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Tomas Torres

Amortes22
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Ese día regresaba de un arduo dia de trabajo a casa, en la parada de autobús el transporte esperaba llenarse para salir, eran las 6pm de la tarde y el sol de veía cayendo sobre el horizonte, cuando…

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Pensamiento

Pensamiento

dlozano92

Parce, los cuatro años sin libreta ni pruebas de realidad me parecieron lo más humano de todo. Uno se asusta con algo y en vez de enfrentarlo lo deja quieto, duerme como la gente común y listo. A mí me pasó con otra cosa, nada de sueños: dejé algo parado

Parce, los cuatro años sin libreta ni pruebas de realidad me parecieron lo más humano de todo. Uno se asusta con algo y en vez de enfrentarlo lo deja quieto, duerme como la gente común y listo. A mí me pasó con otra cosa, nada de sueños: dejé algo parado un buen rato por puro susto y cuando volví ya no se veía tan grande. Apuesto a que el Tomás del bus todavía se acuerda de esa franela empapada.

Contenido de la publicación

 

 Ese día regresaba de un arduo dia de trabajo a casa, en la parada de autobús  el transporte esperaba llenarse para salir, eran las 6pm y el sol  de veía cayendo sobre el horizonte, cuando  de repente un joven de unos treinta años se sentó a mi lado, entre el movimiento del trayecto  y la cola en la autopista (Aprox.4 horas) comenzamos a conversar y de pronto, me confió una historia irreal, fantasiosa, difícil de creer, fácil de entender, el joven la contaba con total seguridad, como si la realidad emergiera de un banco de palabras y oraciones racionales. Sin embargo, muy dentro de mí, sentía que era posible y factible, encarnaba después de todo, mi más grande anhelo.

 La curiosidad me envolvió de tal manera que me vi impulsado a plasmar su relato en estas páginas, decidido a bautizar esta obra con su propio nombre.  Fue casi al final del camino, llegando a su destino a eso de las 10;00  de la noche, cuando al fin le pregunté: 

 - ¿cómo te llamas?? y su respuesta le dio sentido a todo: 

- TOMAS TORRES, el navegante Onironauta.

Su historia;

     Tomás Torres tenía solo doce años cuando descubrió, entre sábana y sábana, que las leyes de la física eran para  principiantes. Aquella noche no fue una de esas en las que uno sueña con monstruos bajo la cama o con los niños del colegio. No, señor. Tomás tuvo una epifanía nocturna en toda regla: despertó dentro de su propio sueño. Y lo mejor de todo no fue darse cuenta de que estaba soñando, sino percatarse de que el control remoto de ese universo lo tenía él en las manos.

—A ver, Tomás —se dijo a sí mismo dentro de su cabeza de doce años—, si todo esto es mío... ¿para qué caminar si puedo volar? Y así, sin pedirle permiso ni a la gravedad ni a sus padres, dio un saltito travieso, agarró impulso y ¡pum! Adiós piso. Mientras cualquier otro niño se habría asustado con la altura, el pequeño Tomás soltó una carcajada de auténtica picardía. Desplegó los brazos como si fuera el dueño y señor del aire y ascendió sin el más mínimo miedo. La ciudad entera se desplegó abajo como un gigante maquetado solo para su entretenimiento: los techos de las casas parecerían fichas de dominó, los carros focos encendidos jugando a las carreritas y las farolas pequeños destellos para guiar su travesura aérea. Podía ir hacia donde quisiera. ¿Que quería ser un ave en el aire? Lo hacía. ¿Guiñarle el ojo a las palomas que lo miraban desorbitadas? Hecho. Tenía el superpoder absoluto de dominar su propia realidad mientras su cuerpo dormía plácidamente en el colchón. Esa noche, Tomás Torres no sólo soñó: conquistó el cielo, le sacó la lengua a la gravedad y demostró que, cuando uno manda en sus propios sueños, ni el cielo es el límite.

