Dentro de mí yace un mar,
del cual solo podías recibir una gota.
A medianoche te entregaba el tesoro del día
y nunca te atreviste a mirar siquiera las primeras monedas.
Todas las joyas que te traía,
aunque te las entregaba, se quedaban conmigo.
¿Alguna vez harás sentir que algo vale la pena?
El niño que tomó un lienzo y unas cuantas pinturas
te dedicó tres rosas en el cielo.
Emocionado, con brillo en sus ojos,
empujaba las horas para apresurar el encuentro contigo.
Apareció la oscuridad,
la luna iluminaba el lienzo dibujado en lo alto.
Escuchaste la voz de aquel niño que llamaba a tu puerta;
saliste hasta la sombra de la entrada,
tus palabras fueron: "Gracias."
De inmediato, fugaz, entraste:
roca de nieve en un cuerpo.
Algo se rasgó esa noche,
y no fue el cielo pintado con rosas.
Marchito, guardó sus colores;
tragando un vacío, limpiaba sus ojos.
Aunque no dijo nada al irse,
el color de su corazón seguía suspendido en el cielo.
El mar es igual a ti, pequeño niño,
y nunca se ha disculpado por ser intenso y profundo.
— Evangs Aherdy