Para mí este capítulo es de la abuela Astara, con el abrazo que le truena la espalda y ese llanto al nombrar a la madre. Mi apuesta es que la madre de Isi también se fue de Sais a Alejandría, y que la promesa de brillar le pide a la nieta lo que la hija no alcanzó.
VI: Fé y Dignidad
Pensamiento
Para mí este capítulo es de la abuela Astara, con el abrazo que le truena la espalda y ese llanto al nombrar a la madre. Mi apuesta es que la madre de Isi también se fue de Sais a Alejandría, y que la promesa de brillar le pide a la nieta lo que la hija n
Contenido de la publicación
Mony llegó al templo en la tarde acompañado de otra persona, un pequeño acontecimiento que nunca pasaba desapercibido. En cuánto las novicias veían llegar al joven, se regaba más rápido que la arena ante un viento fuerte, y en una susurrante procesión buscaban posición para poder ver al muchacho. Unas eran más tímidas y se trataban de asomar por la entrada de alguno de los pilonos para poder verle, otras (más osadas) buscaban ser parte del cortejo que le diera la bienvenida como visitante, aunque fuera una mera excusa para poder estar cerca de él y escuchar su voz.
Y es que Mony Nehados era todo cuánto no era su patosa hermana menor, Isi. Era un muchacho alto, de perfil definido y agudo, delgado pero con los brazos fuertes, tenía los ojos verdes como su hermana, pero el cabello era de un color castaño oscuro, a comparación del castaño claro de la jovencita. A ojos de las novicias, Mony era guapísimo. Y mientras que su hermana pequeña tenía una coordinación manos pies desastrosa y siempre era la regañada por eso, Mony era en cambio un joven con un paso seguro, con la cabeza en alto y la espalda erguida. Y no era para menos, mientras Isi estaba atrapada en las funciones de novicia del templo de Isis, Mony, sin sobrepasar excesivamente la edad de la chica, ya estaba siendo considerado para hacer los ritos necesarios y convertirse en sacerdote del templo de Horus en la vecina ciudad de Djed.
Aún así sacaba tiempo para ir al templo, y no pocas de las novicias aprovechaban la ocasión para tratar de acercarse al atractivo muchacho, aunque éste solía pasar de ellas y las dejaba con las palabras en la boca, para frustración de muchas de las novicias que no lograban acercarse al apuesto hermano mayor de su compañera más desastrosa.
Solía venir era para darle una vuelta a su hermana, o para informarse de boca de las sacerdotisas mayores de alguno de los desastres más graves de su hermanita. Y si bien la llegada de Mony era previsible, sabiendo lo que había pasado en la visita con el nomarca, pero sin embargo lo inaudito era que venía acompañado por alguien, una persona que iba vestida con ropas de beduino, una túnica ancha y un shemagh que le cubría el rostro y le protegía del sol.
Una vez que Mony atravesó el pilono y llegó al patio con su enigmática compañía, al paso le salieron tres novicias, una de ellas, una joven de piel color canela y el cabello negro, le abordó mientras hacía remolinos con el dedo a un mechón de pelo.
— Hola, Mony. Vienes a ver a Isi ¿Verdad? - Le preguntó la chica. - Ella ahora mismo no puede salir a recibirte, pero podemos hacerte compañía mientras termina lo que debe hacer.
— Gracias por el ofrecimiento, Shani. - Le dijo el chico, con un tono educado y con un rostro serio. - Pero tengo que ir a ver a Isi ahora mismo.
Shani contuvo una risa, por más que al segundo lo trató de disimular con un carraspeo.
— Perdón, la arena. - Se excusó antes de continuar. - Es que son órdenes de las sacerdotisas mayores, ellas son las que pueden decir si te dejan o no.
— Pues llama a las sacerdotisas mayores y que hablemos nosotros con ellas. - Dijo la persona encapuchada, cuya voz, a pesar de tener un timbre más grave de lo usual, evidentemente era de una mujer, lo que hizo que la mirada de Shani se dirigiera a esa persona, con un brillo de indignación.
