El sol y la luna se enamoraron un día.
Y no fue un día cualquiera.
Ella era Sol: oro líquido, amanecer eterno. Vivía en un palacio de columnas blancas sobre el mar, con una corona de rayos que hacía brillar hasta las nubes. Todo lo que tocaba florecía.
Él era Luna: plata fría, misterio tranquilo. Reinaba en la noche, con el mar negro a sus pies y la luna llena siempre detrás de él, como testigo. Todo lo que tocaba se calmaba.
Se habían visto desde lejos durante toda la eternidad. Ella se iba, él llegaba. Él se iba, ella llegaba. Un relevo sin final.
Hasta que un día, el cielo se cansó de separarlos.
Dios —o el Tiempo, o el Destino— permitió un eclipse. Un minuto. Solo un minuto en el que el día y la noche podían existir al mismo tiempo.
Ella bajó de su balcón dorado. Él se levantó de su trono de cristal.
Y, por primera vez en la historia del mundo, se tocaron.
No hizo falta decir nada. Ella le prestó un poco de su calor para que dejara de tener frío. Él le prestó un poco de su sombra para que, por fin, pudiera descansar.
Fue un beso que duró lo que dura un eclipse: corto para el universo, eterno para ellos.
Desde entonces, dicen que a veces el sol brilla más suave al atardecer porque está pensando en él. Y que la luna se ve tan brillante, tan llena, que duele mirarla, porque está llena de él, del sol que guarda adentro.
Se aman a distancia. Se escriben cartas con las estrellas. Y, cada tanto, cuando el cielo lo permite, vuelven a encontrarse para recordarnos que hasta lo imposible puede amarse.