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Un nuevo amor

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Nadie habla de ese amor que llega después de un corazón roto. Uno llega con ideas claras: no enamorarse, no sentir. Pero las cosas cambian.

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felicidades de verdad.

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Nadie habla de ese amor que llega después de un corazón roto. Uno llega con ideas claras: no enamorarse, no sentir. Pero las cosas cambian.

Las actitudes conmueven el corazón y las palabras vuelven a significar algo. Un posible compromiso. Tal vez una nueva oportunidad. Al inicio caminas con sigilo y te cuidas en cada interacción, pero el tacto deja de ser ajeno, te sientes cómodo y vuelves a sentir.

Pero es extraño, no sientes igual; comparas situaciones y la sensación es diferente. Su sonrisa, sus manos, su tacto, su mirada: todo él se vuelve real. Las conversaciones se vuelven continuas, verlo se vuelve un deseo y la palabra amor brota de forma natural.

El corazón vuelve a sentir y la mente intenta cuidarte. Luego ves al miedo, opacado por el deseo de esta vez hacerlo bien: ser honesto, tocar con tacto, ser real.

El sentimiento crece, alimentado por posibilidades, conversaciones y deseos a futuro, hasta que llega ese momento donde el miedo y las preguntas regresan:

¿Acaso es real?

¿Esto estará bien?

¿Sí me quiere?

Y ahí, en ese ¿me quiere?, es donde te das cuenta de que ya no hay marcha atrás. Te interesa su vida, sus pensamientos y sus deseos. Pero ahora algo es distinto. Sigues creciendo y cada vez hay más retos.

Las charlas son cada vez menos, los «te quiero» desaparecen y te das cuenta de que ese sentimiento volvió: una presión en el pecho, la garganta con un nudo y los ojos brillosos. Ya no son risas. Ahora vivir se hace difícil, pero siguen ahí, el uno para el otro.

No es igual, pero todavía hay presencia. Las conversaciones ya no son constantes y las miradas se van dejando de lado. No es culpa de ninguno; simplemente es la vida volviendo a ser irónica. Los tiempos difíciles, las prioridades distintas. No se trata de quién hizo algo y quién no. Se trata de dos personas que se dieron la oportunidad, pero sus deseos fueron —y serán— diferentes.

El amor se siente aún más real de lo que alguna vez pensé. Un «te quiero» queda pequeño, pero el miedo no deja que crezca. El compromiso fue real: las miradas compartidas, las manos tocándose y las risas. Todo eso deslumbró y nos permitió brillar, pero la ausencia de palabras nos separó cada vez más. La ansiedad se apoderó de la relación y, sin saber si es real, el miedo se adueñó de mí.

Mi mente no me deja en paz: me pregunto si algo fue verdadero, si el cariño sigue ahí. Si soy suficiente, o si tal vez todavía deba esperar. ¿Tal vez las cosas cambien o no?

Tal vez, solo tal vez, es mi anhelo de sentirme amada y elegida por primera vez. Que alguien me vea tal como soy y decida escogerme. Pero tú y yo sabemos que la vida no funciona así.

No te confundas: no soy un corazón roto escribiendo, soy un corazón agradecido. Agradecida por tener la oportunidad de volver a sentir, de mirar a alguien con ojos de amor y comprometerme.

Ahora sé quién soy y qué es lo que quiero. Sentir no está mal y ser sensible no es debilidad; es la forma más hermosa de amar. Entregar mi vulnerabilidad y comprometerme es mi manera de amar a alguien.

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