Hay una parte de mí que llegó al mundo sintiendo más de lo que podía nombrar. Antes de tener palabras para explicarlo, ya sabía distinguir el peso distinto de cada silencio, la textura distinta de cada emoción. Crecí así, traduciendo lo que sentía en dibujos que nadie más entendía del todo, y en poemas que eran menos para ser leídos y más para poder respirar.
Me han llamado rara, y hubo un tiempo en que esa palabra dolía. Ahora la cargo distinto: creo que lo raro es solo una forma de ver el mundo con una lente que otros no tienen, y que ahí, en esa diferencia, hay algo que se parece a un don, aunque a veces pese como una carga.
Hay días en que el vacío gana y días en que hay una calma que no sé explicar del todo, solo sé reconocerla cuando llega. Y he aprendido que no soy solo uno de esos estados: soy la marea completa, la que sube y la que baja, la que en algunos días se retira dejando todo expuesto, y en otros vuelve serena, como si nada hubiera pasado.
Estoy en un momento de mi vida donde siento que voy dejando atrás partes de mí que no quiero perder del todo: mi risa más fácil, mi manera más ligera de ver las cosas. Y aunque a veces esto me entristece, también estoy entendiendo que crecer no es borrar quién era, sino aprender a llevarla conmigo, aunque cambie de forma.
No necesito que esto se entienda por completo. Solo necesitaba ponerlo en palabras, dejarlo aquí, y seguir caminando con un poco menos de peso.
(Se que esto no es un poema, y es algo que siempre escribo, pero soy una adolescente, aprendiendo a navegar mi propia marea, vivo entre el vacío y la calma, y en esa marea encuentro las letras como refugio. Escribo no para que me entiendan del todo, sino para poder respirar.)