Y tenían razón:
no importa cuál fuera la circunstancia,
yo acabaría huyendo.
He hablado de cuánto anhelo ser comprendida,
de entregar a los demás
el doble de lo que guardo.
Entonces, ¿por qué corro?
¿A qué le tengo tanto miedo?
Es irónico evadir el afecto que busco como el aire
quedar de nuevo con el corazón abierto
y temblando en las manos,
expuesta a la lástima ajena
por este intento patético de vivir.
Qué deprimente es desear el fuego
y huir de la quemadura,
Quizá esa es la razón por la que corro
Escapar de la inseguridad de mi propio querer.
Y es que, al final,
¿cómo podría aceptar que alguien me ame,
si yo ni siquiera sé cómo hacerlo conmigo?