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Capítulo 37: en camino a buscar a la reina

DNavarrete
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No tardó mucho en aparecer una figura entre la espesura. Aoi levantó la vista y sonrió:

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No tardó mucho en aparecer una figura entre la espesura. Aoi levantó la vista y sonrió:

 

—Llegó.

 

Fern solo movió una oreja al reconocer su olor; Lyn descendió planeando hasta posarse en una rama baja, y Regulus alzó la cabeza desde su roca. Los arbustos se apartaron y Kyouka salió al claro: llevaba la armadura cubierta de polvo, hojas enredadas en el cabello y el rostro serio, que se relajó al verlo ileso.

 

—Menos mal… pensé que ya estarías peleando contra esa Esfinge.

 

—Todavía no —respondió él con calma.

 

Kyouka dio unos pasos más y empezó a recorrer el campamento con la mirada: Fern, Lyn, Regulus… todo parecía estar en su sitio. Entonces Puddle alzó un pequeño tentáculo para saludar.

 

—¡Puu!

 

—Hola, Puddle —dijo ella por costumbre.

 

Pero justo en ese momento, algo enorme pasó detrás de Aoi: cruj… cruj… cruj…. Kyouka giró despacio la cabeza. Un árbol entero, con raíces que funcionaban como piernas, caminaba tranquilamente por el campamento. Parpadeó una, dos veces.

 

—Aoi…

 

—¿Sí?

 

—¿Ese… ese árbol… está caminando?

 

—Sí.

 

Antes de que pudiera asimilarlo, una enorme columna de agua se alzó en el lago: ¡SPLAAASH!. Kyouka dio un pequeño salto del susto y vio al gigantesco Gusano de Pantano revolcándose feliz, levantando olas y soltando sonidos profundos de satisfacción. Puddle incluso rebotó encima de una de ellas.

 

—¡Puuu!

 

Kyouka se quedó rígida. La mirada iba del gusano al árbol, del árbol al gusano… hasta que se posó en la figura sentada junto a Aoi: alta, con escamas oscuras, cuernos elegantes, una larga cola y una lanza apoyada a su lado. Zeriska inclinó levemente la cabeza.

 

—Mucho gusto.

 

Kyouka volvió a mirar el árbol, luego al gusano, luego a Aoi… y explotó:

 

—¡¡¡AOI!!!

 

Él dio un respingo.

 

—¿Sí?

 

—¡¡EXPLÍCAME POR QUÉ HAY MÁS MONSTRUOS A TU ALREDEDOR!! ¡VINE A AYUDARTE CON UNA DRACÓNIDA, NO UN ÁRBOL CAMINANDO! —señaló el lago— ¡Y MUCHO MENOS UN GUSANO DE PANTANO BAÑÁNDOSE COMO SI FUERA UN PERRITO GIGANTE!

 

El gusano levantó la cabeza un instante, la miró… y volvió a lanzarse al agua con otro chapoteo estruendoso. Kyouka se llevó una mano a la frente.

 

—No… ya no entiendo nada…

 

—Puedo explicarlo —dijo Aoi, algo apenado—. Necesitaba atravesar el bosque sin perderme. Él siente todo lo que ocurre bajo tierra: árboles, raíces, monstruos. Así que hicimos un contrato temporal. Y el árbol… bueno, ya caminaba por aquí. Me pareció más cómodo viajar encima que caminar todo el día.

 

Kyouka lo miró, luego miró al árbol, suspiró profundamente y dijo con resignación:

 

—Lo que más me preocupa es que tenga sentido.

 

—¿Ves? —sonrió él.

 

—¡¡Y ESO ES LO QUE ME PREOCUPA!!

 

Zeriska lo miró con curiosidad:

 

—¿Ella siempre es así?

 

—Solo cuando hago algo que considera imposible —respondió Aoi con una media sonrisa.

 

—¡Porque contigo "imposible" es el estado normal de las cosas! —replicó Kyouka sin dudar.

 

Un silencio breve llenó el claro… hasta que Puddle soltó su alegre: ¡Puuu!. Incluso Zeriska terminó soltando una pequeña risa, mientras Kyouka negaba con la cabeza. Había venido preparada para investigar un misterio… pero nada la había preparado para descubrir que Aoi había convertido el lugar más caótico del juego en su propio y extraño hogar.

