Hay personas que llegan demasiado temprano a nuestra vida. Otras aparecen cuando ya es demasiado tarde. Algunas se cruzan en el instante perfecto, pero ninguno de los dos está preparado para reconocerlo.
Siempre pensamos el amor como una cuestión de compatibilidad. Buscamos a la persona correcta, convencidos de que, si realmente existe alguien para nosotros, todo debería funcionar desde el principio. Pero después de volver a ver When Harry Met Sally me quedó la sensación de que Rob Reiner estaba intentando responder otra pregunta.
¿Y si el problema nunca fue encontrar a la persona indicada, sino convertirse en alguien capaz de amarla?
El destino hace su trabajo muy rapido, porque Harry y Sally se conocen desde un comiendo, pero lo que tarda es todo lo demas. Tarda Harry en dejar de esconderse detrás del sarcasmo, tarda Sally en aceptar que la vida no puede organizarse como una lista de tareas. Tardan ambos en comprender que amar implica aceptar la incertidumbre.
Y creo que ahí aparece una de las ideas más hermosas de la película. Muchas veces pensamos que el tiempo pone distancia entre las personas.
Acá ocurre exactamente lo contrario, el tiempo es aquello que finalmente las acerca.
Cada encuentro parece insignificante cuando ocurre. Una conversación durante un viaje en auto. Un café. Una caminata por Nueva York. Una llamada telefónica en medio de la noche. Sin embargo, cuando la película termina, entendemos que el amor nunca nació en una gran declaración. Se fue construyendo lentamente, conversación tras conversación, decepción tras decepción y reencuentro tras reencuentro.
Rob Reiner entiende algo que pocas comedias románticas se animan a mostrar. Las personas cambian y las relaciones también. Harry y Sally no se enamoran porque descubren que eran perfectos el uno para el otro desde el principio. Se enamoran porque el paso del tiempo los convierte en personas distintas. Y esa diferencia cambia completamente la película.
Billy Crystal construye un Harry profundamente inseguro, aunque haga todo lo posible por ocultarlo. El humor se convierte en su mecanismo de defensa. Siempre tiene una respuesta ingeniosa preparada porque resulta mucho más fácil hacer un chiste que reconocer el miedo a quedarse solo.
Meg Ryan hace exactamente lo contrario.
Sally necesita creer que todo puede planificarse. Organiza su vida como si las emociones también pudieran ordenarse. Pero la película demuestra, una y otra vez, que el amor nunca aparece cuando todo está bajo control. Aparece justamente cuando aceptamos que hay cosas que no podemos controlar.
Creo que ahí está la enorme química entre ambos, porque no nace de la atracción inmediata. Nace de la posibilidad de mostrarse vulnerables frente al otro y creo que esa vulnerabilidad tarda años en aparecer.
Gran parte de esa naturalidad se debe al extraordinario guion de Nora Ephron. Sus diálogos siguen sintiéndose actuales porque nunca buscan sonar inteligentes. Suenan verdaderos. Hablan del amor, del deseo, del miedo y de la soledad con una honestidad que pocas películas del género consiguen. Incluso la famosa discusión sobre si un hombre y una mujer pueden ser solamente amigos deja de funcionar como una simple premisa romántica para convertirse en una pregunta sobre nuestras propias inseguridades.
Visualmente, Rob Reiner apuesta por una puesta en escena de una elegancia absoluta, porque nunca intenta imponerse sobre los personajes.
Nueva York deja de ser una postal para convertirse en un espacio vivido. El otoño, las librerías, los restaurantes y Central Park no funcionan únicamente como escenarios románticos. Funcionan como lugares donde el tiempo deja marcas. Cada estación parece acompañar una etapa distinta de la relación, como si la ciudad también creciera junto a ellos.
La música de Harry Connick Jr. termina de completar esa sensación. No busca decirnos cuándo emocionarnos, simplemente acompaña el paso del tiempo. Como si toda la película fuera un recuerdo contado muchos años después, y quizá por eso sigue emocionando más de tres décadas después.
Porque nunca intenta convencernos de que existe un amor perfecto, nos recuerda algo mucho más humano, que nadie llega completamente preparado a una relación. Todos arrastramos miedos, inseguridades y versiones de nosotros mismos que todavía no terminamos de entender.
Harry y Sally no encuentran el amor porque el destino finalmente decide unirlos. Lo encuentran porque, después de tantos años, dejan de intentar convertirse en la persona que creían que debían ser. Y entonces pueden mostrarse tal como son, creoo que esa es la idea más hermosa que me dejó la película.
El amor no siempre consiste en encontrar a la persona correcta. A veces consiste en llegar al mismo lugar después de haber recorrido caminos distintos, porque quizá el destino nunca tuvo que ver con cruzar a alguien en el momento perfecto. Quizá tuvo que ver con que la vida nos cambiara lo suficiente como para que, cuando ese encuentro finalmente ocurriera de verdad, por fin estuviéramos preparados para elegirnos.