Los tres kilómetros hasta el salto Orquídea y la vuelta de noche con miedo me hacen pensar en lo poco que hoy cuesta ver a alguien: un mensaje y listo. Apuesto a que esa caminata explica bastante de cómo siguieron después, cuando la distancia ya era Misiones y Buenos Aires. Ya sabían volver aunque costara. Se nota que lo que viene pesa.
Una historia que comenzó siendo jóvenes
Pensamiento
Los tres kilómetros hasta el salto Orquídea y la vuelta de noche con miedo me hacen pensar en lo poco que hoy cuesta ver a alguien: un mensaje y listo. Apuesto a que esa caminata explica bastante de cómo siguieron después, cuando la distancia ya era Misio
Contenido de la publicación
Capítulo 16: El noviazgo en aquellos años demandaba madurez precoz, respeto profundo y la certeza de que amar significa decidir construir juntos aun cuando no se tenga más capital que la fe y las dos manos para trabajar. En este capítulo relato los primeros compromisos compartidos con Marisa y la decisión de asumir un futuro en común frente a los desafíos que se avecinaban.
Marisa y yo éramos jóvenes cuando nuestra relación comenzó a tomar un rumbo diferente.
Hasta entonces habíamos compartido una etapa marcada por la escuela, los encuentros en Dos de Mayo y esos pequeños momentos que, vistos desde el presente, adquieren un significado que en aquel tiempo no podíamos imaginar.
Yo la esperaba en la esquina de la Escuela Nº 270, junto a aquel eucalipto enorme que se convirtió en parte de mis recuerdos de aquellos años. Ella llegaba con su hermana Mariela y su hermano Luis, y ese encuentro cotidiano fue formando un vínculo que fue creciendo casi sin que nos diéramos cuenta.
Después comenzaron las visitas.
Yo caminaba hasta la zona donde vivía, cerca del salto Orquídea. Eran unos dos kilómetros y medio o tres kilómetros desde el pueblo. Algunas veces la visita terminaba cuando ya había oscurecido y tenía que emprender el regreso.
La distancia de regreso era la misma, pero de noche parecía otra.
El miedo aparecía en el camino.
Sin embargo, volvía.
En aquellos años uno no analizaba demasiado esas cosas. Si quería ver a alguien, buscaba la manera de llegar. No había demasiadas comodidades ni medios para trasladarse. Había que caminar y enfrentar lo que apareciera.
Así fue creciendo nuestro noviazgo.
Éramos dos adolescentes intentando entender una relación que, con el paso de los años, terminaría atravesando buena parte de nuestras vidas.
Ninguno tenía experiencia para saber cómo construir una pareja. Aprendíamos mientras vivíamos.
Hoy sé que esa etapa tuvo mucho de inocencia, pero también de responsabilidad temprana. Nosotros no veníamos de un mundo donde todo estuviera resuelto. Nuestras familias eran humildes y el futuro no estaba asegurado.
Había que buscarlo.
Yo ya había comenzado a trabajar en distintas changas. Había aprendido que para conseguir dinero había que esforzarse y que muchas veces las oportunidades aparecían de manera inesperada. Marisa también conocía las dificultades de la vida y cargaba con experiencias familiares que habían dejado marcas en ella.
Aun así, teníamos proyectos.
No eran grandes planes escritos en un papel.
Eran simplemente deseos de salir adelante.
Yo quería trabajar.
Quería conocer otros lugares.
Quería tener mejores oportunidades.
Y también quería que Marisa formara parte de mi vida.
Cuando tenía diecinueve años apareció una posibilidad que cambiaría el rumbo de todo: Buenos Aires.
Decidir viajar no fue una decisión tomada desde la comodidad.
Yo sabía que irme significaba dejar atrás a mi familia, mis amigos, el pueblo y todo aquello que conocía. También significaba alejarme físicamente de Marisa.
Pero sentía que debía intentarlo.
Había que buscar una oportunidad.
El viaje a Buenos Aires no fue como podría imaginarlo alguien que hoy tiene todas las facilidades para trasladarse. Viajé en el camión de un vecino que transportaba madera. Llegué hasta un aserradero en General Pacheco y allí comenzó una nueva etapa.
Marisa quedó en Misiones.
La distancia pasó a formar parte de nuestra relación.
Yo estaba en Buenos Aires intentando trabajar y adaptarme a una realidad completamente diferente. Ella continuaba con su vida en Misiones.