 

Kyouka soltó un suspiro largo y profundo, aceptando por fin que intentar entender cómo Aoi conseguía todo aquello era una batalla perdida de antemano. Se dejó caer en una de las sillas plegables:

 

—Está bien… ya no voy a preguntar cómo has llegado hasta aquí.

 

Aoi sonrió aliviado:

 

—Gracias.

 

—No te emociones —añadió ella de inmediato—, solo he decidido rendirme.

 

Y apenas terminó de decirlo, volvió a levantar la vista y tuvo que contenerse para no volver a reaccionar igual. Aoi bebía tranquilamente de una taza de té caliente… apoyando la espalda sobre el enorme cuerpo enrollado del Gusano de Pantano, que soltaba un sonido grave y relajado, encantado de servirle de respaldo.

 

Pero quien no estaba nada contenta era Fern. El lobo plateado daba vueltas alrededor del gusano soltando pequeños gruñidos de advertencia.

 

—Grrrr…

 

El gusano respondía con un murmullo profundo.

 

—Grrrrmmm…

 

Fern volvió a gruñir. El gusano no se movió ni un milímetro. Finalmente, la Fenrir se acercó a Aoi, apoyó la cabeza sobre su pierna y miró al gusano con evidente molestia.

 

—Fern… no te pongas celoso —dijo él con una risa suave.

 

El lobo apartó la mirada con total dignidad, como si aquella acusación fuera completamente infundada.

 

Kyouka se llevó una mano a la frente:

 

—Está discutiendo… con un gusano…

 

Mientras tanto, el árbol viviente extendía sus ramas cubriendo todo el claro con una sombra fresca; Lyn dormía plácidamente sobre el lomo del gusano; Regulus descansaba al lado derecho de Aoi; y Puddle dormitaba sobre su pierna izquierda, meciéndose suavemente con cada respiración. Y él seguía bebiendo té como si fuera la escena más normal del mundo.

 

Zeriska lo observó unos instantes y luego miró a Kyouka:

 

—¿Es… común verlo rodeado de esta forma?

 

Kyouka negó lentamente:

 

—No. Hoy se ha salido de cualquier estadística que hubiera podido imaginar.

 

—¿Tan raro es? —preguntó Aoi.

 

—¡Claro que sí! —lo señaló ella—. Tienes una Fenrir, un dragón, un ave, un slime, un gusano que te hace de almohada, un árbol que te da sombra y una dracónida sentada a tu lado. Creo que ni los propios desarrolladores esperaban ver algo así.

 

Incluso Zeriska soltó una pequeña risa, y la tensión que había cargado sobre ella durante días pareció aflojarse un poco.

 

Kyouka carraspeó y recuperó la seriedad, sacando una pequeña tableta:

 

—Bien… volvamos a lo importante. Mientras venía revisé toda la información posible sobre las Esfinges. Son exclusivas del décimo piso: hábitat, nivel, habilidades… todo coincide. No hay ni un solo registro de que aparezcan en otro lugar.

 

Aoi cruzó los brazos:

 

—Entonces… ¿cómo llegó aquí?

 

—Tengo una teoría —dijo ella, apoyando el codo sobre la mesa—. Creo que encontró un pasadizo natural entre pisos. Son muy raros, pero existen: grietas o túneles que suelen derrumbarse con el tiempo. Si lleva aquí tanto tiempo como dice Zeriska, ha alterado todo el ecosistema: los árboles se mueven para confundirla, las bestias cambian sus costumbres…

 

Hizo una pausa y miró a ambos con atención:

 

—Pero hay algo clave: si el paso siguiera abierto, no habría venido solo ella. Habrían llegado más esfinges u otras criaturas del décimo piso. Y no ha ocurrido.

 

Aoi asintió:

 

—Así que lo más probable es que cruzara por casualidad y el pasadizo se derrumbara detrás de ella.

 

—Exacto —confirmó Kyouka cerrando la tableta—. Está atrapada. En su lugar natural tendría competencia, pero aquí… se ha convertido en la reina absoluta sin nadie que la frene.