La muchacha estuvo a punto de decir algo, cuando de pronto salió del templo una de las sacerdotisas mayores, una mujer de mediana edad y expresión avinagrada que se acercó a ver lo que sucedía.
— He escuchado la conversación, Shani. Puedes retirarte. - Le dijo dedicándole un vistazo de costado a la chica.
— Si… sacerdotisa Atem. - Dijo simplemente la joven, agachando la cabeza y tragándose el orgullo. Tras lo cual ella y su pequeño cortejo se fueron aparte. - Como dijo la novicia, tu hermana ahora mismo está purgando una ofensa hecha a la diosa madre. - Dijo la mujer llamada Atem girando la cabeza hacia Mony. - Si deseas hablar con ella, tendrás que esperar a que termine, y no creo que sea para hoy.
— Ya la Suma Sacerdotisa Eirene me puso al corriente. - Dijo la mujer encapuchada, haciendo que la sacerdotisa Atem girara la cabeza bruscamente, con una expresión entre desconcertada y sorprendida. La encapuchada continuó sin detenerse en explicaciones. - Sin embargo venimos a hacer llegar algo, va dirigido a la señorita Nehados y tiene que ser entregado hoy. - Dijo mientras sacaba algo de un bolsillo de la túnica un objeto.
La sacerdotisa mayor observó el objeto una vez que estuvo al alcance de su vista, y sus ojos se abrieron como platos. Lo que la mujer encapuchada le estaba mostrando era un cilindro blanco, de un blanco impoluto, los extremos de las varillas eran de un color dorado y el mismo estaba sellado con un ojo de Horus de cera azul. Atem había visto ese sello solamente un par de veces, pero habían sido suficientes para saber de qué era y de lo que implicaba que lo hicieran llegar. Lo cual no ayudaba a que saliera de su sorpresa o que se calmase.
— ¡Es imposible! - Exclamó Atem totalmente contrariada. - ¡No es posible! ¡Nehados no es siquiera apta para ser elegible como sacerdotisa! ¡Deben de estar cometiendo un error!
— No hay ningún error, señorita Atem. - Dijo la mujer encapuchada, guardando el cilindro de papiro en el bolsillo dónde lo tenía originalmente. - Es por eso que necesitamos hablar con Isidora Nehados.
— ¡Le pediré explicaciones a la Suma Sacerdotisa! - Exclamó la sacerdotisa Atem.
— Hágalo, sin problema. Pero me gustaría pedirle que, mientras eso, me dejase hablar con Nehados y deje de hacer ésto más largo de lo necesario. Ya bastantes pendientes he dejado en Alejandría al hacer éste viaje. - La mirada que dedicaba la desconocida a través del shemagh a la sacerdotisa era seria, firme, y a la vez impasible.
Atem giró la cabeza para mirar a Mony, como si gastase su último dado en una tirada desesperada. Sin embargo lo que encontró fue la expresión imperturbable del muchacho.
— Déjenos entrar, no tardaremos mucho. - Le pidió el chico.
Atem cerró los ojos e inspiró profundamente, antes de abrir los ojos y volver a hablar, dirigiéndose a Mony al hacerlo.
— Está en la sala hipóstila, limpiando. - Le dijo antes de comenzar a girarse. - Voy a ir a hablar con la Suma Sacerdotisa, y más les vale que todo ésto sea cierto.
— Mis disculpas anticipadas por vuestra futura decepción, sacerdotisa. - Dijo la encapuchada en ese momento. Atem dedicó una mirada asesina a la desconocida, antes de girarse y comenzar a caminar a zancadas por el pasillo, perdiéndose en el mismo.
— Sé dónde está la sala hipóstila. Vamos allá. - Dijo el chico mientras empezaba a caminar en pos de la misteriosa mujer, al poco agregó. - Procuremos no hacer enemigos en nuestro camino.
