A los quince años debería llover fuerte,
truenos que rompen el silencio de la infancia,
vientos que se llevan lo que ya no sirve,
un cielo que grita lo que yo no puedo.
Pero adentro de mí no hay tormenta,
ni siquiera una llovizna tímida,
solo un cielo gris y quieto,
que no promete nada, ni bueno ni malo.
Yo, que siempre defendí la lluvia,
que dije que las nubes también son hermosas,
que un trueno merece ser libre
igual que el sol merece brillar,
ahora soy la que cerró su propia ventana.
No por miedo a que algo se moje,
sino porque ya ni el agua
logra encontrar mi piel debajo de tanto vidrio.
Miro los días caer, uno tras otro,
como gotas que resbalan sin prisa,
y no sé distinguir si es lluvia
o si es que ya no me queda cristal donde el mundo se refleje.
Antes lloraba con la lluvia,
me dolía con el trueno, reía con el sol,
ahora todo golpea igual de suave,
como si mi ventana ya no tuviera oídos.
Quisiera que un rayo partiera este silencio,
que un viento fuerte me recordara que aún respiro,
que las plantas que se beben la tormenta
me enseñaran a beberme algo, lo que sea, otra vez.
Porque no es que no quiera sentir la vida,
es que la vida golpea y golpea,
y detrás de este vidrio empañado
ya ni siquiera sé si sigo esperando que llueva.
AT: Insomnia no duerme, solo escribe.