Vestido rojo, hilo fino rodeando los hombros. Mujer y hombre, no dejes de mirarme.
Ojos grandes como lagunas nocturnas, más oscuras, más inmensas.
Boca mediana, con sus contornos marcados, casi sin muecas, mandíbula relajada, con actitud decidida, no dejes de buscarme.
Encontré dos velas rojas con un hilo blanco rodeando sus cuellos ¡No la prendas! no cortes el lazo.
¿Qué haría sin tu embrujo? ¿a quien amaría desesperadamente? ¿Por quién desearía perder la vida?
Tu boca huele a sangre, tus hombros a carne fresca, son suaves, podría dormir en ellos. Podría el mundo derrumbarse ante los ojos de todos y ni siquiera me enteraría.
Podría dormir en ellos.
Podrías clavarme una daga de plata, podrías hacerlo en luna llena, podrías hacerlo en un cementerio y si fuera por tus manos, tus manos blancas como la piel de los muertos, no hay nada que aceptaría de la mejor manera.
Antes de ti mujer y hombre nada tenía sentido, iba camino al suicidio.
Vestido rojo, hilo fino besando tus hombros, cabellos negros como tus labios, los quiero morder como un perro. Y esa mirada intensa en la que me pierdo, aguas calmas en las que me hundo, perfume a incienso, a rosas recién quemadas, a jazmines muertos de frío.
Podría arrancarte el cuello solo a besos, aullar toda la noche para ti, encadenarme en tu cama y entregarme por completo.
Tu boca huele a sangre, a vino añejo.
Podría beberla por completo, embriagarme por ti.
Y bailarte esquizofrénico, demente, enamorado de tu sangre, de tu carne, de tus ojos perdidos de tu boca en frenesí.
Pero no prendas esas velas, no me dejes a la deriva, toma miel y una foto mía, hazme un conjuro y enrédame a ti.
No dejes de mirarme, no dejes de buscarme, no dejes este embrujo.
Es luna llena.
Salgo hacia el bosque.
Llevo un espejo.
Trae una daga.
Si es de plata mejor para mi.