— No me hago enemigos, joven. - Dijo la mujer con calma. - Simplemente no me gustan los que se creen faraones.
Isi ya llevaba una semana castigada, todos los días tenía que levantarse temprano, comer algo ligero y continuar con las tareas de limpieza. No la habían dejado siquiera volver a casa para poder hablar y explicarle a la abuela lo que había sucedido, aunque muy seguramente, si intentaba explicarle el por qué de su castigo, se le habría caído la cara de vergüenza. Aún así, la semana de estar trapeando y limpiando cada rincón del templo le había pasado factura, los hombros le dolían y pesaban, lo mismo las rodillas. Su túnica estaba gris y llena de manchas de polvo, y los párpados inferiores tenían una sombra grisácea producto de las ojeras, al ser despertada de forma brusca a horas muy tempranas del día para seguir con su castigo.
Aunque entendía que estaba pagando penitencia, igual ya se sentía tan cansada que esperaba que por fin la dejasen. Sin embargo, no había ningún signo de que la fueran a soltar. Llegó a preguntarse si acaso irían a llamar a Mony para que viniese al templo. La mera perspectiva hacía que le entrasen ganas de llorar, sobre todo en los primeros días. Su hermano mayor, el orgullo de la familia, el futuro sacerdote que iba a ser ungido en Djed ¿Qué iría a decirle? ¿Con qué cara iba a explicarle nada? Ella, la torpe hermana menor, había metido la pata otra vez, y no soportaría su cara de desaprobación si llegaba a verla.
— ¿Isi…? - La joven dió un respingo al escuchar la voz de su hermano mayor.
Giró rápidamente sobre sus talones nerviosa, pero se enredó con sus pies y trastabilló antes de sentir cómo caía hacia atrás. Intentando encontrar un apoyo atrapó una ánfora con los dedos. Pero cuando la chica ya se veía en el suelo, sintió cómo alguien la detenía. Su mirada bajó del techo y se encontró con el rostro de Mony, había llegado rápidamente y la había atrapado.
— Isi, no tienes buen aspecto ¿Estás bien? - Preguntó preocupado Mony, mientras la ayudaba a incorporarse y ponía la ánfora en su lugar.
Los ojos de Isi se humedecieron y sin responder se dejó caer sobre el pecho de su hermano. No tardó mucho antes de que comenzara a sollozar y a llorar, sintiendo entonces cómo los brazos de Mony la envolvían. En ese momento otra persona se estaba acercando, alguien envuelta en ropa holgada y en un pañuelo de beduino que ocultaba su identidad.
— ¡Dios bendito! ¡Mira a ésta pobre niña! - Exclamó entre alarmada e indignada aquella persona, mientras comenzaba a quitarse el pañuelo del rostro.
En el almacén se encontraban Nebet y sus cachorros. La gata se encontraba acostada de lado, levantando de forma perezosa la cabeza mientras observaba a sus cachorros jugando no muy lejos de allí. La madre y su camada ya habían reclamado ese lugar como su habitación personal, y para disgusto de las sacerdotisas mayores habían tenido que ceder a ese lujo de los animales. Ya habían retirado las vasijas, los muebles y cualquier signo de que aquello hubiera sido un almacén y en su lugar las novicias habían tejido cojines con mimbre y plumones para que la camada tuviera dónde dormir.
En una esquina se encontraban tres personas: Isi estaba comiendo un pastelillo de miel con voracidad y con los ojos brillantes, al ser el mejor bocadillo que había tenido tras varios días de trabajo arduo; Mony estaba sentado a su lado, dándole pequeñas palmadas en la espalda cuando ella se ahogaba; de último estaba una mujer de pómulos marcados, ojos de color gris claro y cabello castaño corto, la cual ahora se encontraba despojada de su manto de beduino, dejando ver su rostro brillante por el sudor.
