufrido al no tenernos juntos, y esa idea también forma parte de todo lo que he tenido que aprender a aceptar.
Te fuiste como llegaste: sin avisar.
Y tu partida fue una de las experiencias más dolorosas de mi vida. Volví a tocar fondo. Durante meses no pude mencionarte, como si decir tu nombre hiciera más real tu ausencia. Pero con el paso de los días comencé a nombrarte.
Andrés.
Siempre supe que serías niño. Siempre te imaginé así: mi niño.
La primera vez que encendí una vela por ti, el Día de Todos los Santos, aquella pequeña luz se negaba a apagarse. Y quise creer que era tu manera de decirme que seguías aquí, cerquita de mí, aunque ya no pudiera abrazarte.
Tiempo después, tu padre supo que había pasado por un aborto espontáneo y solamente pudo decirme: “p*a egoísta”**.
Pero no fue egoísmo, mi amor.
No fue egoísmo.
Fue miedo. Fue dolor. Fue cuidar de mí después de haber vivido, en otra historia, cosas que jamás quise volver a repetir. Fue intentar proteger todo aquello que alguna vez quedó roto dentro de mí.
Y aunque nunca pude tenerte entre mis brazos, fuiste real.
Exististe en mí.
Fuiste mi hijo.
Y eso nadie puede cambiarlo.
Hoy te escribo porque ya no quiero que tu recuerdo solamente viva en el dolor. Quiero recordarte también desde el amor. Desde ese amor extraño y profundo que nació contigo y que, aunque nunca pude verte crecer, nunca dejó de existir.
Quizá estarías por cumplir dos años.
Quizá estarías corriendo, riendo, haciendo travesuras con tu abuelo y tus tíos.
Quizá…
Pero aprendí que también se ama aquello que no pudo quedarse.
Y yo te amo, Andrés.
Te amé cuando no sabía que estabas conmigo.
Te amé cuando supe de ti.
Te amé cuando tuve que despedirme.
Y te sigo amando ahora, desde este lugar donde ya no puedo abrazarte, pero sí puedo recordarte.
Mi pequeño angelito, mi niño, mi hijo.
Gracias por haber existido, aunque haya sido por un instante.
Mamá nunca te olvida.