Ya sabía el final.
En una mente calculadora como la de clementine, no había vuelta atrás cada vez que la chica tomaba la impulsiva y necia decisión de volver a tener una relación.
Llantos y gritos silenciosos, porque en este caso dolía más la indiferencia que la atención misma; aunque ésta le dañaba, le hacía sentir sucia.
Clementine reconocía ese perfume ajeno que sentía cada vez que le abrazaba al llegar, no era suyo ni de él. Reconocía esos abrazos por compromiso, esos besos por obligación y esos “te amo” discursivos. No había nada aquí honesto, más ya no podía salir.
No había vuelta atrás.
Le había obsequiado su corazón en una manta de seda a alguien que lo trataba como si nada, con indeferencia aberrante y mórbida.
—¿Podrías quedarte esta noche conmigo?— Susurró. Mientras veía como el suspiraba, y clementine sabía que ambas respuestas le dolerían.
—Sí.—
Frustrado. Clémentine intentó sonreír, pero sentía su corazón roto a medida que el chico le abrazaba. No tenía escapatoria, solo quedaba esperar hasta lo peor.