Isi había intentado disculparse con su hermano por las molestias, pero le habían pedido silencio “no hables, Isi” le habían dicho “primero descansa y come algo”. Mientras ésto, la joven había notado la presencia de la mujer, y se sentía tan extrañada como inquieta. La mujer estaba concentrada en observar a la gata, la cual se levantó de forma perezosa y se estiró, ora hacia atrás, ora hacia delante. La mujer le hizo gestos con los dedos al nivel del suelo mientras la llamaba con la boca, la gata observó a la mujer y se acercó reacia, pero al ver que ésta acercaba la mano para acariciarle el lomo, se dejó sin resistirse. No pasó mucho tiempo antes de que el animal se le frotara contra la pierna a la mujer.
—Supongo que ésta es Nebet ¿No? - Preguntó mientras acariciaba a la gata.
— Si, señora. Ella es Nebet. - Le dijo Isi mientras masticaba, antes de señalar a los gatos que jugaban en un rincón. - El inquieto es Hayt, la más astuta del grupo es Uadj, Mu es el que parece más tranquilo y el que está algo más apartado es Iab. - Fue señalando la chica, y aunque la mujer estaba concentrada en Nebet, miraba de costado a los cachorros.
— Se ven en buen estado, y Nebet es bastante cariñosa. - Le dijo la mujer antes de mirar a la gata, antes de tomar con cuidado una de las patas traseras, palpando un poco por debajo del pelaje. Isi conocía el lugar, era dónde estaba la herida que casi había matado a la gata. - Una buena cura, sin dudas.
— Profesora ¿No cree que es momento de presentarse? - Preguntó Mony en ese momento cruzándose de brazos.
— ¿Profesora? - Isi volteó desconcertada a ver a su hermano, antes de volver la vista en la mujer.
La mentada ahora tenía a Nebet sobre su regazo, ronroneando mientras la mujer le acariciaba el lomo antes de girar la cabeza y mirar a Isi a los ojos.
— Disculpe mi falta de modales, han pasado muchas cosas y suelo tomar prioridades. - Dijo la mujer antes de llevar la mano libre hasta su pecho, inclinando levemente la cabeza. - Soy Zenobia Palmirianis, profesora del noble colegio Hipateion.
Isi se quedó en un largo silencio tras escuchar aquello ¿Había dicho “Hipateion”? La joven se quedó observando a la mujer y luego volteó a Mony boquiabierta, buscando alguna señal de ironía, de que aquello fuera alguna especie de broma.
— Es cierto, la profesora Palmirianis vino desde Alejandría para verte. - Le dijo Mony ante la mirada de su hermana pequeña. La sorpresa y el desconcierto de la joven no iban más que en aumento.
Isi sabía lo que era el Hipateion, era la escuela de magia más prestigiosa y conocida de todo el Imperio Alejandrino. El colegio dónde entraban los más talentosos y salían los mejores en todo el imperio ¿Qué iba a querer una profesora de tal institución en Sais, buscando a una simple sacerdotisa? Giró la cabeza hacia la profesora, quién ahora estaba jugando con la gata moviendo delante de ella las cuentas turquesas que sobresalían de uno de sus brazaletes. Su mente iba tan rápido de una idea a otra que no lograba encontrar una respuesta coherente, y aún sin eso quizás no fuera capaz de explicárselo, y empezó a temer que fuera algo malo.
— ¿Qué la trae aquí, profesora Palmirianis? - Se atrevió a preguntar Isi, disimulando apenas sus nervios.
La profesora observó de reojo a la chica, mientras seguía agitando la otra mano para balancear las cuentas delante de la gata, concentrada en intentar atraparla con las patas. Finalmente la profesora tomó con cuidado a la gata y la sacó de su regazo, depositándola en el suelo delicadamente, para luego meter la mano en sus ropajes. Sacó de allí un cilindro blanco, con varillas doradas sobresaliendo de los laterales y cerrado con un sello de color azul, el cual Isi reconoció como el Ojo de Horus.
— Joven Nehados ¿Puede por favor leer ésto en voz alta para que lo escuche su hermana? - Dijo la mujer.
