Un destello imprevisto en la sombra encendió
la chispa más pura, la fe y la energía,
y en medio del alma, sin aviso, nació
la absurda certeza de un «siempre y por siempre».
Soñamos proyectos, fijamos la suerte,
sin ver los abismos que el tiempo traía.
Amar a distancia no es ver la figura,
es amar el acento, la letra, el matiz;
es leer un corazón que en silencio procura
revelar sus verdades en cada trazo feliz.
Se aprende el lenguaje de lo no dicho,
se siente la grieta cuando cambia la voz,
pues antes que el cuerpo, la esencia ha hablado
y une a dos almas bajo el mismo dolor.
Pero la distancia es un hilo de seda
que el aire tensiona, que el tiempo estira;
si nadie lo sostiene, si la duda se queda,
el lazo sutil en la sombra se quiebra,
y donde hubo fuego, solo un eco suspira.
Y sin embargo, en el fondo queda el destello:
el primer amor, la entrega absoluta y primera.
Podrán pasar los años, cambiarse los senderos,
pero el alma gemela será siempre un reflejo,
un recuerdo que vuelve en mirada extranjera,
diciendo en silencio que el amor nunca muere,
solo cambia de forma, de sombra y de espera.