 

Un silencio breve llenó el claro, roto solo por el chapoteo suave del agua y el crujir de la leña. Aoi apoyó ambas manos sobre la mesa y miró a sus compañeros:

 

—Entonces no solo salvamos a tu pueblo, Zeriska. También estamos devolviendo el equilibrio a todo el tercer piso.

 

Kyouka asintió con firmeza:

 

—Por eso esta misión cambia el mapa para siempre. Si ella desaparece, el bosque dejará de defenderse y volverá a ser lo que era.

 

Zeriska cerró los ojos un instante. Por primera vez desde que todo empezó, no solo había miedo ni desesperación: había una explicación, un plan… y gente dispuesta a luchar junto a ellos.

 

El silencio volvió a rodear la fogata, solo roto por el suave chapoteo del agua y el crujir de la leña. Kyouka fue la primera en alzar la voz:

 

—Si mi teoría es cierta, ya sabemos cuál es el primer paso.

 

Aoi la miró con atención:

 

—¿Qué propones?

 

—Encontrar a tu gente —dijo mirando a Zeriska—. Si la Esfinge te persigue a ti, te persigue a todos. Si damos con la colonia, daremos con ella, sabes donde podrían estar?

 

Zeriska asintió despacio; sus ojos reflejaban cuánto deseaba volver a verlos. Pero al preguntarle Kyouka hacia dónde pudieron ir, ella bajó la mirada con tristeza:

 

—No lo sé… Cuando me ofrecí para distraerla, solo pensé en alejarla lo más posible. Corrí sin rumbo hasta llegar aquí. No sé dónde se han refugiado.

 

Kyouka suspiró, dispuesta a organizar una búsqueda a ciegas… hasta que Aoi habló con calma:

 

—No hace falta buscar desde cero. Ya los hemos encontrado.

 

Las dos se giraron al mismo tiempo hacia él.

 

—¿¿Qué?? —exclamó Kyouka.

 

—¿A mi pueblo? —preguntó Zeriska, poniéndose de pie de golpe.

 

Aoi negó suavemente y señaló al enorme Gusano de Pantano, que descansaba felizmente tras ella:

 

—Él los ha encontrado.

 

La criatura levantó la cabeza al sentirse observada, soltó un sonido grave y volvió a acomodarse con tranquilidad.

 

—Explícate —pidió Kyouka.

 

—Mientras esperábamos, él siguió el cauce del río —empezó a decir Aoi—. Las vibraciones viajan mucho más lejos y nítidas por el agua que por la tierra. Hace un rato sintió actividad a unos tres kilómetros río arriba. Y lo más importante: reconoció tu patrón de movimiento.

 

Zeriska lo miró sin entender del todo:

 

—¿Mi patrón?

 

—Cada ser emite vibraciones únicas al caminar, respirar o moverse —explicó él—. Él ya tiene registradas las tuyas. Y esas otras… son casi idénticas.

 

Kyouka abrió los ojos de par en par al comprenderlo todo:

 

—¡Así que es muy probable que sean dracónidos!

 

—No podemos asegurarlo al cien por ciento —aclaró Aoi—, pero es la mejor pista que podríamos tener.

 

Zeriska se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba con fuerza. Después de tantos días de desesperanza, una pequeña llama de esperanza volvió a encenderse en su mirada.

 

—Tres kilómetros es nada —dijo Kyouka desplegando el mapa—. Si seguimos el río, llegaremos mucho antes de que caiga la noche.

 

El plan ya estaba trazado. Y por primera vez, no caminaban a ciegas: el bosque, que siempre había sido un enemigo, ahora les mostraba el camino gracias a su aliado más inesperado.

 

El sol brillaba con fuerza cuando el grupo retomó el camino. El enorme Gusano de Pantano se deslizaba río arriba con una agilidad sorprendente, asomando apenas parte de su cuerpo antes de volver a sumergirse, guiándose solo por las vibraciones que recorrían el agua. A su mismo ritmo avanzaba el árbol viviente: sus raíces se clavaban en el lecho rocoso, sorteaban troncos y desniveles sin detenerse, como si el terreno difícil no fuera más que un pequeño detalle. Sobre su plataforma natural viajaban Aoi, Kyouka y Zeriska; Fern caminaba atenta a su lado, Lyn sobrevolaba la corriente y Regulus alternaba el vuelo con las ramas altas. Puddle descansaba tranquilo sobre el hombro de Aoi.

