Graciela tenía veinte años y había quedado sola en el mundo: su padre la abandonó cuando era pequeña y su madre, al formar una nueva pareja, se fue a vivir a la capital. Ella trabajaba de forma humilde cobrando estacionamiento en una playa, y con ese sueldo sostenía la casa familiar en un barrio de las afueras. La vivienda necesitaba mucho cariño y trabajo: había paredes que pedían pintura, grietas que arreglar, puertas y ventanas que cerraban mal, y en el fondo el pasto había crecido tanto que casi no se veía el suelo.
Lo primero que hizo fue llamar a Ricardito, un muchacho del barrio que ofrecía cortar el pasto con su moto guadaña. Él fue, recorrió el patio con ella y le pasó el presupuesto. Cuando se fue, Graciela hizo cuentas y comprendió que lo que él pedía por un día era justo lo que ella ganaba en una semana entera. Al día siguiente, cuando él llegó temprano, ella lo recibió apenada:
—Perdóname, Ricardito, no puedo pagarte. Te pido disculpas por hacerte perder el tiempo.
—No te preocupes —le dijo él—. Al menos invítame unos mates.
Mientras tomaban mate, él le propuso:
—Si querés te hago el trabajo igual. No necesitas dinero. Tenes algo muy valioso para ofrecer, algo que yo deseo mucho.
Graciela se puso de pie indignada, la mano levantada, pero se detuvo. Pensó: "No tengo con qué pagarle, y él es buen muchacho". Sonrió con picardía:
—Trato hecho. Pero primero el trabajo, después lo demás. Sin adelantos.
Ricardito trabajó todo el día bajo el sol, cortó, limpió y sacó todo lo que había crecido descontroladamente. Al atardecer el patio estaba irreconocible.
—Me doy un baño y vuelvo —le dijo— para cumplir la otra parte del trato.
—Te espero —respondió ella.
Dos horas después volvió: bañado, afeitado, perfumado, parecía otro. Charlaron, pusieron música lenta y bailaron pegaditos. Se besaron, se desvistieron despacio y se entregaron el uno al otro con mutuo acuerdo. Cuando terminaron, quedaron abrazados, sabiendo que había nacido algo hermoso entre ellos. Graciela no había gastado ni un peso , solo utilizo su boca para hacerle sexo oral y luego abrió sus piernas para que el joven abrevara en su fuente , acto seguido riendo le dijo, ahora quiero ese machete trabajando entre mis piernas, Ricardito no se hizo rogar haciendo una buena faena, Graciela estaba sastisfecha y el patio estaba perfecto.
Faltaban ahora los arreglos de albañilería. Llamó a Segundo, un joven albañil de otro barrio. Él revisó todo y le presentó los presupuestos. Graciela lo miró con decisión:
—No tengo dinero, pero tengo algo que te va a gustar.
Segundo no lo dudó: hacía tiempo que admiraba a Graciela desde lejos.
—Mañana empiezo —dijo—. Pero supongo que cada día me vas a pagar así.
—Por supuesto —respondió ella—. Mañana te espero.
Segundo llegó temprano y trabajó todo el día. Al terminar, ella lo invitó a bañarse. Entró al baño, se acercó a él, lo acarició y lo atendió con cariño y entrega. Así fue la primera jornada. Al día siguiente siguió trabajando con dedicación: tapó grietas, arregló revoques, acomodó el techo y los pisos. Cuando terminó la obra, le dijo:
—Voy a casa, me arreglo y vuelvo por la otra parte del pago.
Volvió bañado y perfumado. Cenaron liviano y esta vez no fue un trato: Graciela lo deseaba de verdad, sentía fuego en su cuerpo. Se desvistieron y se amaron con toda la intensidad de lo que sentían. Cuando terminaron, Segundo le dijo:
—No me debes nada. Al contrario, soy yo quien te debe por el placer que me has dado.
—Y yo te agradezco —respondió ella—. Me has hecho sentir mujer. Creo que ha nacido una hermosa amistad. Cuando me necesites, llámame. Y yo haré lo mismo.
Se dieron un beso tierno y así nació entre ellos algo valioso: libre, sincero y compartido.
Pasó un tiempo. Graciela siguió trabajando y juntando dinero. Un día Segundo la llamó: estaba de vuelta en la ciudad.
—Necesito que pintes mi casa —le dijo ella.
—Voy ahora mismo —respondió él.
Llegó, se abrazaron y ella le mostró los colores que quería. Toda la semana trabajó en la pintura. No hubo encuentros íntimos: Graciela estaba en su período y además trabajaba horas extra. Él la respetó y la cuidó. Llegó el fin de semana: la casa lucía hermosa y ella estaba lista.
—Mi pozo lleva días esperándote —le dijo—. Quiero que bebas de él y que me llenes de ti.
Se desvistieron despacio, pusieron música suave y como si el mundo se pusiera de acuerdo con ellos, empezó a llover afuera. Se amaron con todo lo que habían guardado durante la separación. Bebieron el uno del otro, se entregaron sin reservas, se llenaron de dicha y de cariño. Se amaron de todas las formas posibles, con ternura y fuerza, cuidándose y admirándose. Cuando terminaron, quedaron abrazados y se durmieron juntos.
A la mañana siguiente la tormenta se había ido. El sol entraba suave por la ventana y los pájaros cantaban. Despertaron, se besaron, se tomaron de las manos y desayunaron juntos. Se prometieron amor eterno, no con palabras grandes, sino con la certeza de que habían encontrado en el otro lo que toda la vida buscaron. Y así, con la casa hermosa y el corazón lleno, empezaron su vida juntos.