Todos en mi casa crecieron envueltos en un don, marcados por una chispa única. Todos saben hacer algo con las manos, y cuando despliegan ese talento, brota un amor y una maestría descomunales.
La gran mayoría lleva el arte tatuado en la sangre.
Mamá es un genio absoluto en las manualidades; sus manos son una bendición, un refugio de paciencia. Ojalá supiera modelar moldes o tejer collares de la forma en la que ella lo crea, con esa magia invisible.
La verdad de las cosas es que a mí nunca me gustó la artesanía ni los trabajos manuales.
Mis hermanos, de una u otra forma, heredaron ese pulso creador.
La mayor vuelca su amor en el pelo; su forma tan cálida de arrancar un día gris y devolverle el color a través de una tintura es algo sencillamente increíble.
Mi hermano es un prodigio de la informática y la tecnología: si le ponés una pantalla y una PC enfrente, sabe leer cada párrafo en números y códigos indescifrables que a uno lo dejan recapacitando en silencio, preguntándose qué clase de mente habita ahí...
Las preadolescentes exploran el mundo desde sus propios abismos. La más pequeña tiene una voz angelical y una devoción infinita por el arte y la música; me invade el alma entera escucharla cantar.
Otra es un genio indiscutible en la cocina: todo lo que tocan sus manos sobre la mesa se convierte de golpe en una fiesta de sabores y calor de hogar.
Y después está la que le sigue, una genia absoluta en matemática, en el marketing y en ese carisma magnético que la empuja a exponerse frente a multitudes sin que le tiemble el pulso. Se lleva todos los créditos. Un verdadero prodigio.
Por mi parte, parezco la excepción, todo lo contrario a ellos. O quizás soy apenas una fibra oculta de ese mismo arte, contemplándolos siempre desde el borde, admirándolos de lejos.
De pequeña amaba el arte con desesperación; mi vida entera se sostenía sobre la pintura. Qué belleza tan incontrolable era trasmutar mis días tristes en lienzos manchados y pinceles gastados.
Mi cable a tierra más hondo, incluso a día de hoy.
Pero si hay algo que me ha atravesado los huesos y me ha caracterizado toda la vida es la escritura. Esa armonía casi sagrada que nace cuando apoyo la yema de los dedos y el bolígrafo roza el papel.
Mi primer libro lo escribí a los diez años, con título propio y todo. Cada letra que traspasa esta pantalla siempre llega en monedas de a diez, en líneas interminables, desgarradoras, hasta dar con esa única palabra que por fin logra tocar la fibra exacta de lo que mi alma necesita decir.
Los sábados de arte y pintura, las clases de guitarra... Y la melodía de las manos dibujando formas en el silencio del lenguaje de señas. Qué belleza tan inmensa e inexplicable es el lenguaje de señas.
Aunque, para ser brutalmente honesta, terminé de descifrar mi amor definitivo por las letras el día exacto en que tuve que remontar un cortometraje escrito a puño y letra para exponerlo frente a todos en el secundario.
Entonces, mi lugar seguro sigue siendo el arte en todas sus formas, sí... pero nada, absolutamente nada en este mundo, sobrepasa el pulso visceral de mi amor por la escritura.