Seguíamos unidos, pero ahora había kilómetros entre nosotros.
La distancia puede cambiar muchas cosas.
Obliga a confiar.
También puede generar dudas, preocupaciones y discusiones.
Pero en nuestro caso la relación continuó.
Yo tenía presente la promesa de regresar.
Y con el tiempo Marisa también viajaría a Buenos Aires.
Aquello significó otro cambio.
Ya no se trataba de una relación que podía sostenerse solamente con encuentros ocasionales. Empezábamos a compartir decisiones mucho más importantes.
La vida adulta llegó antes de que estuviéramos preparados para recibirla.
Marisa tenía dieciocho años cuando se trasladó a Buenos Aires y yo tenía diecinueve.
Éramos prácticamente unos chicos.
Sin embargo, empezamos a enfrentar responsabilidades que no tenían nada de infantiles.
Trabajar.
Conseguir un lugar donde vivir.
Pensar en dinero.
Tomar decisiones.
Y, poco después, enfrentaríamos una noticia que cambiaría definitivamente nuestras prioridades.
Marisa estaba embarazada.
Nuestra primera hija estaba en camino.
Para nosotros significó un cambio profundo.
Hasta ese momento podíamos pensar principalmente en nuestras propias necesidades. A partir de allí había una vida que dependía de nuestras decisiones.
No estábamos preparados de la manera en que hoy podría imaginarse que una pareja debería estar preparada para recibir un hijo.
No teníamos estabilidad económica.
No teníamos una casa propia.
No contábamos con certezas.
Pero teníamos que avanzar.
Marisa dejó su trabajo.
Alquilamos una habitación en una pensión.
La vida cotidiana empezó a girar alrededor de las necesidades más básicas. Había que pagar el lugar donde vivíamos, conseguir comida y sostener el embarazo mientras tratábamos de encontrar una salida.
Las dificultades comenzaron a hacerse visibles.
Tuvimos discusiones.
Hubo momentos de tensión.
Éramos jóvenes y todavía no sabíamos administrar una situación de semejante magnitud.
Finalmente, Marisa regresó a Misiones con el embarazo avanzado.
Yo permanecí en Buenos Aires durante una parte de ese período.
La separación no era lo que habíamos imaginado.
Pero la realidad se había impuesto.
Nuestra primera hija nació en Dos de Mayo.
Fue Melany Solange.
Su llegada transformó completamente mi manera de mirar la vida.
Yo todavía era muy joven.
De repente tenía una hija.
Y esa palabra llevaba consigo una responsabilidad que no podía compararse con ninguna de las que había conocido hasta entonces.
Cuando Melany tenía aproximadamente tres meses, regresé a Dos de Mayo.
Volver y encontrarme con mi hija fue una experiencia que quedó grabada en mi memoria.
Después llegó el momento de tomar otra decisión.
Cuando Melany tenía alrededor de seis meses, regresé nuevamente para llevar a Marisa y a nuestra hija conmigo a Buenos Aires.
Queríamos intentar construir nuestra familia allí.
No sabíamos cuánto iba a durar esa etapa ni qué dificultades nos esperaban.
Simplemente estábamos intentando encontrar nuestro lugar.
Con el tiempo llegaría Aymara Danila.
Después nacería Josías Joaquín, en Pilar, en 1999.
La familia comenzó a crecer mientras nosotros seguíamos aprendiendo a ser adultos.
Pero ser padre y ser pareja no significa automáticamente saber cómo hacerlo.
Eso fue algo que aprendí mucho después.
Uno puede amar profundamente a sus hijos y, aun así, equivocarse.
Puede querer a su esposa y, aun así, lastimarla.
Puede tener buenas intenciones y tomar decisiones equivocadas.
Yo hice cosas de las que me arrepiento.
No quiero esconderlas.
Una autobiografía no tiene sentido si solamente muestra los momentos que hacen quedar bien al protagonista.
Mi vida tuvo aciertos, pero también errores.
Y Marisa estuvo presente durante buena parte de ambos.
Con los años comprendí que muchas de nuestras dificultades no surgieron porque no hubiera amor. Algunas aparecieron porque éramos jóvenes, porque no sabíamos manejar determinadas situaciones o porque yo mismo tomé decisiones equivocadas.
La madurez llegó lentamente.
No apareció el día que cumplí una determinada edad.
