Cuando algo nos incomoda, es natural que queramos que desaparezca.
La ansiedad, el exceso de pensamiento, la necesidad de control, el miedo a equivocarnos... Muchas veces estamos tan ocupadas intentando dejar de sentir aquello que nos hace sufrir, que no nos damos el espacio para comprender qué nos está pasando.
Queremos dejar de sentir ansiedad, dejar de pensar tanto, dejar de preocuparnos por todo. Queremos encontrar una solución que nos permita sentirnos mejor.
Y es comprensible, porque vivir con malestar puede ser muy agotador.
Pero ¿qué pasaría si, por un momento, dejáramos de luchar contra aquello que nos incomoda y comenzáramos a mirarlo con curiosidad?
La curiosidad puede ayudarnos a cambiar las preguntas que nos hacemos.
En lugar de preguntarnos "¿por qué soy así?" o "¿cómo hago para dejar de sentir esto?", podemos comenzar a explorar otras preguntas:
¿Cuándo aparece este síntoma? ¿Qué me pasa en esos momentos? ¿Qué emociones me cuesta enfrentar? ¿Qué podría estar intentando proteger en mí?
No se trata de romantizar el sufrimiento ni de asumir que todos nuestros síntomas tienen una función protectora. Se trata de abrir la posibilidad de comprender lo que nos ocurre desde un lugar menos crítico y más amable con nosotras mismas.
*Cuando el síntoma intenta cuidarnos
A veces, un síntoma puede cumplir una función protectora para nuestra mente. Puede estar protegiéndote de algo, ser un intento (aunque poco eficiente) de cuidarte.
Y aquí quiero proponerte una analogía que puede ayudarnos a comprender por qué, en ocasiones, es tan difícil dejar atrás ciertas formas de sentir, pensar o actuar, incluso cuando sabemos que nos hacen sufrir.
Si el síntoma fuera un hogar, un lugar cómodo, conocido y, en muchos sentidos, seguro, la sanación podría parecerse a una mudanza.
Un cambio de casa que te exige dejar cosas atrás y partir hacia lo desconocido de un nuevo lugar.
Una mudanza te exige trabajo, te incomoda, te desafía e implica limpiar y soltar muchas cosas que ya no necesitarás en el nuevo lugar.
Dejar lo cómodo y botar cosas se puede sentir muy amenazante. Por mucho que el nuevo lugar suene prometedor, da miedo enfrentarse a la incertidumbre de lo nuevo.
Además, una mudanza se siente abrumadora, implica mucha energía y es normal que canse.
Y aunque nuestra antigua casa ya no sea un lugar donde nos sentimos del todo bien, sigue siendo un lugar conocido. Sabemos cómo movernos en ella, conocemos sus espacios y hemos aprendido a habitarla.
A veces, lo conocido puede sentirse más seguro que lo nuevo, incluso cuando lo nuevo podría hacernos bien.
¿Qué está protegiendo tu síntoma? ¿Qué quiere cuidar?
*El exceso de pensamiento como refugio
Cuando pienses en algún síntoma molesto, trata de explorarlo desde la curiosidad, con esta analogía del hogar y la mudanza.
Si tomamos como ejemplo el exceso de pensamiento, ese sería el hogar: lo cómodo, lo conocido.
La mudanza, dejar atrás esa forma de funcionar, implicaría soltar el exceso de pensamiento y dar paso a algo nuevo.
¿Qué miedo aparece al pensarlo así?
Tu exceso de pensamiento puede estar cuidando tu vulnerabilidad.
Dejar de sobrepensar y sobreanalizar implicaría entregarse un poco más a la fluidez de la vida, aceptar que no podemos controlar todo lo que va a pasar.
Si no intentas controlar con el pensamiento, anticipándote a cualquier dificultad o posible mal resultado, te expones a fallar, a equivocarte, a quedar expuesta en la imperfección.
Tu sobreanálisis puede estar protegiéndote de la posibilidad de equivocarte, de vivir la incomodidad de la imperfección y de todas las emociones que eso podría provocarte.
Quizás pensar demasiado ha sido una forma de intentar sentirte preparada para cualquier escenario. Una manera de protegerte de la incertidumbre, del fracaso, del juicio de otros o incluso del tuyo propio.
Y aunque esa forma de protegerte hoy pueda resultar agotadora, quizás también te ha entregado cierta sensación de seguridad.
Mirarlo así no significa que sobrepensar sea bueno para ti, ni que tengas que seguir haciéndolo. Pero puede ayudarte a entender por qué es tan difícil soltarlo.
Porque ya no se trata solamente de dejar de pensar tanto. También se trata de aprender a sentirte segura sin necesitar anticiparte a todo.
Y ese puede ser un cambio mucho más profundo.
*La curiosidad como una nueva forma de relacionarnos con lo que nos pasa
Muchas veces nos acercamos a nuestros síntomas desde la crítica, la frustración o la exigencia.
Nos enojamos con nosotras mismas por volver a sentir ansiedad, por preocuparnos demasiado o por repetir conductas que sabemos que nos hacen mal.
Pero la curiosidad nos propone algo diferente.
Nos invita a observar antes de juzgar, a hacernos preguntas antes de exigirnos respuestas y a intentar comprender antes de apresurarnos a cambiar.
No significa resignarnos a vivir con aquello que nos incomoda, ni dejar de buscar ayuda cuando la necesitamos.
Significa reconocer que, a veces, comprender cómo hemos aprendido a protegernos puede abrir nuevas posibilidades para cuidarnos de otras maneras.
Si descubro que mi necesidad de control aparece cuando me siento vulnerable, quizás puedo comenzar a trabajar en mi relación con esa vulnerabilidad.
Si comprendo que mi exceso de pensamiento intenta evitar que me equivoque, quizás puedo comenzar a explorar mi miedo al error, mi autoexigencia o mi dificultad para aceptar la incertidumbre.
El síntoma deja de ser solamente algo que quiero eliminar y se convierte también en una oportunidad para conocerme un poco más.
No porque el sufrimiento sea necesario para crecer, sino porque podemos intentar comprender nuestras experiencias, incluso aquellas que preferiríamos no tener.
*Animarnos a la mudanza
Prueba pensar nuevamente en la mudanza.
Soltar el exceso de pensamiento da miedo. Es un lugar nuevo, desconocido, donde quizás todavía no sabes bien cómo moverte.
Pero también esa nueva casa puede ofrecerte hermosas posibilidades.
Quizás una vida donde puedas equivocarte sin castigarte tanto, donde no necesites tener todas las respuestas, donde puedas confiar un poco más en ti y en tu capacidad de enfrentar lo que venga, aunque no lo hayas anticipado.
La mudanza asusta, exige y cansa, pero puede significar el comienzo de un nuevo camino más liviano, sin tanto peso y que podría ser mucho mejor que la antigua casa.
Y quizás sanar no siempre se trate de abandonar por completo nuestra antigua casa, sino de descubrir que existen otras maneras de sentirnos seguras, de cuidarnos y de habitar nuestra propia vida.
No necesariamente tenemos que hacer la mudanza de un día para otro. Podemos ir descubriendo qué queremos llevar con nosotras, qué cosas ya no necesitamos y qué nuevas formas de cuidarnos queremos construir.
La curiosidad puede acompañarnos en ese proceso.
Porque, a veces, el primer paso no es intentar eliminar aquello que nos incomoda, sino acercarnos con curiosidad a comprender qué ha intentado cuidar de nosotras.
Quizás hoy puedas comenzar por hacerte una pregunta diferente: ¿qué puedo descubrir de mí si miro con curiosidad aquello que tanto me incomoda?