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Hace muchos años ya junto a mi hermano vimos el vídeo del hombre elefante chino. Estábamos enfrente de la compu, nuestra primera compu, atraídos y cooptados por la novedad de Youtube. Allí aparecía…

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Hace muchos años ya junto a mi hermano vimos el vídeo del hombre elefante chino. Estábamos enfrente de la compu, nuestra primera compu, atraídos y cooptados por la novedad de Youtube. Allí aparecía un hombre que en vez de rostro tenía protuberancias colgantes, como chorizos desprendidos de su cuerpo. En ese momento mi cerebro percibió esa imagen como una punzada a toda idea de forma. Un extrañamiento agudo, molesto, irrisorio, completamente irrisorio. Debe existir amplio material acerca de como nuestro pensamiento y percepción de la realidad está estrechamente vinculado hacia tipos geométricos que tienen su origen en la naturaleza y que ha determinado históricamente nuestras producciones materiales y simbólicas.

En mis hojas de anotaciones o de apuntes suelen aparecer casitas. Primero hago el triangulo, de allí se desprende hacia la izquierda un rectángulo, abajo otro rectángulo que luego de divide, quedando un cuadrado debajo del triángulo. Luego le hago una especie de cesped de triángulos sin base para mandarle la línea que finalmente los consagra como forma acabada. A veces le agrego un camino de lineas onduladas hacia la supuesta puerta, que en ocasiones se la agrego y pongo un puntito en el medio, calculo que vendría a ser la mirilla.

Éste hombre elefante era un ejemplar del siglo XXI. Digo ejemplar porque el original habia tenido lugar en el siglo anterior en Gran Bretaña. Sin embargo, comparando las imagenes, el de nuestra época era aún mas horripilante. Se trataba de un caso extremo de neurofibromatosis, con grandes tumores ubicados en el rostro y en otras partes del cuerpo. Del lado derecho de su cara le colgaba una masa de carne que pesaba 23 kilos, del lado izquierdo un ojo, abajo una boca deformada, completamente abierta, con una lengua que sobresale, en vez de horizontal, verticalmente. Con una mano se sostiene la parte de la cara que le cuelga.

Hay una señora en el tren Sarmiento que pide. Tiene una voz gruesa. Desde cierta distancia se la puede reconocer, ya que sus pedidos son muy acotados y repetitivos. Se abre paso entre la multitud con su bastón y su metro cuarenta. Tiene las piernas malformadas, dobladas. A veces pide 10 pesos, o cosas así. Se abre espacio entre la multitud con su bastón y su cuerpo zigzagueante.

Aquella tarde de mayo fue la última vez que la vi. Un señor sordo ponía papelitos en las piernas de cada pasajero. Apareció ella y agarró el papelito que estaba sobre mis piernas, lo tiró al piso, y siguió inspeccionando. El me hacía caras como diciendo no sé qué le pasa. Yo lo levanté, se lo di. Llegamos a Once, bajé, caminé y escuché su voz en los primeros coches del tren. Siento que ella podría gritar como un ogro y quemarte los oídos. Mira lo que me hizo, no paraba de decir. En los parlantes de la estación llamaban a seguridad para que se dirijan de inmediato a donde se desarrollaba el conflicto.

Escribo y borro la palabra monstruo.

De chica a veces sentía que mis dedos y brazos eran extensiones ajenas, ilógicas. Que tenía más dedos de los necesarios, que podían alargarse hasta el

infinito.

Thoughts

  • idea1908

    Sentir los brazos como ajenos, que rarito. Yo pensé que me pasaba solo a mí. Bueno, al menos sabés que no.

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  • cuatrocafes

    Lo que importa es ese gesto mismo, escribir y borrar. La mano dudando. Eso es lo que queda, no la palabra.

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  • Elena_V

    Esa señora ocupó más lugar en tu cabeza que vos en la suya. Como dejó una sensación, un extrañamiento que no se va.

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  • Anselma

    Las casitas que dibujabas son hermosas. Esa búsqueda de orden, de forma. Lo opuesto a lo que describís, pero al mismo tiempo no.

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  • solo_curioseo

    Eso te queda grabado para siempre. Con los años lo revisás sin querer y está ahí, intacta, incómoda, imposible de borrar.

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