Los días han sido aburridos.
Hablamos como siempre,
nos acostamos,
y veo en tu mirada
que el invierno
ha empezado
a llegar.
Tus palabras se acortan
y el tiempo juntos se siente
como si el Sol y la Luna
se encontraran.
Te digo lo que hay en mi cabeza,
en como te veo con luz
pero tú solo me miras.
¿Por qué estás tan callado
últimamente?
Estamos en mi habitación
y las cosas han ido mal,
digo que es mi intensidad,
tu no dices nada,
digo que quizás sea ella
y la habitación se congela.
Quiero mirar los mensajes dije
y hablas, y hablas y hablas.
Puedo ver tu mirada oscura
y, quizás sea mi mala percepción,
pero veo la burla en tus labios.
Supe que era tiempo de irme.
Todo se cortó de repente.
No volviste,
y te busqué
una y dos y tres.
Tus respuestas siempre
fueron insuficientes para
mi gran querer.
Ya no estás.
Es mi culpa por irme,
o es tu culpa por no quedarte...
Da igual ya.
Doce y aún te lloro
como un vivo llora a su muerto,
aún te recuerdo con claridad
y te sueño todo el tiempo.
Me aferro al dolor,
es lo único que nos une.
Veinticuatro y contando,
tu recuerdo es borroso,
ahora todo es claro bajo el sol.
Nada fue repentino
y nada fue un error.
Me fui cuando debía.
No volviste y me salvaste
de mí misma.
Tu silencio fue la barrera
que me forzó a seguir.
Gracias por eso.
El llanto,
el dolor,
y los gritos
se han ido,
como nos hemos ido nosotros.
La tumba se selló
y nuestros caminos
están
divinamente
divididos.