Saltar al contenido
Cargando…

TREINTA Y UN PAQUETES

Tux
Pensamiento

Pensamiento

jpardo48

Treinta y un paquetes de cuatro al mes durante quince años salen más de veinte mil velas para un perro. Y el pueblo con lo del cabrito. Que el viejo lo sabía y se reía por dentro, eso lo firmo.

Treinta y un paquetes de cuatro al mes durante quince años salen más de veinte mil velas para un perro. Y el pueblo con lo del cabrito. Que el viejo lo sabía y se reía por dentro, eso lo firmo.

Contenido de la publicación

Cuando uno pasa toda su infancia y parte de su juventud detrás del mostrador de un almacén de ramos generales, hay cosas que termina sabiéndose de memoria.

En aquellos tiempos, cuando todavía no existían los supermercados en los pueblos, los almacenes de ramos generales eran algo extraordinario. Se vendía de todo. Desde una aguja hasta una bolsa de harina de cincuenta kilos. Herramientas, telas, alpargatas, clavos, remedios para los animales, comestibles y tantas otras cosas que uno podía pasar la vida entera trabajando allí y seguir descubriendo mercadería escondida en algún estante.

La gente de los campos acostumbraba comprar para todo el mes.

Las listas llegaban escritas en papeles de cualquier tamaño y con clarísimos errores de ortografía (seboya, arina, yerva). Algunas eran largas, otras apenas ocupaban media hoja, pero casi todas comenzaban igual.

Cincuenta kilos de harina. Diez de grasa. Cinco de sal. Diez de azúcar. Cinco de yerba. Diez de fideos, repartidos entre entrefino y cinta. Después venían las papas, el extracto de tomate, los ajos, las cebollas y las cosas particulares de cada familia.

En aquellos años la electricidad apenas existía en el pueblo. En el monte por las noches, la luz la daban las lámparas de gas, así que nunca faltaban las mechas de repuesto ni los tres o cuatro paquetes de velas que la gente acostumbraba llevar por cualquier necesidad.

Recibíamos las listas durante la mañana, preparábamos los pedidos y por la tarde salíamos a repartirlos en camión o camioneta.

Siempre tratábamos de salir temprano.

Había que internarse por caminos de tierra que atravesaban los montes santiagueños, doblar en alguna tranquera, seguir una huella apenas visible y, de vez en cuando, preguntar en un rancho si estábamos yendo bien.

Conocíamos a casi todos nuestros clientes. Sabíamos quién compraba más azúcar porque tenía muchos chicos, quién pedía tabaco, quién necesitaba alambre y quién siempre se olvidaba de alguna cosa.

Pero había una lista que me llamaba particularmente la atención.

La de Juanino.

Era bastante parecida a las demás, salvo por un detalle.

Treinta y un paquetes de velas.

Todos los meses.

Ni treinta ni treinta y dos.

Treinta y uno.

Y eran paquetes de cuatro velas cada uno.

Juanino era un viejo de monte. Por aquellos años andaba cerca de los ochenta y cinco. Vivía solo, en un rancho perdido entre los itines y algarrobos, bastante lejos del pueblo.

Tenía la piel oscura y reseca, de esas que parecen haberse ido haciendo del mismo color que la tierra. Era flaco, con las manos grandes y los dedos torcidos por tantos años de trabajo. Caminaba algo encorvado, pero todavía conservaba una fuerza que uno no esperaba encontrar en un hombre de su edad.

Sin embargo, no era su aspecto lo que llamaba la atención. Eran las cosas que se decían de él.

Algunos aseguraban que practicaba magia negra. Otros contaban que conocía oraciones antiguas, de esas que solamente podían aprenderse haciendo un pacto con el diablo en la salamanca.

Había quienes juraban haberlo visto convertirse en un cabrito durante las noches. Yo nunca supe quién había visto aquello, pero todos parecían conocer a alguien que sí.

Una tarde, después de que Juanino pasara por el almacén, una señora se acercó al mostrador.

—¿Sabés una cosa, Javi?

—¿Qué pasó?

Se inclinó un poco hacia mí, como si fuera a contarme un secreto.

—Ese viejo estuvo muerto.

La miré.

—¿Cómo que estuvo muerto?

—Muerto, chango. Y volvió a vivir.

—¿Y cómo hizo?

La mujer bajó la voz.

—Dicen que le vendió el alma al diablo.

Después se fue, dejándome con aquella explicación que, para un chico de mi edad, era más que suficiente.

Porque cuando uno es pibe y escucha a los adultos hablar con tanta seguridad, cuesta pensar que puedan estar equivocados.

Y si todos dicen que un hombre hizo un pacto con el diablo, uno termina creyendo que algo de cierto debe haber.

