*UNA SOCIEDAD CON ASTERISCO*
_Ensayo sobre la condición humana, la temporalidad y la resistencia ontológica_
*Juan Luis García Torres*
_Licenciado en Derecho_
_Epígrafe:_
_"El mundo sigue en pie mientras nos afanamos por ser, cuando ya fuimos, somos y seremos. Solo se trata de aceptar el mono que llevamos dentro."_
_"¿De qué se queja tanto el ser humano? ¿Por qué teniendo la facultad de discernir, de hablar, se queja?"_
_Nagua, María Trinidad Sánchez, R.D. — Octubre 2026_
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*INTRODUCCIÓN*
Toda sociedad contemporánea opera bajo una cláusula de condicionalidad implícita. Se nos promete la realización, la felicidad y el sentido, siempre y cuando se cumpla con una letra pequeña que nadie lee por completo. De ahí la figura del asterisco: el símbolo de la existencia condicionada. Vivimos bajo la fórmula de "serás feliz_", "_siempre que te ajustes al personaje". El presente ensayo propone una lectura crítica de esa condicionalidad, a partir de la tensión entre la naturaleza biológica del ser humano y su artificio cultural.
*I. LA RESISTENCIA A VER: EL ROSTRO Y EL PERSONAJE*
La vida, en su dimensión fenomenológica, no irrumpe sin aviso. Por el contrario, ofrece señales recurrentes, indicios de su estructura real. Lo que denominamos experiencia es, en el fondo, una sucesión de advertencias sobre la verdadera fisonomía del ser humano.
Existe, sin embargo, una resistencia antropológica a la visión. El sujeto prefiere sostener al personaje —constructo social, máscara junguiana— que confrontar a la criatura. Este mecanismo de defensa no responde únicamente a la hipocresía moral, sino a una economía psíquica: ver al humano desnudo implica cargar con un peso sin balanza, una responsabilidad ontológica hereditaria que no puede cuantificarse ni distribuirse. Somos portadores de una naturaleza ambivalente que pretendemos camuflar.
Aceptar el "mono que llevamos dentro", como principio de realidad, no es una apología a lo primitivo, sino el reconocimiento freudiano del ello, de la parte instintiva, torpe e idiotizada que la racionalidad ilustrada ha intentado suprimir. Negarlo es perpetuar el asterisco.
*II. LA AUTONOMÍA DE LO REAL: EL MUNDO NO REQUIERE VOLUNTARIADO*
Uno de los delirios del antropocentrismo moderno es la creencia de que el mundo depende de nuestra gestión para seguir en pie. Nada más erróneo. El mundo no solo sigue en pie, sino que su sustentación es ajena a nuestro voluntariado existencial.
Antes de cualquier cogito, antes de toda idea que el sujeto haya podido o pueda imaginar, lo real ya se sostenía. El ser humano llegó tarde a un sistema que le precede. Su afán por "llegar a ser" revela una paradoja temporal: se esfuerza por alcanzar un estado ontológico que, en términos de ser-en-el-mundo heideggeriano, ya le ha sido dado. Ya fuimos, somos y seremos. La tarea no es devenir, sino asumir.
*III. CRONOS Y LA INVENCIÓN DEL LÍMITE: EL TIEMPO COMO ARTIFICIO*
Para organizar su angustia frente a lo infinito, el ser humano inventó el cronómetro. Denominó "tiempo" a su propia limitación. El tiempo no es una entidad externa que nos mide; es una prótesis conceptual para hacer tolerable nuestra finitud.
La destreza técnica humana ha sido capaz de medir el tiempo con precisión atómica, pero ha demostrado una incapacidad radical para invertir su vector. No hemos podido hacer que el reloj funcione a la inversa de su aguja. Esta imposibilidad técnica revela una impotencia existencial: dominamos la medición del tiempo, pero no su sentido. Somos cronometradores de una existencia que no controlamos, lo que Agustín de Hipona ya advertía al distinguir entre Chronos, el tiempo cuantitativo, y Kairos, el tiempo cualitativo y oportuno. Vivimos saturados de Chronos y ayunos de Kairos.
