Un refugio también puede ser frágil, no solo por susurros que te incitan a fallar, sino por la penumbra de un amor que no se halla en cualquier lugar.
Un amor que es nuestra propia añoranza, que solo vive por gotas de esperanza; una pequeña ilusión que se vuelve grieta en el corazón.
Y al no hallarlo, nos asomamos al abismo, a una inseguridad que tiembla adentro, y nos regresa a la realidad.
Y aunque el refugio ya no tiemble, queda el frío de haber sabido que podía caer; aprendemos a habitar la grieta, no a cerrarla, sino a que sea parte de lo que somos.
Una realidad que nos toca habitar: no nos queda más que orbitar.
¿Pero cómo orbitar en la nostalgia de un amor?
Solo la gravedad lo sabe.
Donde la realidad y la inercia nos sostienen ante el desamor.
AT:Insomnia no duerme, solo escribe.