En el almacén tampoco ayudaban demasiado. Cada vez que Juanino aparecía con su lista, los mayores encontraban alguna ocupación urgente. Uno tenía que acomodar bolsas. Otro salía al galpón a buscar vaya saber qué.

Alguno desaparecía misteriosamente detrás de una pila de cajones. Y al final me tocaba atenderlo a mí.

—¿Cómo andás, changuito? —me decía.

—Bien, don Juanino.

—Ahí te dejo la lista, pues. Fijate que no me falten las velas.

Nunca le faltaban. Yo mismo me encargaba de contarlas. Treinta y un paquetes. Y cada vez que los acomodaba en una caja me preguntaba qué podía hacer un hombre solo con semejante cantidad.

Su rancho quedaba a unos quince kilómetros de la ruta, y la ruta a otros quince del almacén. Era el último cliente de aquel camino. Por eso acostumbrábamos llevarle primero su pedido y después regresar entregando la mercadería de las otras familias. El problema era que siempre recibíamos las mismas quejas.

—¡Pero si pasan por aquí! ¿Por qué no nos dejan las cosas de ida? ¡Nos hacen esperar al cuete!

Y tenían razón. Pero había una razón por la que preferíamos hacerlo de aquella manera. Nadie quería llegar al rancho de Juanino cuando oscurecía.

Aquel invierno fue uno más de tantos que pasé trabajando en el almacén.

Era junio y las tardes se hacían cortas. El sol empezaba a bajar cuando todavía quedaban cosas por hacer, y en cuanto desaparecía detrás del monte, el frío parecía salir de la misma tierra.

Ese día me tocó hacer el reparto solo.

Preparé la camioneta, revisé las listas y acomodé la mercadería de manera que pudiera ir sacando los pedidos sin tener que descargar todo.

El de Juanino quedó cerca del fondo de la caja. Salí después del almuerzo. No quería que me agarrara la noche en aquellos caminos.

Pero las cosas no salieron como las había planeado. En la primera casa me pidieron que bajara las bolsas. En otra tuve que esperar que buscaran el dinero. Después un hombre me hizo detener la camioneta porque necesitaba cambiar un producto que le habíamos mandado equivocado.

Y así, entre una cosa y otra, fui dejando los pedidos a medida que avanzaba. Cuando quise acordarme, solamente me quedaba uno. El de Juanino.

Miré el sol. Ya estaba bastante bajo.

Me faltaban unos tres kilómetros para llegar a su casa.

Todavía recuerdo las ganas que tuve de dar vuelta la camioneta y regresar al pueblo. Podía decir que se me había hecho tarde. Que el camino estaba malo. Que había tenido algún problema. Cualquier explicación era mejor que encontrarme con aquel viejo después de que apareciera la luna.

Pero también sabía que al día siguiente tendría que volver a hacer los treinta kilómetros. Así que seguí.

Los últimos tramos del camino eran angostos. Las ramas de los quebrachos y los algarrobos avanzaban sobre la huella y, en algunos lugares, rozaban los costados de la camioneta.

Prendí las luces. No porque estuviera completamente oscuro, sino porque debajo de los árboles ya costaba distinguir el camino.

Miraba hacia adelante, pero cada tanto se me iban los ojos hacia los costados. Me acordaba del cabrito. Del pacto. De la señora del almacén. Y de los treinta y un paquetes de velas.

Cuando vi la tranquera abierta sentí un alivio enorme. Por lo menos había llegado. El rancho estaba unos metros más adentro. Desde el camino distinguí una luz amarillenta que salía por la puerta. Juanino tenía encendida su lámpara.

Él estaba parado afuera.

Su figura flaca apenas se recortaba contra la claridad. Levantó una mano y me hizo señas para que me acercara. Entré.

Di vuelta la camioneta y la acomodé de culata hacia una mesa grande que tenía junto al rancho.

Dejé el motor encendido. No pensaba quedarme más de lo necesario.

—¡Por fin llegaste, changuito! —me dijo cuando bajé—. Hace dos horas que te estoy esperando.

—Disculpe, don Juanino. Me fueron atajando por el camino. Todos querían que les bajara primero las cosas. El viejo miró la caja de la camioneta.

—Y bueno, pues. Así es la gente. Dale, vamos a bajar.

Subí a la caja y empecé a arrimar los bultos. Trabajaba rápido. Demasiado rápido.

Una bolsa se me cayó sobre otra, casi vuelco una caja y estuve a punto de romper unos frascos de tomate triturado.

Juanino me ayudaba desde abajo.

—Despacio, chango. Mirá que la mercadería no tiene la culpa de que andés apurado.

Me reí por compromiso. Quería terminar. Mientras él acomodaba las bolsas sobre la mesa, yo buscaba las cajas más pequeñas. En una de ellas estaban las velas. La abrí.

Juanino se acercó enseguida.