     A los quince años, Tomás Torres ya no era un novato en las artes del escapismo nocturno, pero estaba a punto de graduarse con honores. Tras años de disfrutar de sus escapadas aéreas en secreto, un buen día decidió meter las narices en internet y ¡vaya descubrimiento! Resulta que sus travesuras mientras dormía tenían nombre científico: sueños lúcidos. Es decir, existía toda una disciplina dedicada a convertir la mente en un parque de atracciones sin boleto de entrada.  Con esa sonrisa de complicidad de quien sabe que acaba de descubrir un mapa del tesoro, Tomás puso en marcha su plan de entrenamiento para convertirse en el arquitecto definitivo de sus sueños.

- Primero, adoptó la rutina del diario de sueños. Colocó una libreta y un bolígrafo en la mesa de noche como si fuera un detective tras la pista de un crimen perfecto. Cada mañana, apenas abría un ojo, garabateaba antes de que los detalles se evaporaran. "Hoy volé sobre el tejado del vecino y le cambié el color al carro del profesor de matemáticas", anotaba entre risas, entrenando a su memoria para no dejar escapar ni un solo trozo de magia.

- Luego vinieron las pruebas de realidad, su parte favorita durante el día. Tomás caminaba por el colegio o por la casa y, de repente, se detenía con aire misterioso a mirarse las manos. Contaba los dedos con sospecha: uno, dos, tres, cuatro, cinco... bien, sigo despierto. O intentaba leer el cartel de la cafetería dos veces seguidas para ver si las letras jugaban a cambiar de lugar. La gente lo miraba raro, pero él solo sonreía para sus adentros; sabía que esa pequeña paranoia diurna era el billete de entrada para mandar en el plano astral de noche.

-Y para rematar la faena, la técnica del despertar. Ponía la alarma un poco antes de lo habitual, se levantaba con cara de sueño, daba un par de pasos por la habitación para despistar al cerebro y volvía a meterse entre las cobijas con una sola idea fija en la mente: "Ahorita regreso, y esta vez yo pongo las reglas".

     Tomás Torres descubrió que la pubertad venía con un superpoder inesperado: si se daba cuenta de que estaba soñando, podía convertir sus noches en una película de Hollywood donde él era el protagonista indiscutible. Para un adolescente de quince años con las hormonas a mil y bastante imaginación, controlar los sueños era mejor que cualquier videojuego.

Una noche, Tomás cayó en un sueño profundo. De pronto, se vio caminando por el pasillo del colegio. Todo parecía normal, hasta que notó que el profesor de Matemáticas llevaba un sombrero de charro gigante y los casilleros eran de color rosa fosforescente.

—Un momento... —pensó Tomás.  Se miró las manos y vio que sus dedos parecían plastilina. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en el rostro—. ¡Estoy soñando!

En un segundo, la magia comenzó. Hizo desaparecer el examen sorpresa que tenía en la mano con solo soplarlo. Luego, decidió que el uniforme escolar era demasiado aburrido y lo transformó en una chaqueta de cuero digna de una estrella de rock.

Caminó por el pasillo como si fuera el dueño del lugar. Al fondo, cerca de la cafetería, vio a la chica más popular de tercer año, la misma que en la vida real ni siquiera sabía cómo se llamaba él. Tomás respiró hondo, chasqueó los dedos y de la nada apareció un foco de luz sobre él, mientras sonaba de fondo una música de saxofón súper dramática.

Se acercó a ella apoyándose en un casillero con la pose más galán que pudo improvisar.

—Hola —dijo Tomás, bajándose unas gafas de sol que hizo aparecer en su rostro—. ¿Vienes seguido a mis sueños o es tu primera vez?