Mony se levantó de su asiento y pasó por el lado a Isi, tomando el pergamino. El muchacho, con una tranquilidad aparente y casi envidiable, quitó el sello del papiro y lo abrió, extendiendo el papel usando el pulgar. Isi notó que sus manos estaban temblando, lo que la llevó a agarrarse los muslos en un intento de controlarse, mientras observaba atentamente a su hermano.
— ”Desde el Despacho del Decanato, para la señora Astara Meritia, de Sais, provincia de Bajo Nilo”. - Comenzó a leer Mony, Isi se tensó aún más, Astara era su abuela. - “Ante todo se le ofrece un efusivo y respetuoso saludo desde la gloriosa capital imperial de Alejandría. Se espera que ésta carta llegue a la mayor brevedad posible y manifestamos nuestro deseo de que su lectura no le cause una impresión perniciosa. Sin ánimos de alargar más el asunto de forma innecesaria, se le comunica que vuestra nieta, la joven Isidora Nehados, ha sido admitida como estudiante regular para el próximo ciclo escolar cuyo inicio se dará la semana siguiente, por recomendación de la excelentísima profesora Zenobia Palmirianis, quién ha destacado la devoción y talento de la joven. La profesora Palmirianis ha manifestado su disposición de encargarse del transporte de la joven Isidora el quinceavo día del mes de septiembre. Esperamos con ansias la llegada de ésta nueva estudiante, será un honor para nosotros tenerla en el Hipateion. Firma: Decano Imhotes Petronius, excelentísimo rector del Hipateion.” - El muchacho dejó de recitar y miró por encima del papel para ver a Isi, quién ahora tenía los ojos como platos y la boca abierta.
Durante toda la lectura, Isi sintió que todo aquello era obra de un sueño. Incluso después de la lectura, pasó segundos pensando que el sueño la había atrapado por obra del agotamiento físico y mental, que una de las sacerdotisas mayores la iba a despertar a pellizcos para seguir limpiando. Pero tras un rato cayó en cuenta: No estaba soñando. Estaba perfectamente consciente. Todo ésto era real. La habían recomendado para el Hipateion.
Giró la cabeza y observó a la profesora, y aunque abría la boca varias veces, como si boqueara buscando aire, de su boca no salió sonido alguno. No fue hasta un rato que finalmente, de forma tímida, pudo formular una pregunta.
— ¿Por qué? - Fue lo que pudo salir de sus labios.
— Lo puse en la carta, jovencita. - Dijo la profesora mientras seguía con la vista a Nebet, la cual se fue andando hasta sus cachorros y empezó a pasarle la lengua a la cabeza de Hayt. - Porque tienes talento y creo que te iría mejor en el Hipateion.
— Se equivoca… no soy talentosa. - Le dijo la chica, bajando la vista. - Ni siquiera soy apta para ser sacerdotisa, mucho menos para ser maga imperial. Soy torpe, he insultado a la diosa madre profanando su espacio y sustrayendo sus ofrendas. No soy lo que usted busca, yo… no soy digna.
— Isi… - Murmuró Mony, como si fuera a tomar la palabra, pero en ese momento notó la mirada de la profesora Zenobia.
Su expresión había pasado de la calma a otra cosa, sus cejas se habían arrugado, haciendo que los párpados se bajaran y su mirada se volviera penetrante. No era molestia, o al menos no era hacia Isi. Se levantó y caminó dándole una vuelta a la silla dónde estaba Isi, parándose a su lado sin mirarla, aunque la cercanía asustó a la jovencita. La mirada de la mujer se dirigía a Nebet, quién ahora estaba acostada de lado mientras su camada tomaba el pecho.
— Dígame una cosa, señorita Nehados. - Dijo la mujer sin quitar la vista de la gata. - ¿Qué le pasó a Nebet en la pata?
— ¿Disculpe? - Preguntó confusa la muchacha mirando a la profesora y luego a dónde ella miraba.
— Noté algo al tacto, se sentían como rastros de una cicatriz o una herida en la pata. - Miró de soslayo a la muchacha. - Nebet estaba herida ¿Verdad?