Empezó a revolver entre los paquetes, apartando algunos con las manos. Encontró uno, lo sacó y se fue caminando hacia el costado del rancho. No dijo nada.

Lo vi desaparecer detrás de la casa con las velas en la mano. Ahí sí me empezó a ganar el miedo. Aceleré el trabajo. Bajé las últimas cosas, cerré la caja de la camioneta y me subí.

Miré hacia el rancho. Juanino todavía no aparecía. Mejor.

Pisé el embrague, puse primera y aceleré. Pero estaba tan nervioso que solté el pedal de golpe. La camioneta dio un salto y se paró.

—¡La puta madre! —murmuré.

Giré la llave.

El motor intentó arrancar, pero no pudo.

Volví a probar. Nada.

Las luces seguían encendidas. Intenté una tercera vez. Y entonces, cuando levanté la cabeza del tablero, lo vi. Juanino estaba parado delante de la camioneta. No lo había escuchado llegar. Me dio un golpe seco sobre el capot. Después caminó hacia mi ventanilla.

Yo tenía una mano sobre la llave de contacto y la otra tanteando el asiento. Siempre llevaba un cuchillo conmigo. Era una costumbre de aquellos repartos por el monte.

Pero aquella tarde no estaba a mi lado. Lo había dejado en el torpedo. Del otro lado. Donde no podía alcanzarlo sin que el viejo se diera cuenta.

Juanino se detuvo junto a la puerta. Se inclinó un poco para mirarme.

—¿Mierda que andas apurado, chango?

Intenté sonreír.

—Estoy cansado, don. Quiero llegar a casa a comer y dormir.

El viejo miró las luces.

—Apagá eso, pues.

—¿Qué cosa?

—Las luces, hijo. ¿No ves que le estás pidiendo fuerza a la batería? Apagalas y dale arranque otra vez.

Obedecí. Giré la llave. El motor arrancó enseguida. Solté el aire que tenía guardado en el pecho.

—¿Has visto? —dijo Juanino—. No era pa tanto.

Apoyó una mano sobre el marco de la ventanilla.

—Ah, y otra cosa. Me has mandado treinta paquetes de velas nomás. Falta uno.

Sentí que el corazón volvía a golpearme. Me había olvidado de contar los paquetes antes de salir.

—Uy, perdone, don Juanino. Mañana les digo que se lo manden.

El viejo movió la cabeza.

—No hace falta, changuito. Este mes tiene treinta días. Con esos me alcanza.

Asentí.

Pero entonces ocurrió algo que todavía hoy no sé muy bien cómo explicar. El miedo no se me había ido, pero la curiosidad empezó a ser más grande. Aquella pregunta me venía acompañando desde hacía años. Y allí estaba yo, con el hombre que podía responderla, a menos de un metro.

—Don Juanino...

—¿Qué pasa, hijo?

—¿Le puedo preguntar una cosa?

Me miró un instante.

Después sonrió.

—Ya sé qué me vas a preguntar.

No dije nada.

—Vos también has escuchado las cosas que andan diciendo de mí, ¿no?

Sentí que se me calentaban las orejas.

—No, don, yo...

—No me mintás, chango. Si hasta acá llegan los cuentos.

Se acomodó el sombrero.

—No hice trato con el diablo. Ni me convierto en cabrito por las noches. Mirá si voy a andar haciendo esas cosas a estas alturas.

Soltó una risa breve. Yo también me reí. Esta vez de verdad.

—¿Y las velas, don?

Juanino dejó de sonreír.

Miró hacia el costado del rancho, por donde había desaparecido unos minutos antes.

—Ah, las velas...

Se quedó un momento callado.

—Esas son pa Lalo.

Esperé que siguiera hablando. Pero no dijo nada.

—¿Y quién es Lalo?

El viejo se apoyó un poco más sobre la ventanilla.

—Te voy a contar una cosa, changuito.

Yo seguía con el motor encendido.

—Hace quince años, cuando tenía setenta, me fui a trabajar a un desmonte. Habíamos agarrado unas hectáreas pa limpiar. Era trabajo duro, pero pagaban bien.

Se pasó una mano por la cara.

—Ya habíamos sacado casi todo. Quedaban unas raíces grandes, de esas que te hacen renegar con el pico. Las teníamos marcadas con banderitas pa no olvidarnos de ninguna.

Hizo una pausa.

—Yo quería terminar de una vez. Así cobrábamos y nos volvíamos cada uno pa su casa.

El viejo miró hacia el monte.

—Una siesta agarramos el pico con Ramón y nos pusimos a desraizar. ¡Qué calor hacía, chango! El sol te rajaba la cabeza. Y nosotros, por porfiados, seguíamos dándole. Ya no éramos mozos ninguno de los dos, pero nos creíamos todavía capaces de voltear el monte entero.

Sonrió apenas.

—A la tardecita me empecé a sentir mal.

Se tocó el pecho.