La chica se sorprendió, impresionada por semejante despliegue de carisma. Tomás, sintiéndose el rey del mundo, decidió impresionar todavía más: quiso hacer aparecer un ramo de rosas rojas detrás de su espalda para entregárselo como todo un caballero. Pero a los quince años, el subconsciente es traicionero y carece de elegancia. En lugar de un ramo de rosas, de sus manos brotó una pizza gigante de pepperoni chorreando queso caliente. Y antes de que pudiera reaccionar o disimular, la gravedad del sueño falló y la pizza salió disparada hacia arriba, pegándose en el techo del pasillo antes de caerle a él directamente sobre la cabeza.

—¡Es parte del truco! —alcanzó a gritar Tomás, completamente cubierto de salsa y queso imaginario, justo antes de que el pasillo empezara a dar vueltas como una licuadora.

El sobresalto lo hizo despertar de golpe. Tomás apareció petrificado en su cama, con el corazón latiendo a mil, la respiración agitada y la mano extendida como si todavía sostuviera la pizza. Se tocó la cabeza rápidamente para comprobar si tenía queso real. Nada. Solo despeinado y con una vergonzosa mancha de sudor por la adrenalina.

Aún en penumbras y frotándose los ojos, estiró el brazo hacia la mesa de noche, tomó su cuaderno escolar de cuadrícula pequeña y su bolígrafo azul mordido, y se puso a escribir rápidamente antes de que los detalles se le escaparan.

Diario de Sueños de Tomás Torres (15 años)

Fecha: 12 de octubre

Nivel de lucidez: 9/10 (Hasta el incidente gastronómico).

Anotaciones de hoy:

¡Lo logré otra vez! La prueba del casillero rosa funcionó perfecto para darme cuenta. Desintegré el examen de Matemáticas (10/10 en satisfacción).

Entré en modo galán en el pasillo. Ajusté vestuario (chaqueta de cuero) y efectos de sonido. La interacción con la chica de 3ro B iba excelente, química total.

Errores técnicos a corregir urgente: ¡CONTROL DE MATERIALIZACIÓN! Pedí rosas, no una pizza familiar. El subconsciente me traicionó porque me fui a dormir con hambre.

Practicar cómo mantener la dignidad cuando te cae queso derretido en la cara frente a la chica que te gusta.

Conclusión: Iba para ser el mejor sueño del año, pero terminó como comedia de televisión. Mañana no ceno tan ligero antes de dormir para evitar distracciones de comida.

     Tomás cerró el cuaderno de un manotazo, lo escondió debajo de la almohada por si a su mamá se le ocurría entrar a revisar la habitación, y se volvió a acurrucar sonriendo. Al menos en sus sueños, incluso las metidas de pata eran divertidas.

     A los dieciocho años, Tomás Torres ya no solo dominaba el arte de los sueños lúcidos: era prácticamente el director de cine, el guionista y el actor estrella de su propia superproducción nocturna. Si a los quince era un aprendiz con libreta, a los dieciocho se sentía el dueño absoluto de la llave del multiverso... y no pensaba desperdiciarla en cosas aburridas.  Aquella noche decidió que era hora de estrenar la mayoría de edad con una aventura a la altura de sus espectaculares dieciocho. Así que se acostó, hizo su habitual chequeo mental, miró sus manos en la penumbra del sueño para confirmar que las leyes terrestres habían quedado suspendidas, y con un guiño al vacío pensó: "Que empiece la fiesta".

     De un brinco atravesó la ventana de su habitación, pero esta vez no se conformó con ver la ciudad desde arriba. Ajustó su mente como quien cambia de canal en la televisión y transformó el cielo en un escenario sacado de una película de acción de gran presupuesto. En un parpadeo, estaba sobrevolando una metrópolis futurista llena de luces de neón, esquivando autos voladores a mil por hora mientras sonreía con esa picardía que lo caracterizaba desde niño. ¿Un dragón cruzando entre los rascacielos? ¿Por qué no? Tomás chasqueó los dedos y convirtió a la criatura en una elegante patineta flotante sobre la que descendió a toda velocidad por la fachada de un edificio de cristal. Desde las ventanas, personajes imaginarios y viejos conocidos de su vida real lo miraban con la boca abierta. Tomás solo les saludaba con dos dedos en la frente, sacándoles la lengua mientras hacía piruetas imposibles en el aire.

