Cuando finalmente conocimos la verdad,
cuando las piezas que durante tanto tiempo
permanecieron ocultas
encontraron su lugar,
entendí algo que quizá antes no podía comprender:
los dos quedamos libres.
Libres de las preguntas,
de las dudas,
de aquello que nos perseguía en silencio,
de las palabras que nunca encontraron respuesta
y de todo aquello que alguna vez
nos hizo mirar hacia atrás.
Y hoy, desde esa libertad,
quiero decirte algo sin reclamos:
no te culpo.
No quiero convertir nuestro amor
en una lista de errores,
ni nuestra historia
en un juicio donde alguien tenga que perder.
No te culpo por lo que pasó,
por lo que sentiste,
por las decisiones que tomaste
ni por los caminos que elegiste.
Porque amarte también fue aprender
que no todo lo que duele
necesita un culpable.
Y yo no me voy con rencor.
Me voy con los recuerdos,
con las noches que compartimos,
con las risas que alguna vez nos salvaron del mundo,
con aquellos días en los que fuimos
dos personas completamente felices
sin imaginar que algún día
tendríamos que aprender a soltarnos.
Me llevo lo bonito.
Lo demás,
lo dejo donde pertenece:
en el pasado.
Hoy tengo que decirte adiós.
Y créeme,
hay palabras que uno pronuncia
con la garganta cerrada
y el corazón hecho pedazos.
Esta es una de ellas.
Adiós, mi niña.
No porque hayas dejado de importar,
sino porque a veces amar también significa
aceptar que una historia llegó
hasta donde podía llegar.
Y como te dije en aquel último mensaje,
hoy me despido de ti
con una sonrisa
y una lágrima rozando mi mejilla.
La sonrisa es por todo lo que vivimos,
por haberte conocido,
por haber tenido la oportunidad
de amarte y sentirme amado,
por todos esos momentos
que el tiempo jamás podrá borrar.
Y la lágrima…
esa es por mí.
Por el hombre que todavía quisiera quedarse,
por todo lo que alguna vez imaginé contigo,
por las palabras que quedaron sin decir,
por los abrazos que ya no vendrán
y por aceptar que hay finales
que uno no elige,
pero que aun así debe aprender a aceptar.
No me voy odiándote.
No me voy deseándote mal.
No me voy buscando culpables.
Me voy agradeciendo.
Porque incluso cuando una historia termina,
no significa que haya sido un error haberla vivido.
Tú fuiste parte de mi vida,
y durante mucho tiempo
fuiste una de las partes más bonitas de ella.
Por eso, si alguna vez recuerdas mi nombre,
ojalá no lo hagas con tristeza.
Recuerda que alguna vez hubo alguien
que te amó profundamente,
que quiso verte feliz
y que, aun con el corazón roto,
prefirió despedirse sin rencor.
Hoy nuestros caminos quedan libres.
Y quizá eso sea lo más difícil
y, al mismo tiempo,
lo más hermoso de aceptar:
ya no nos debemos nada.
Solamente nos queda agradecer
lo que fuimos,
perdonar lo que dolió
y dejar que la vida continúe.
Así que sí…
Hoy te digo adiós.
Con el alma cansada,
con el corazón lleno de recuerdos,
con una sonrisa por lo vivido
y con una lágrima
resbalando lentamente por mi mejilla.
Y mientras esa lágrima cae,
me quedo con una certeza:
te quise de verdad.
Y por eso mismo,
hoy te dejo libre.