 

Durante un buen rato solo se escuchó el murmullo del agua. Hasta que Zeriska habló con voz suave:

 

—Quería… agradecerles de verdad. No tenían ninguna obligación de ayudar a mi pueblo.

 

Kyouka sonrió con calma:

 

—No tienes por qué hacerlo. A nosotros también nos importa. Si la Esfinge desaparece, el bosque recuperará su forma, dejará de ser un laberinto para todos y el equilibrio volverá a este piso. Salvar a tu gente es salvar también este lugar.

 

Zeriska miró entonces a Aoi, que se rascó la mejilla con sencillez:

 

—Y yo… ya estaba decidido desde el principio. Así que no hay nada que agradecer.

 

Una pequeña sonrisa sincera apareció en los labios de la dracónida. Pero apenas unos minutos después, Aoi se tensó de golpe y se puso de pie sobre las raíces. Su mirada se volvió fija y atenta, conectando con cada sensación que le llegaba a través del Gusano.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Kyouka al instante.

 

Aoi cerró los ojos un segundo, procesando todas las señales: muchas vibraciones pequeñas y familiares… y una que pesaba demasiado, que avanzaba con paso firme y devastador.

 

—Algo enorme se acerca a la colonia —dijo abriendo los ojos con seriedad—. Muy enorme.

 

Zeriska sintió cómo se le helaba la sangre. Kyouka apenas tuvo que pensarlo:

 

—Es ella… la Esfinge.

 

Sin perder un segundo, Aoi saltó del árbol y cayó justo sobre el lomo del Gusano cuando este emergió junto a la orilla. Fern, Lyn y Regulus reaccionaron al unísono; incluso Puddle se aferró con más fuerza.

 

—Quédense en el árbol —ordenó Aoi mirando a Kyouka—. Voy a adelantarme. Si no puedo detenerla, al menos intentaré retrasarla lo suficiente para que puedan huir.

 

El Gusano comenzó a moverse con gran velocidad, pero antes de alejarse del todo, una figura saltó detrás de él: Zeriska se mantenía firme sobre su espalda, con la lanza en la mano y la mirada llena de determinación.

 

—No voy a quedarme esperando —dijo sin dudar—. Yo los traje hasta aquí. Lucharé junto a ti.

 

Aoi la miró un instante y luego asintió con una sonrisa firme:

 

—Entonces vamos. Vamos a protegerlos.

 

El Gusano aceleró aún más surcando la corriente, mientras todos avanzaban hacia el encuentro inevitable: delante, la amenaza que había destruido la paz de su hogar; detrás, el único grupo que se había detenido para escuchar y ayudar.

 

A unos tres kilómetros río arriba, oculta entre la espesura y protegida por enormes paredes de roca, permanecía lo que quedaba de la colonia dracónida. Las construcciones de piedra y madera lucían profundas marcas de garras; muchas estaban derruidas, otras apenas se sostenían con refuerzos improvisados. En el centro, los heridos eran atendidos con escasos recursos; los niños se aferraban a sus familias, y en todos los rostros solo se veía agotamiento y miedo.

 

Al frente de todos se alzaba la Reina: más de dos metros y medio de estatura, escamas negras con reflejos azulados, dos cuernos que formaban una corona natural y una lanza casi tan alta como ella misma. Su voz, firme y serena, marcaba el destino de los últimos supervivientes:

 

—Los heridos primero. Los niños en el centro. Los guerreros cubrirán la retaguardia.

 

Todos sabían que no podían vencer. Solo esperaban ganar unos minutos más.

 

Entonces un explorador bajó apresuradamente de las ramas:

 

—¡Majestad! Ya viene.

 

La Reina apretó su lanza hasta que los nudillos se pusieron blancos:

 

—¡Posiciones!

 

Los árboles comenzaron a apartarse por sí mismos. Las aves huyeron en bandadas despavoridas. Y entre la vegetación apareció la Esfinge: cuerpo de león colosal, piel dura como la roca, y un rostro humano de belleza inquietante que sonreía con satisfacción.