     Se aterrizó en medio de una fiesta clandestina en la terraza más alta de la ciudad, donde la música retumbaba al ritmo de su propio pulso. Con un solo gesto de la mano, hizo que llovieran confetis de colores e improvisó un solo de guitarra imaginario que sonaba impecable (porque claro, en sus sueños, Tomás siempre tocaba como un profesional). Era el rey de la noche, invencible, libre y divertido. Nadie podía ponerle multas, nadie podía decirle a qué hora regresar a casa y la gravedad era solo una sugerencia bastante cómica.

     Cuando la luz de la mañana empezó a colarse por las persianas de su habitación, Tomás fue regresando poco a poco a la realidad, abriendo un ojo con una sonrisa de oreja a oreja grabado en el rostro. Se estiró entre las sábanas, miró el techo y pensó para sus adentros: "Tener dieciocho en la vida real está bien... pero en mis sueños, definitivamente soy peligroso, Pasaron apenas unos días desde sus grandes hazañas nocturnas, y Tomás Torres aprendió por la mala que el reino de la mente no siempre acata las órdenes del monarca.

     Una noche no hubo plan previo, ni guion fantástico, ni acrobacias en el aire. Fue un sueño de esos que se infiltran por la puerta trasera de la conciencia, sin permiso y sin aviso. De repente, Tomás no estaba sobrevolando ciudades de neón ni convirtiendo dragones en patinetas; se encontraba en un espacio denso, pesado, donde el ambiente se sentía peligrosamente real. Frente a él emergió una figura. Era una silueta alta, oscura, cuya sombra parecía tragar la luz a su alrededor. Pero lo que verdaderamente cortaba el aliento no era su tamaño, sino sus ojos: dos orbes claros, penetrantes, que emanaban una energía aplastante de puro poder y una seguridad absoluta. No era un monstruo torpe de caricatura; era una presencia implacable que no pedía permiso para estar ahí.

Para Tomás, el golpe de sensación fue devastador. Acostumbrado a ser el rey absoluto de su universo nocturno, se vio despojado de todo su repertorio de trucos en un segundo. Intentó cambiar el escenario, chasquear los dedos, volar... nada funcionó. El pánico lo tomó por completo. El corazón le retumbaba en el pecho como un tambor desbocado, a un millón por hora, mientras la figura daba un paso firme hacia él.  Atrapado en su propio territorio, Tomás sintió la angustia claustrofóbica de quien quiere gritar y no le sale la voz, de quien ruega por despertar pero tiene los ojos pegados al abismo del sueño. Fue un pulso agónico contra su propia mente, una lucha frenética por romper el hechizo antes de que la sombra lo alcanzara. Con un último tirón desesperado de voluntad, se arrancó del sueño.  Salió disparado hacia la realidad de golpe, dando una bocanada de aire como si saliera del agua. Estaba en su cama, pero el peligro aún se sentía latiendo en la habitación. Tenía la franela completamente empapada de sudor frío y el pecho agitado. Los latidos seguían resonando en sus oídos mientras la luz del amanecer empezaba a colarse por la ventana, pero ni el día logró calmar el torbellino en su cabeza.

     Durante todo el día, el Tomás confiado y pícaro estuvo ausente. Caminó en automático, distraído, sintiendo en la nuca el peso de esos ojos claros y esa presencia imponente. Por primera vez en muchos años, Tomás Torres comprendió que el mundo de los sueños no era solo su parque de juegos... sino un territorio vasto donde también habitaban fuerzas que no se dejaban dominar.

