Siempre fui esa persona que se queda un poco más. La que intenta entender antes de juzgar, la que vuelve a hablar aunque le hayan fallado y la que sigue creyendo que las personas pueden cambiar. Muchas veces me pregunté si el problema era querer demasiado, porque mientras algunos encontraban fácil irse, a mí siempre me costó dejar ir lo que alguna vez significó todo.
Me di cuenta de que paso demasiado tiempo recordando cómo eran las cosas al principio. Extraño las conversaciones que parecían no terminar nunca, la ilusión de conocer a alguien sin miedo y esa tranquilidad de sentir que todo iba en la dirección correcta. No porque quiera vivir en el pasado, sino porque extraño la versión de mí que existía en esos momentos.
También aprendí a esconder muchas cosas. A responder ‘estoy bien’ cuando mi cabeza estaba llena de preguntas que nadie podía contestar. Porque a veces es más fácil sonreír que explicar por qué algo sigue doliendo, incluso cuando el tiempo ya pasó.
Pero si hay algo que todavía no perdí, es la esperanza. Aunque a veces me sienta perdida, aunque dude de mí y aunque haya personas que no supieron valorar todo lo que di, sigo creyendo que algún día voy a encontrar un lugar donde no tenga que esforzarme para que me elijan. Donde no tenga que demostrar que valgo la pena, porque alguien lo va a ver desde el principio.
Y quizás esa sea la lección más importante de todas: dejar de buscar que los demás me elijan y empezar, de una vez por todas, a elegirme yo.