 

—Qué amable —dijo con voz suave y elegante—. Reunidos todos en un solo lugar. Así la cacería será mucho más entretenida.

 

La Reina dio un paso al frente:

 

—¡Protejan la retirada!

 

La Esfinge flexionó sus patas traseras y desapareció en un parpadeo. El suelo estalló donde había estado, pero antes de que pudiera alcanzar a los primeros guerreros...

 

¡¡BOOOOOOOM!!

 

La tierra se abrió violentamente. El enorme Gusano de Pantano emergió de golpe, rodeó con su cuerpo el cuello de la bestia y la lanzó con fuerza devastadora contra las rocas. Varios árboles cayeron al paso de la Esfinge, pero esta se sacudió como si nada hubiera pasado, solo ligeramente molesta.

 

Antes de que pudiera reaccionar, una sombra plateada cruzó el aire: el macho Fern mordió con fuerza su costado, obligándola a girar. Un zarpazo furioso golpeó el vacío cuando él ya se había apartado. Desde lo alto, Lyn descendió envuelta en viento, cortando su rostro con sus cuchillas; al instante siguiente, Regulus escupió una columna de fuego directa hacia ella.

 

Por primera vez, la Esfinge retrocedió. No herida, sino sorprendida.

 

Los dracónidos no daban crédito a lo que veían:

 

—¿Qué ocurre? ¿Quién guía a estas bestias?

 

Una voz conocida rompió el asombro:

 

—¡¡Majestad!!

 

Todos giraron. Zeriska corría hacia ellos, con la armadura maltrecha pero la mirada viva.

 

—¡Zeriska! —exclamó la Reina, con los ojos muy abiertos—. ¿Estás viva?

 

—¡No hay tiempo! —jadeó ella—. ¡Aprovechen esta oportunidad y sigan con la evacuación! ¡Todo se los explicaré después!

 

La Reina volvió la vista hacia el campo de batalla y entonces la vio: sobre el lomo del gusano, Aoi permanecía erguida, con su apariencia delicada y su cabello plateado brillando bajo el sol. Un silbido hizo que el lobo cambiara de rumbo; un gesto hizo que Lyn ascendiera; una señal hizo que Regulus atacara de nuevo. Incluso la criatura más gigantesca obedecía sin dudar.

 

Nadie comprendía aún quién era ella. Pero todos veían una cosa con total claridad: aquellas bestias no estaban luchando solas. Formaban un equipo. Y todas seguían a esa joven como si ella fuera su líder.

 

La batalla estalló con una violencia que hizo temblar hasta las raíces más profundas del bosque. La Esfinge rugió con una furia capaz de helar la sangre; esa sonrisa burlona había desaparecido por completo. Alguien se atrevía a interrumpir su juego, y pagaría por ello con creces.

 

El Gusano de Pantano surgió de la tierra como una montaña viva. Aunque su nivel era muy inferior, su masa colosal era la única capaz de chocar contra la Esfinge sin ser aplastada al instante. Cada impacto hacía estallar el suelo, levantando nubes de polvo y rocas. La bestia del décimo piso golpeaba con tanta fuerza que los dientes del gusano crujían bajo sus garras, pero él no retrocedía ni un centímetro, resistiendo cada embestida como un muro vivo.

 

—¡Fern! —ordenó Aoi.

 

El Fenrir macho se convirtió en un destello plateado. No buscaba igualar su fuerza bruta: su misión era ser una sombra incesante que no dejaba respirar. Cuando la Esfinge se concentraba en el gusano, él aparecía a sus flancos: mordidas profundas en las patas traseras, zarpazos que rasgaban su costado, y desaparecía antes de que la garra letal pudiera alcanzarlo. La Esfinge rugía de rabia, golpeando el vacío una y otra vez, mientras el lobo la obligaba a girar hasta perder el equilibrio.

 

—¡Lyn!

 

Desde lo más alto, el ave descendió envuelta en un huracán de viento. Sus plumas afiladas como cuchillas llovieron sobre el rostro de la Esfinge, obligándola a cubrirse los ojos, a parpadear, a perder la precisión de sus ataques. Cada bajada era un corte rápido y mortal, un aguijón que mantenía al gigante a la defensiva.