     Tomás Torres dejó pasar cuatro años enteros manteniendo una tregua con su propio subconsciente. El recuerdo de aquella sombra alta de ojos luminosos había congelado su afán de ser el rey de las alturas. Durante ese tiempo, prefirió dormir como la gente común: sin diario, sin pruebas de realidad y, sobre todo, sin jugar a ser Dios en la penumbra. Sin embargo, la mente tiene sus propios calendarios. En la víspera de su cumpleaños número veintidós, el destino nocturno le tenía preparada una cita que no figuraba en ningún plan.

De repente, se encontró en un espacio atemporal, en medio de un silencio tan denso que casi se podía tocar. Y ahí estaba otra vez. La misma figura imponente, alta, morena, de una presencia aplastante que hacía temblar la estructura misma del sueño. Sus ojos claros brillaban con la luz de una estrella lejana, irradiando una fuerza e intensidad casi insoportables. A Tomás le dio un vuelco el corazón. El viejo temor amenazó con paralizarlo de nuevo, con hacerle sudar la franela y buscar desesperadamente la salida de emergencia del despertar. La figura comenzó a caminar hacia él, paso a paso, con la seguridad de quien es dueño absoluto del terreno.

Pero esta vez, algo cambió dentro del Tomás de veintidós años. Ya no era el muchacho asustado de antes. La curiosidad, esa vieja chispa de picardía y audacia que siempre lo había definido, le plantó cara al miedo. Si ese ser iba a seguir rondando sus noches, más valía mirarlo a los ojos. Tomás plantó los pies firmes en el suelo del sueño, respiró hondo y, justo cuando la sombra estuvo a pocos pasos de distancia, rompió el protocolo de la física y de la prudencia.

Sin pensarlo dos veces, lo miró fijamente a esos ojos claros y soltó con voz firme:

—¿Quién eres?

     La figura se detuvo en seco. Por primera vez en años, un silencio expectante cubrió todo el universo de Tomás, mientras la misteriosa entidad aguardaba por responder... La figura no sonrió, pero en la profundidad de sus ojos claros se encendió un destello sagrado, una chispa de complicidad absoluta. Dio un último paso, tan cerca que Tomás pudo sentir cómo el peso del ambiente se transformaba en una calma infinita y vibrante.  La entidad abrió los labios y, con una voz que retumbó no en el aire, sino en la médula misma de Tomas Torres, respondió:

—Yo soy tu ser interior. Una revelación mística y tu guía inesperado... Soy tu SI y  tu NO, Soy tu libre albedrío, la conciencia que te acompaña para ayudarte a tomar decisiones.

     El impacto de aquellas palabras dejó a Tomás en un absoluto e hipnótico silencio. Todo encajó en un milisegundo. Aquella sombra que años atrás le había provocado un terror paralizante no era un enemigo, ni un demonio nocturno, ni una amenaza del más allá. Era él mismo. Era la representación pura de su propio poder, de su intuición, de esa sabiduría profunda que a veces la mente despierta ignora entre el ruido cotidiano. 

     La figura alta y morena extendió una mano hacia él, y la energía aplastante que emanaba dejó de sentirse peligrosa para convertirse en un manto de protección impenetrable.

—Has pasado años jugando a levitar y a moldear escenarios a tu antojo, Tomás —continuó la presencia, con una calidez que erizaba la piel—. Pero dominar los sueños no es solo hacer trucos en el aire; es aprender a gobernarte a ti mismo en la vida real. Aquí tienes el mapa, pero allá afuera es donde tomas las decisiones.

     Un escalofrío de comprensión recorrió a Tomás de pies a cabeza. Sintió cómo una sonrisa pícaramente madura comenzaba a dibujarse en sus labios. A punto de cumplir veintidós años, la vida le estaba entregando el mejor regalo de cumpleaños posible: el reencuentro con su propia fuerza.

