Las casas no se rompen el día en que alguien se va. Para entonces ya llevan tiempo haciendo ruido.
De niña pensaba que los adultos sabían esconder las tormentas. Pero solo cerraban la puerta; el ruido siempre encontraba la forma de entrar.
Las voces atravesaban las paredes; las que no, aprendían a disfrazarse de un “todo está bien” y una sonrisa ensayada.
Aprendí a reconocer el llanto, sin necesidad de verlo.
Aprendí que había preguntas que era mejor guardar
y respuestas que podían romper más cosas que el silencio.
Y que, a veces, decir la verdad se siente más parecido a una traición que a un acto de valentía.
Hay objetos que cambian una vida sin hacer ruido.
Para mí fue una taza negra.
Desde ese día supe que los objetos también podían guardar secretos.
Sin darme cuenta y sin haberlo pedido, me convertí en guardiana de secretos que nunca me pertenecieron, pero me exigieron guardarlos como míos.
Cargar secretos demasiado grandes para unas manos tan pequeñas te hace crecer creyendo que decepcionarás a quien más necesitabas que te abrazara si alguna vez dejabas de guardar silencio.
Ahora entiendo que hay pesos que nunca debieron descansar sobre los hombros de una niña.