Vi el piso
caer poco a poco.
Cómo se movía
debajo de mis pies.
Cómo el miedo
y la parálisis
me invadían.
Caí en la profundidad
de un abismo
que me tragó
por completo.
Todo era oscuro
y frío.
Miré al cielo,
y no estaba.
Caminé,
sin más que hacer,
por aquel infierno
plagado de soledad
y malos pensamientos
que gritaban
en toda mi mente.
Pensé
en rendirme.
En morir congelada,
en silencio y sola.
Me cansé de la soledad
y del dolor inagotable.
La oscuridad dejó
de dar miedo
y las voces
se volvieron
mis amigas.
Y ya no miré al frente,
sino arriba.
Allí está el cielo
desaparecido.
Trepé.
Me aferré a la tierra,
a las raíces,
a las piedras.
Fueron mi escalera,
como fueron mi cárcel.
Me cansé,
más de una vez
y lloré más de tres,
pero abajo dolía más
que trepar
a lo desconocido.
La claridad se acercó,
me cegó
y creí que era
mi enemiga.
Pero pude ver
el mundo
y verme.
El hueco donde estaba
se ve oscuro
desde aquí arriba.