Hoy salí a tomar un café sola.
Nada especial. No tenía ningún plan, nadie me estaba esperando y tampoco tenía demasiadas cosas que hacer. Solo necesitaba salir un rato de mi habitación y sentarme afuera.
Hay algo lindo en estar sola cuando no te sentís sola.
El aire fresco, el ruido de la gente pasando, alguna conversación que escuchás de lejos, el café enfriándose lentamente porque te quedaste pensando en cualquier cosa.
Y por un momento no tuve que hacer nada.
No tuve que responder mensajes, resolver algo, pensar en el futuro ni intentar entender lo que sentía.
Solo estaba ahí.
Pensando que quizás la vida también está hecha de estos momentos que parecen no significar nada.
Un café.
Una canción sonando bajito.
Caminar sin apuro.
Encontrar una flor en el camino y detenerte a mirarla como una idiota.
Volver a casa con la sensación de que no pasó nada y, aun así, sentirte un poquito más liviana.
Creo que estoy aprendiendo a disfrutar de mi propia compañía.
No porque no quiera compartir mi vida con otras personas, sino porque también quiero conocer esta versión de mí que existe cuando nadie más está alrededor.
La que piensa demasiado.
La que observa.
La que se queda mirando el cielo.
La que imagina historias sobre desconocidos.
La que puede pasar veinte minutos tomando un café y preguntándose qué estará haciendo dentro de cinco años.
Quizás no necesito saberlo todavía.
Hoy tengo café.
Tengo aire fresco.
Tengo tiempo.
Y por ahora, eso alcanza.