—O sea que... —murmuró Tomás, clavando la mirada en los ojos claros de su propio reflejo cósmico— todo este tiempo estuve huyendo de mí mismo.

- La figura inclinó levemente la cabeza, sellando el pacto y confirmando.

     Tomás Torres no necesitó salir disparado del sueño esta vez. No hubo sudor frío ni corazón desbocado. Al abrir los ojos a la mañana siguiente, con el primer sol de sus veintidós años colándose por la ventana, Tomás Torres se estiró en la cama, miró sus manos con plena lucidez y sonrió. El juego no había terminado... apenas acababa de empezar, y esta vez, el piloto automático estaba apagado para siempre.

     A partir de ese cumpleaños número veintidós, Tomás Torres no volvió a ser el mismo. La revelación no sólo cambió sus noches; transformó radicalmente su forma de pisar la tierra. Ya no era el muchacho impulsivo que usaba la mente para hacer trucos de magia en el aire, ni el chico temeroso que salía huyendo del menor sobresalto. Ahora sabía quién llevaba las riendas. Y esa certeza le dio un toque de serenidad cargada de una picardía invencible.

     El primer cambio se notó en las pequeñas decisiones cotidianas. Antes, cuando Tomás se enfrentaba a un dilema —un trabajo que no le convencía, un conflicto con un amigo o la tentación de tomar el camino fácil—, solía dudar, pedir opiniones a medio mundo o postergar las cosas. Ahora, ante la duda, Tomás hacía una breve pausa. Cerraba los ojos un segundo, respiraba hondo y buscaba dentro de sí a esa figura de ojos claros. Era su "sí" y su "no" actuando en tiempo real. Aprendió a escuchar esa corazonada firme, su libre albedrío sin interferencias. Si su ser interior le decía que no, no había presión social en el mundo que lo hiciera ceder. Se volvió un maestro en decir que no con una sonrisa amable pero categórica, dejando a más de uno confundido por su repentina e inquebrantable seguridad.

     En el trabajo y los estudios, la transformación fue casi cómica. Ante situaciones de alto estrés donde todos a su alrededor entraban en pánico, Tomás mantenía una calma desconcertante. Mientras sus compañeros se ahogaban en un vaso de agua, él los miraba con esa chispita en los ojos que parecía decir: "Si supieran las cosas que he visto y esquivado mientras duermo, esto les parecería un juego de niños".

Esa energía de aplomo y poder que antes lo había asustado en el sueño, ahora la emanaba él en la vida real. La gente empezó a buscarlo instintivamente en momentos de crisis, atraído por su magnetismo y su claridad para resolver problemas. Pero la parte más divertida estaba en su actitud ante la vida. Tomás recuperó su picardía, pero corregida y aumentada. Ya no necesitaba levitar en sueños para sentirse libre; entendió que la realidad era su verdadero lienzo. Comenzó a tomar riesgos calculados, a emprender proyectos que antes le daban pánico y a disfrutar del presente sin el miedo al qué dirán.

     Por las noches, sus sueños lúcidos regresaron, pero cambiaron de tono. Ya no eran parques de atracciones descontrolados ni pesadillas claustrofóbicas. Eran reuniones de alto nivel en la cumbre de su propia mente. A veces, Tomás simplemente se sentaba en la cima de un rascacielos nocturno junto a esa figura imponente de ojos claros, a contemplar el infinito en silencio, como dos viejos socios que repasan el plan del día siguiente antes de que suene la alarma. Tomás Torres descubrió el secreto mejor guardado de la existencia: que quien domina su mundo interior, camina por la vida diaria como si fuera el dueño del juego.

     Diez años pasaron en un parpadeo. A sus treinta y dos años, Tomás Torres era la viva imagen de un hombre que había descifrado el código de la vida. En el mundo tangible, Tomás era un exitoso arquitecto de experiencias, conocido por diseñar espacios que transmitían una calma profunda y una audacia visual fascinante. En el gremio, muchos se preguntaban de dónde sacaba esa genialidad tan fluida y esa serenidad a prueba de crisis. La respuesta, por supuesto, la guardaba en secreto bajo la almohada.