— S-si, profesora. - Le confirmó dudosa Isi. - Tenía una herida en la pata y… estaba en mal estado, ya revoloteaban las moscas.
— ¿Y qué hiciste? - Preguntó la profesora.
— Intenté curarla… rogué a la diosa madre que me ayudara a sanarla, y la diosa me escuchó. - Le explicó la joven, recordando aquel día junto a las orillas del Nilo.
— E imagino que acabaste cansada después de eso. - La chica miró sorprendida a la profesora, como si se preguntase cómo lo sabía. La mujer siguió sin más. - ¿Y qué hiciste después?
— Me llevé a Nebet y a sus cachorros para resguardarlos en el templo. - Respondió Isi.
— ¿Por qué? - Preguntó la profesora Palmirianis.
— ¡No podía dejarlos allí! Nebet aún estaba débil y en esa orilla no estarían seguros. Había que ponerlos a salvo. - Le respondió de forma vehemente la muchacha.
Zenobia Palmirianis giró la cabeza de pronto, lo que hizo que Isi pegara un respingo. La mirada de la mujer, si bien no era hostil, era muy seria.
— Me estás diciendo que usaste un rezo complicado de memorizar y de alto riesgo para su ejecutante para curar una herida emponzoñada, pero te salió bien. Y quieres que crea que no tienes talento. - Dijo mientras giraba sus pies y alineaba su cuerpo hacia Isi. - Me estás diciendo que decidiste arriesgarte a un regaño en favor de unos seres vivos vulnerables, por meros principios. Y me quieres que crea que has insultado a tu diosa.
Hubo un silencio, uno que Isi intentó romper abriendo la boca, pero ninguna palabra salió a pesar que la profesora esperó a que la chica hablase. Al ver que no iba a hablar, la profesora prosiguió.
— La Suma Sacerdotisa Eirene me contó cosas de ti ¿Sabes qué me dijo? - Isi negó con la cabeza. - Me dijo literalmente “Isidora es una buena chica. Tiene los pies resbalosos, pero su corazón es noble. Es como una flor sin sol: con el potencial para ser algo hermoso, pero mustia por la falta de luz”.
— ¿Eso dijo la Suma Sacerdotisa? - Preguntó sorprendida Isi, abriendo ampliamente los ojos. Zenobia asintió.
— Y ahora que te veo, puedo ver lo que decía. - Señaló con el brazo hacia la camada de gatos. - Tienes el corazón, tienes la voluntad, y sobre todo tienes el potencial. Pero no podrás florecer nunca si te quedas tras las paredes de éste templo a merced de mujeres como Atem. - La mención de la sacerdotisa mayor hizo que Mony diera un respingo y casi protestara, pero la profesora continuó antes que éste pudiera hablar. - ¿Entonces, señorita Nehados? ¿Vas a seguir creyendo que no eres digna?
Isi se quedó en silencio, pensando en todo aquello que le decían. Toda su vida había vivido en Sais, era su hogar, en la casa de la abuela Astara junto a Mony. La diosa madre Isis sabía cuánto amaba a su abuela, y cuánto se había esforzado para ser una buena sacerdotisa, pero cada intento parecía que era saboteado por su propia torpeza, hasta el punto de pensar que no era digna y que nunca sería digna. Pero ahora la estaban invitando a ir a Alejandría, le decían que sí sería valiosa allí, aquello le parecía sumamente extraño e improbable, como que Jonsu se vistiera de verde. Pero ¿Y si resultaba ser cierto? ¿Tendría que arriesgarse a intentarlo?
— Mony… - Isi se giró para ver a su hermano. - ¿La abuela sabe de ésto?
— Pasamos por casa antes de venir aquí, la profesora le explicó. - Le dijo Mony, tras lo que la muchacha asintió.
— Aún así… no quisiera irme sin despedirme ¿Puedo? - Dijo Isi dirigiendo la mirada a la profesora, ésta notó la expresión suplicante que tenía esa mirada de la joven.