 

—¡Regulus!

 

El pequeño wyvern no dejó de escupir llamas ni un segundo. Aunque su fuego no quemaba su piel endurecida, envolvía a la bestia en un muro de calor que la cegaba y la empujaba hacia atrás. Cada columna de fuego era una advertencia: no tienes camino libre.

 

Y entonces Zeriska. Con la lanza en la mano y la determinación grabada en cada escama, se colocó donde nadie más podía llegar. Cuando la garra de la Esfinge bajó con fuerza devastadora hacia Fern, ella la desvió con un estruendo de metal contra piedra. Cuando la cola acorazada azotó hacia el Gusano, la detuvo con el astil de su arma, haciendo crujir sus propios brazos. No luchaba como alguien que ya aceptó su muerte: luchaba como quien ha encontrado una razón para seguir en pie. Cada movimiento suyo protegía a sus nuevos aliados, devolviéndoles el tiempo que su pueblo necesitaba.

 

Aoi, firme sobre el lomo del gusano, guiaba cada movimiento como si dirigiera una tormenta:

 

—¡Gira a la izquierda! ¡Fern, manténla ocupada! ¡Lyn, apunta a los ojos! ¡Regulus, quema el suelo a sus pies!

 

La Esfinge golpeó el suelo con tal fuerza que todos salieron despedidos un instante. Su voz retumbó como un trueno:

 

—¡INSULTOS! ¡NO MERECEN NI SIQUIERA MORIR A MIS MANOS!

 

Se preparó para un salto que habría aplastado a todos al mismo tiempo… pero entonces, desde el borde del claro, una voz cortó el aire:

 

—¡AHORA!

 

Kyouka había llegado. Y con ella, el árbol viviente.

 

De la tierra brotaron decenas de raíces gruesas como troncos, que se enroscaron alrededor de las patas, el torso y la cola de la Esfinge antes de que pudiera moverse. La bestia rugió y tiró con una fuerza descomunal, arrancando rocas del suelo… pero el árbol, aliado con el Gusano, la mantuvo sujeta ese instante crucial.

 

—¡TODOS JUNTOS! —gritó Aoi.

 

El Gusano cerró sus mandíbulas con fuerza sobre el cuello de la criatura y la lanzó hacia arriba con un movimiento violento.

 

—¡FERN!

 

El lobo soltó un rugido capaz de derribar ramas, una onda de choque que golpeó el aire justo cuando la Esfinge quedaba suspendida sin apoyo.

 

—¡LYN!

 

Una ráfaga de viento cortante la empujó con fuerza hacia atrás.

 

—¡REGULUS!

 

Una llamarada enorme envolvió su cuerpo, impulsándola aún más lejos.

 

—¡ZERISKA!

 

La dracónida aprovechó el último instante en que pasó cerca de ella para clavar su lanza con todas sus fuerzas, marcando su piel por primera vez, antes de que la fuerza combinada lanzara a la bestia lejos, muy lejos, atravesando la espesura hasta desaparecer entre los árboles con un estruendo sordo.

 

El silencio volvió de golpe, roto solo por las respiraciones entrecortadas. Nadie bajó la guardia. Aoi miró hacia donde había desaparecido:

 

—No la derrotamos. Solo la alejamos. Es una bestia del décimo piso… y esto no ha hecho más que empezar.

 

Zeriska miró hacia el sendero por el que su pueblo había huido. Sus manos temblaban, pero no por miedo:

 

—Pero ahora… ya no están aquí. Hemos ganado lo que necesitábamos.

 

La Esfinge volvería. Nadie lo dudaba. Pero cuando lo hiciera, no encontraría a quienes quería destruir. Y se encontraría con algo que nunca esperó: un bosque entero, y una familia de aliados dispuestos a luchar hasta el final.

Thoughts

  • gmedina33

    Puddle en la ola 😂

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  • novelaacuestas

    ¡Aupa! Desde lo de la playa no veía a Aoi tan a gusto, tomando té apoyado en el gusano como en el sofá de casa. Y la Esfinge solo apartada, así que esto da para varios capítulos más.

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