YUSMARY
Pelirroja como el sol que arde,
asi nacio la última flor de la union de sus padres,
creció con el aroma de vacas y el monte,
con el canto del gallo rompiendo madrugadas.
Sus ojos, espejos de cielos abiertos,
su risa, brisa que mece las hojas verdes,
vena viva de la tierra y la cosecha,
alma tallada en barro, viento y esperanza.
A la sombra tierna de un verano fugaz,
entrelazó su vida con manos de hombre,
semilla plantada en su pubertad,
que floreció con dos brotes de luz en sus entrañas.
El amor fue río, profundo y tempestuoso,
que un día se secó en lágrimas heladas,
la muerte, ladrón silencioso, le arrebató de su hombre la mano,
y quedó ella, sola, guerrera con dos hijos al lado.
Como árbol en tormenta, dobló pero no quebró,
con la savia valiente de una madre que todo soporta.
Entre cerdos, ovejos y tierras de labor,
forjó su camino entre sombras y soles rotos.
Errante en sendas a veces ocultas, buscando el calor
de un abrazo sincero o un refugio furtivo,
brotaron frutos nuevos, desafíos y milagros,
cinco retoños en su camada de espejos dispersos.
Sostenida en brazos de la tierra y el tiempo,
apoyó a su madre hasta el último suspiro,
llevó en su pecho la corona invisible
de quien da amor sin medida ni descanso.
Ya no es niña, ni joven primavera,
es tronco fuerte, cuna de historias y sueños,
madre y padre, abuela de soles y lunas,
esperando aún ser amada en su propio regazo.
En su mirada brilla el fuego dormido,
no rendida ante la vida, ni sus inviernos,
con raíces profundas y brazos abiertos,
anhela el amor que la calma y la cobija.
Es mujer de campo y de cielo pintado,
de viento que azota y lluvia que limpia,
melancólica balada de lucha y ternura,
madre de fuego y raíz, como el cuji, que no se quiebra.
Luis Ernesto Parra Nava
27/07/2026
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