     Una tarde nublada, enfrentaba el reto más grande de su carrera: presentar el proyecto de un complejo cultural ante un comité de inversionistas implacables. La sala de juntas olía a tensión, café cargado y egos inflados. Los ejecutivos cuestionaban cada línea del plano, buscando cualquier grieta de duda en su propuesta. Tomás Torres, impecablemente vestido pero con la misma sonrisa picara de sus siete años, no se despeinó. Mientras el presidente del comité intentaba acorralarlo con preguntas punzantes, Tomás cerró los ojos por un microsegundo. Ahí, en ese plano invisible donde el tiempo no corre, la figura de ojos claros le hizo un leve gesto de complicidad con la cabeza. Cuando Tomás abrió los ojos, su mirada transmitía tal nivel de certeza, seguridad y poder que el salón quedó en un silencio sepulcral.

—Señores —dijo Tomás con una voz pausada, sosteniéndoles la mirada uno a uno—, el proyecto no está diseñado para encajar en la ciudad; está diseñado para transformarla. Y lo vamos a hacer así.

Salió de la reunión con el contrato firmado en el bolsillo y una risita contenida en los labios.

Esa misma noche, Tomás regresó a su apartamento con vista a la metrópolis. Se sirvió una copa de vino, se apoyó en el balcón y contempló las luces de la ciudad desplegadas abajo. Ya no necesitaba despegar los pies del suelo ni desafiar a la gravedad para sentirse el dueño del aire. Había logrado lo más difícil: fusionar la magia y el control de sus sueños con la firmeza de la realidad. Se metió a la cama, acomodó la almohada y, justo antes de cerrar los ojos, miró su reflejo en el cristal de la ventana. 

¡Una historia increíble la de Tomás Torres!

Fin.

Thoughts

  • novelaacuestas

    Me gustó que fuera saltando de edad, doce, quince, dieciocho, veintidós, treinta y dos, como un álbum de fotos. ¿El chaval del autobús te contó hasta lo del contrato o esa parte la pusiste tú?

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  • libretanegra

    Lo del sí y el no, tal cual. Hay gente que sube al auto y se pasa el viaje entero buscando eso mismo en voz alta.

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  • dlozano92

    Parce, los cuatro años sin libreta ni pruebas de realidad me parecieron lo más humano de todo. Uno se asusta con algo y en vez de enfrentarlo lo deja quieto, duerme como la gente común y listo. A mí me pasó con otra cosa, nada de sueños: dejé algo parado un buen rato por puro susto y cuando volví ya no se veía tan grande. Apuesto a que el Tomás del bus todavía se acuerda de esa franela empapada.

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  • Cristofher

    La idea del relato es la epítome del sueño de todo niño. A mí me hubiese gustado hacer un poco de eso.

    Pero también me gusta como refleja la importancia de conocerse a uno mismo. Ese autocontrol de no dejarse atrapar por las circunstancias, porque ciertamente los límites lo pone la mente.

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  • cuentistadebar

    Cuatro horas de cola en la autopista y un desconocido contándote su vida entera, eso es lo más creíble de todo. Apuesto a que el chaval ya la traía ensayada de otros autobuses.

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  • Ovid

    Contar los dedos para saber si estas despierto es de esas cosas que uno acaba probando esa misma noche. Apuesto a que mas de uno que lea esto se mira las manos antes de dormir hoy. Y la sombra de ojos claros siendo el mismo Tomas me hace pensar en que asusta mas un espejo que cualquier monstruo. Gracias por compartirla :)

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  • finalArruinado

    Me leí el último párrafo primero, como siempre, y el balcón con la copa de vino no me dijo nada. Hubo que volver al autobús para cacharlo.

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