*IV. LA PEDAGOGÍA DEL AGOTAMIENTO: EL CÍRCULO VICIOSO DEL CONSEJO*
Con el devenir, el ser humano no solo envejece y se arruga. Atraviesa un proceso de agotamiento epistemológico. Al final de su ciclo, cuando la fuerza vital, la voluntad nietzscheana y el deseo se han extinguido, cree haber encontrado el sentido de la vida.
Ese supuesto sentido no es más que el sedimento de una ignorancia largamente sostenida. Ante la imposibilidad de emplear a fondo su realidad trágica, el sujeto se conforma con una estadía efímera y, desde esa precariedad, erige una cátedra. Se convierte en dispensador de consejos, de tópicos y de lugares comunes sobre cómo vivir.
Se constituye así un círculo vicioso intergeneracional: una transmisión de clichés que opera como una rutina de stand-up comedy. Resulta risible por su repetición mecánica y por su falta de asimilación. La humanidad, en su conjunto, no ha logrado asimilar ni el uno por ciento de los consejos que predica.
*V. EL CONTRASTE BIOLÓGICO: LA COHERENCIA DE LO NO-HUMANO*
Frente a esta incoherencia humana, la rutina de los demás seres biológicos se presenta como paradigma de constancia ontológica. Mantienen un ritmo de supervivencia homeostático. No se quejan, no teorizan sobre su dolor, luchan, sobreviven y cumplen con su ciclo vital sin esperar una benevolencia trascendente, salvo por los casos fortuitos o de fuerza mayor que alteren su hábitat.
Su existencia está desprovista de asterisco. Al ave se le dieron alas para volar, al anfibio aletas para nadar, al reptil extremidades para desplazarse entre tierra y agua. Su telos es inmanente y se cumple. No hay disonancia entre su ser y su deber ser.
*VI. LA INTERPELACIÓN INVERTIDA: SI LA NATURALEZA PREGUNTARA*
Si invirtiéramos la jerarquía hermenéutica y otorgáramos a la naturaleza la capacidad de logos —de preguntar, cuestionar y exigir razones—, la pregunta que nos dirigiría sería devastadora en su simplicidad:
¿De qué se queja el ser humano, si es el único ser dotado de discernimiento, de lenguaje articulado y de conciencia reflexiva?
Esta es la cuestionante que formularían los reinos animal y vegetal. Al ser humano, por designio teológico o por privilegio evolutivo, se le otorgó la capacidad de domar a la bestia, de nombrar y de dominar a las especies —Génesis 1:28—. Y, sin embargo, en su cúspide de juventud, cuando puede saltar, brincar e incluso proyectar el vuelo mediante la técnica, dilapida su potencia en la vanidad del personaje.
Es al final, cuando ese "mono interior" —esa dimensión pulsional, torpe e irracional que nos constituye— ya no posee fuerza, voluntad ni deseo, cuando el ser humano toma conciencia tardía de sus dones, virtudes y capacidades no actualizadas.
*CONCLUSIÓN: EL DESAFÍO DE VIVIR SIN ASTERISCO*
Por tanto, ¿será que los animales y las plantas aceptan genuinamente su ciclo vital y el ser humano aún no ha descubierto su propósito? ¿Por qué se autolimita? ¿Cuáles son sus verdaderas limitantes?
La hipótesis que aquí se sostiene es que las limitantes no son externas, sino autoimpuestas. Vivimos bajo el régimen del asterisco porque nos negamos a aceptar el ciclo sin condiciones.
Superar la sociedad con asterisco implica, entonces, tres actos de valentía filosófica: primero, aceptar la herencia primate sin vergüenza; segundo, renunciar a la pretensión de sostener el mundo y aprender a sostenerse en él; y tercero, dejar de predicar clichés para comenzar a vivir sin letra pequeña.
Solo entonces, quizá, la existencia dejaría de ser una rutina de supervivencia quejumbrosa para convertirse en un ciclo asumido con plena conciencia.
Julugato.