— Claro, pequeña. - Le dijo dedicándole una breve sonrisa, antes de subirse la capucha sobre la cabeza. - Te esperaré en el puerto del delta el quinceavo día, cuando Ra empiece ya haya aparecido por el este, partiremos a las diez horas del alba.
Los tres partieron del templo poco después, una vez que estuvieron cerca de los límites de Sais, la profesora se separó de los hermanos y siguió su camino hacia la ciudad, mientras que éstos se dirigieron hasta la zona del extrarradio dónde se encontraba la casa, una humilde construcción de adobe curado de bordes redondeados. Mientras se acercaban a la puerta, Isi observó a su hermano.
— ¿Cómo se ha tomado la abuela la noticia? - Preguntó la joven, un poco dudosa.
— Es mejor que lo veas tú misma… - Le dijo el chico en un tono que no ayudó a tranquilizar a su hermana.
Mony abrió la puerta, una simple pieza hecha de madera de higuera, y dejó espacio para que Isi entrase. Ésta dudó un momento antes de atravesar el arco con la cabeza baja, mirando a los alrededores buscando a la abuela.
— Abuela, estoy en casa. - Dijo en voz baja, como si temiera que la mujer le escuchase.
—¿Isi? - La voz de la mujer se escuchó detrás de una pared, antes de que una cabeza de grises cabellos se asomara para ver a la chica. - ¡Oh, Isi! ¡Mi lucero brillante! ¡Espera ahí! - Se escuchó cómo soltaba algo de las manos y se limpiaba con el faldón del vestido antes de salir completamente de detrás de la pared para ir directa a su nieta.
La abuela Astara era una mujer menuda, más baja incluso que Isi, ataviada con un vestido marrón sencillo de lino, de ojos verdes grisáceos y su cabello de un color metálico por las canas. Aún así, la velocidad con la que llegó hasta su nieta contradecía su edad y su aspecto frágil, y desplegó una fuerza absurda para tomar las mejillas de su nieta para llenarle el rostro de besos, para luego darle un fuerte abrazo que hizo tronar la espalda de la jovencita. La muchacha se encontraba totalmente desubicada.
— ¡Llegan justo a tiempo, mis pequeños! ¡Justo estaba terminando de preparar el koshari para los tres! - Dijo la mujer soltando a Isi para luego darle uno de esos abrazos tronaespaldas a Mony, el muchacho le dio unas palmaditas en la cabeza mientras disimulaba una mueca de dolor. - ¡Vamos, mis niños! ¡Que el koshari se va a enfriar! - Dijo la mujer haciéndoles señas mientras empezaba a andar a zancadas.
Pronto los chicos llegaron a la cocina y vieron lo que tenía la abuela preparado. En la mesa había servidos tres grandes platos de barro repletos de koshari, con un pequeño recipiente de arcilla cocida con crema de garbanzos y vasos de cerámica hasta arriba de zumo de tamarindo. Aquella visión fue suficiente para que el estómago de Isi rugiera.
— ¿Tenías hambre, mi pequeña? - Le preguntó la mujer sonriente, haciendo gestos amplios. - ¡No se queden parados como si fueran un par de ibis y coman! ¡Que ésto es una ocasión especial! - La mujer tomó asiento. - Al fin y al cabo es una ocasión especial. Supongo que ya hablaste con esa profesora tan amigable, la de Alejandría. - La mujer empezó a chasquear un dedo mientras intentaba recordar.
— ¿La profesora Palmirianis? - Preguntó Isi.
— ¡Esa misma! - Dijo señalando en dirección a la muchacha. - Estoy muy contenta, verdaderamente contenta ¡Para no estarlo! ¡El pequeño Mony va a ser ungido en Djed y mi niña Isi se va al Hipateion de Alejandría! ¡Me están haciendo la abuela más feliz del mundo!