Se fue construyendo después de cada experiencia.
Algunas enseñanzas llegaron por las buenas.
Otras llegaron acompañadas de dolor.
Marisa también fue cambiando.
La mujer que había conocido en la escuela ya no era la misma que después compartió conmigo una casa, una familia y responsabilidades.
Yo tampoco era el mismo.
La vida nos iba modificando.
Teníamos hijos.
Teníamos problemas.
Teníamos proyectos.
Teníamos que trabajar.
Y también teníamos que aprender a perdonarnos.
En diferentes momentos de nuestra relación, cuando yo reconocía un error y le pedía perdón, Marisa podía responderme con una frase sencilla:
“Ya te perdoné.”
No siempre era fácil llegar hasta ese punto.
Pero esas palabras terminaron teniendo un significado especial para mí.
Con el tiempo comprendí que el perdón no borra lo ocurrido.
Permite seguir adelante sin quedar atrapado para siempre en aquello que salió mal.
Nuestra historia también estuvo marcada por las heridas que cada uno llevaba de su propia familia.
Marisa había sufrido el abandono y el rechazo de su padre. Esa experiencia había dejado una marca importante en ella. Con el tiempo, desde su fe, pudo atravesar parte de ese dolor y recuperar una relación diferente con su propia identidad.
Yo fui viendo ese proceso.
También fui entendiendo que amar a una persona significa conocer no solamente sus virtudes, sino también aquello que la lastimó.
No para utilizar sus heridas en su contra.
Sino para comprenderla.
La historia que comenzó junto a la Escuela 270 fue tomando otra dimensión.
Ya no éramos dos jóvenes que se encontraban en la esquina de un colegio.
Éramos una pareja con hijos y responsabilidades.
Habíamos dejado atrás parte de nuestra adolescencia.
Ahora comenzaba una etapa completamente distinta.
La vida en Buenos Aires todavía tenía muchas páginas por escribir.
Vendrían nuevos trabajos.
Nuevos lugares.
La quinta de Villa Rosa.
La construcción de una casa.
La radio.
La pizzería.
El remís.
Más hijos.
Dificultades económicas.
Decisiones acertadas y otras que terminarían teniendo consecuencias muy duras.
Pero antes de llegar a todo eso hubo una familia que comenzó casi sin recursos, sostenida por dos jóvenes que todavía estaban aprendiendo a caminar juntos.
Cuando hoy pienso en aquel muchacho de diecinueve años, no lo juzgo con la experiencia que tengo ahora.
Lo miro desde el lugar que ocupaba entonces.
Tenía sueños.
Tenía miedo.
Tenía deseos de progresar.
Tenía una hija recién llegada a su vida.
Y tenía mucho por aprender.
También tenía errores que todavía no sabía que cometería.
Eso es lo que hace verdadera esta historia.
No fui un hombre que supiera desde el principio cómo construir su vida.
Fui aprendiendo mientras avanzaba.
Marisa también.
Y juntos atravesamos una parte enorme de ese aprendizaje.
Nuestra historia comenzó siendo jóvenes.
No comenzó con certezas.
Comenzó con una escuela, un eucalipto, algunos kilómetros de camino y dos personas que decidieron seguir encontrándose.
Después vendrían los hijos.
Vendrían las responsabilidades.
Vendrían las dificultades.
Y también llegarían momentos que ninguno de los dos podía imaginar cuando aquella relación apenas comenzaba.
Pero todo eso todavía estaba adelante.
Nosotros seguíamos caminando.
Y la vida recién empezaba a mostrarnos cuánto podía cambiar una historia cuando dos jóvenes decidían intentar construirla juntos.
«“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.”
— Eclesiastés 4:9»
Thoughts
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PermalinkYa voy en el 16 sipo, y quedé pegada con la lista del final. Me tinca que la radio va a tener su capítulo propio.
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PermalinkLos tres kilómetros hasta el salto Orquídea y la vuelta de noche con miedo me hacen pensar en lo poco que hoy cuesta ver a alguien: un mensaje y listo. Apuesto a que esa caminata explica bastante de cómo siguieron después, cuando la distancia ya era Misiones y Buenos Aires. Ya sabían volver aunque costara. Se nota que lo que viene pesa.
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PermalinkHíjole, diecinueve años, una hija en camino y un camión de madera hasta Pacheco. Con su permiso, ¿el eucalipto de la Escuela 270 sigue en pie?
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