—Primero fue un mareo. Después un frío que me agarró por dentro. Mirá vos, con aquel calor y yo temblando como si estuviera en pleno invierno.

Se quedó callado. Yo ya no miraba el camino.

—Me llevaron a la ranchada que habíamos armado ahí nomás, entre las cortinas del desmonte. Me tiraron en un catre de mala muerte.

—¿Estaba enfermo?

—Fiebre, chango. Una fiebre bárbara. No sabía ni dónde estaba. Los ojos me quemaban. Escuchaba gente hablando, pero no entendía qué decían.

Se acomodó contra la puerta.

—Así pasé cuatro días.

—¿Cuatro días?

—Cuatro. O eso me dijeron después. Yo no los pude contar.

El viejo bajó un poco la voz.

—Me acuerdo de que tenía mucha sed. Y de que por momentos sentía algo fresco en la frente. Como si alguien me pusiera un trapo mojado.

Lo miré.

—¿Y sus compañeros?

—Se fueron.

—¿Cómo que se fueron?

—Y... se fueron, hijo. Después supe que encargado los pasó a buscar. Capaz pensaron que me estaba muriendo. Capaz creyeron que ya me había muerto. No sé. Tampoco puedo andar culpando a nadie por lo que no me acuerdo.

Miró sus manos.

—A esa edad ya sos viejo pa esos trabajos. Un poste de descarte, como quien dice.

Se quedó unos segundos mirando los dedos.

—Lo cierto es que cuando desperté no había nadie.

Levantó la cabeza.

—Era de mañana. Tenía la boca seca, las piernas flojas y un dolor en el cuerpo que no te puedo explicar. Pero estaba vivo.

—¿Y cómo hizo para curarse?

—Eso quisiera saber yo, chango.

Sonrió con tristeza.

—Tenía un trapo húmedo sobre la frente. No sé quién me lo puso ni cuántas veces me lo habrán cambiado. De esos cuatro días no sé cuánto tiempo estuve solo y cuanto acompañado.

Guardó silencio.

—Pero Lalo estaba ahí.

Esperé.

—Al costadito del catre mugroso. Tirado en el suelo.

Juanino tragó saliva.

—Lo hablé.

La mirada se le perdió un momento.

—No respondió.

Otra pausa.

—Le volví a hablar más fuerte. Entonces estiré la mano y lo quise despertar. Pero no respondió.

El viejo bajó los ojos.

—Todavía estaba tibio y suave, changuito.

No supe qué decir.

—No estaba duro, como se ponen los cuerpos cuando ya la muerte se llevó el alma. Por eso sé que había partido hacía poquito.

Juanino se sacó el sombrero.

—Yo no sé qué pasó aquellos cuatro días. No sé cómo aguanté la fiebre ni por qué desperté cuando ya parecía que no había remedio. Lo único que sé es que Lalo no se movió de mi lado.

Pasó un rato antes de que volviera a hablar.

—Cuando pude levantarme, lo traje de vuelta. Está enterrado aquí, al costado del rancho, debajo de aquel algarrobo.

Miré hacia donde señalaba.

Entre las sombras alcanzaban a distinguirse cuatro pequeñas llamas.

—Desde entonces le prendo cuatro velas todos los días —continuó—. Una por cada día que estuvo cuidándome.

Se puso nuevamente el sombrero.

—A lo mejor te parece una tontería. Pero yo estoy seguro de que él me sostuvo hasta que pude volver. Y cuando vio que ya estaba bien, recién entonces se dejó ir.

El motor de la camioneta seguía encendido. Yo había olvidado por completo que quería marcharme.

Miré otra vez hacia el algarrobo. Después al viejo. Había algo que todavía no terminaba de entender.

—¿Y Lalo quién era, don Juanino? ¿Su hijo?

El viejo me miró.

—¿Mi hijo?

Sonrió apenas y negó con la cabeza.

—No, changuito.

Volvió los ojos hacia las cuatro llamas.

—Lalo era mi perro.

Y después de un silencio agregó:

—El único que no me dejó solo.

Thoughts

  • jpardo48

    Treinta y un paquetes de cuatro al mes durante quince años salen más de veinte mil velas para un perro. Y el pueblo con lo del cabrito. Que el viejo lo sabía y se reía por dentro, eso lo firmo.

    Permalink
  • pasaporteVencido

    Cuatro velas por día, paquetes de cuatro, uno por cada día del mes. El pedido de Juanino era un calendario y en el almacén lo leían como brujería. La señora del mostrador seguro nunca hizo la cuenta.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

Pública 5 conversaciones 7 pensamientos 68 votos positivos 0 votos negativos 0 series

Cuando uno pasa toda su infancia y parte de su juventud detrás del mostrador de un almacén de ramos generales, hay cosas que termina sabiéndose de memoria.

En grupos