— Abuela, creo que retrasaré mi ungimiento en Djed. Si me consagro al templo, no podré abandonar el templo y te dejaría sola. - Intervino Mony mientras tomaba asiento.
— ¡No seas zonzo, Mony! ¡Ni que fuera incapaz de valerme por mí misma! - Le dijo la mujer restando importancia con un gesto de la mano. - Si te parece, me mudaré a Djed para que me tengas cerca. Pero ni de broma se te ocurra perder ese ungimiento, muchacho.
— Abuela… ¿Crees en serio que es buena idea que me vaya a Alejandría? - Preguntó Isi, un poco nerviosa.
La mujer miró a su nieta, y le dedicó una sonrisa. Era una sonrisa cansada, propia de una anciana, pero había una calidez en los ojos que hizo que la joven se relajara un poco.
— Ven aquí, pequeña. - Isi se le acercó, tras lo cual la mujer le tomó las manos y las apretó suavemente. - Mi niña, mi lucero brillante, déjame decirte algo. Sais es una ciudad hermosa, llevo viviendo aquí muchos años ¡Isis sabe cuántos años llevo aquí! Pero al igual que yo, ésta ciudad es muy vieja. Y lo viejo suele ahogar a lo nuevo tarde o temprano.
— Tú nunca me has ahogado, abuela. Yo siempre te he apreciado. - Intervino de pronto Isi, algo que hizo que la sonrisa de la abuela se ampliara.
— ¡Tan dulce mi niña! ¡De verdad que eres como un lucero brillante! - Le dijo antes de besarle uno de sus nudillos, antes de proseguir. - A lo que voy es que ahora eres un lucero, pero el lucero solamente brilla poco y hasta cierto punto. En Alejandría tendrás la posibilidad de ser más, de ser un farol que ilumine a todos, y cuando te des cuenta te convertirás en una mujer increíble, como lo fue tu madre.
Al decir eso último, los ojos de la mujer se humedecieron. Ésta se pasó el dorso para secarse las lágrimas que empezaban a salir. Mony apartó la vista al ver las lágrimas de su abuela. El tema de la madre de Isi era un tema del que no se hablaba mucho, pero que las pocas menciones daba cuenta de lo doloroso que era.
— Prométeme, mi lucero brillante… prométeme que brillarás. - Le pidió la mujer, con la voz algo rota.
— Lo prometo, abuela. - Le dijo, antes de rodear a la anciana con los brazos, sobándole la espalda para reconfortarla.
Así se quedaron un momento en silencio, abrazándose abuela y nieta por un rato, hasta que finalmente la mujer separó delicadamente a ambas y miró a Isi a los ojos.
— Buena niña. - Le dijo la anciana susurrando, acariciando el cabello a la chica, antes de volver a la sonrisa de hacía un momento. - ¡Bueno, no es momento de llorar! ¡Siéntate y come, que se te enfriará el koshari y con bastante amor lo cociné!
Isi sonrió ante aquello, y se sentó a comer junto a su hermano y a su abuela.
Thoughts
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PermalinkEl título prometía fe y dignidad, y la dignidad se la terminan devolviendo una gata con la pata curada y un plato de koshari, che.
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PermalinkZenobia me cayó re bien desde que se ganó a Nebet antes que a nadie en ese templo. Y lo de que no le gustan los que se creen faraones, mirá, eso iba con nombre y apellido para Atem.
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PermalinkLucero que tiene que volverse farol, chamo, y la abuela se llama Astara, que suena a astro. Ahí hay juego escondido.
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PermalinkOtra novela por entregas de Capítulo a capítulo, con apellidos que pesan y jerarquías que se tambalean: LA CASA DE LOS QUE LO TENÍAN TODO. Vale seguirla junto a esta.
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PermalinkPara mí este capítulo es de la abuela Astara, con el abrazo que le truena la espalda y ese llanto al nombrar a la madre. Mi apuesta es que la madre de Isi también se fue de Sais a Alejandría, y que la promesa de brillar le pide a la nieta lo que la hija no alcanzó.
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