Es una película sobre algo que a muchos artistas, y a muchas personas en general, les pesa en silencio: la sensación de que el tiempo está corriendo.
Jonathan Larson está a punto de cumplir treinta años, vive en Nueva York, trabaja en un restaurante y sigue intentando que su musical finalmente cambie su vida. Tiene una vocación, un talento y una idea bastante clara de lo que quiere hacer, pero todavía no consiguió convertir nada de eso en algo concreto. Y mientras tanto, mira alrededor y siente que todos los demás están avanzando.
Porque hay algo muy reconocible en ese momento en el que miras a tus amigos y ves que consiguen trabajos estables, que empiezan relaciones, que construyen algo propio, que parecen tener un rumbo claro. Y después estás vos, todavía buscando. Sin algo demasiado fijo, sin una certeza que puedas señalar y decir: “esto es mío”.
La película captura muy bien esa presión silenciosa que aparece cuando sentís que el tiempo pasa y todavía no llegaste a ningún lugar concreto. Y ahí el título cobra todo su sentido: tick, tick... boom. El sonido de un reloj que no se detiene.
Pero ¿Qué es lo que realmente nos preocupa cuando sentimos que estamos llegando tarde? ¿El paso del tiempo o la comparación con los demás?
Porque quizás el problema no sea cumplir treinta años. Quizás el problema sea mirar alrededor y sentir que todos encontraron su lugar mientras uno sigue buscando el suyo. Y eso puede generar una ansiedad bastante difícil de explicar. No necesariamente porque uno haya fracasado, sino porque todavía no sabe si está avanzando en la dirección correcta.
Larson está obsesionado con su musical porque siente que tiene algo que decir y que, si abandona ahora, quizás esté renunciando a aquello que realmente vino a hacer. Pero al mismo tiempo, la vida le empieza a pedir otras cosas. Necesita dinero. Sus relaciones empiezan a cambiar. Sus amigos también están creciendo y tomando decisiones. Y aparece una tensión bastante real entre perseguir una pasión y construir una vida que sea sostenible.
Porque, ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por aquello que queremos hacer? Y más difícil todavía: ¿Cómo sabemos cuándo estamos sacrificando demasiado?
La película no tiene una respuesta sencilla para eso. Y creo que está bien que no la tenga. Porque perseguir un sueño puede ser inspirador, pero también puede ser agotador. Hay una parte romántica en decir “voy a dedicar mi vida a esto aunque nadie crea en mí”, pero después están las cuentas, los vínculos, el cansancio y esa pequeña voz que aparece cuando pasan los años y empieza a preguntarte si todo ese esfuerzo realmente va a servir para algo.
Lo interesante es que Larson no está solamente luchando contra el fracaso. Está luchando contra el tiempo. Siente que tiene una fecha límite imaginaria. Como si a determinada edad tuviera que haber conseguido aquello que se propuso o, de lo contrario, significara que no lo logró.
Y creo que esa idea es mucho más universal de lo que parece.
Nos enseñan, de alguna manera, que la vida tiene etapas. A determinada edad deberías estudiar. Después trabajar. Después tener pareja. Después independizarte. Después comprar una casa. Después tener hijos. Y si no seguís ese recorrido, aparece esa sensación de que te estás quedando atrás.
Pero ¿Quién decidió que todos tenemos que llegar al mismo lugar al mismo tiempo?
Quizás uno de los grandes problemas de crecer sea pensar que existe una edad correcta para convertirse en la persona que queremos ser. Y la película cuestiona justamente eso. Porque Larson está convencido de que está llegando tarde, mientras nosotros sabemos algo que él todavía no sabe: que su historia recién está empezando.
Y ahí aparece la parte más dolorosa de Tick, Tick... Boom!. Nosotros conocemos el futuro de Jonathan Larson. Sabemos que después va a escribir Rent, que ese musical va a cambiar el teatro musical y que su trabajo va a terminar teniendo una importancia enorme. Pero él no sabe nada de eso. Mientras nosotros miramos la película sabiendo que todo ese esfuerzo va a tener sentido, Larson está viviendo exactamente la incertidumbre que todos conocemos: no saber si lo que estamos haciendo algún día va a dar frutos.
Y eso cambia completamente la manera de mirar la historia.
Porque muchas veces necesitamos saber que algo va a funcionar para animarnos a seguir. Queremos garantías. Queremos saber que el sacrificio va a valer la pena antes de hacerlo. Queremos tener la certeza de que el proyecto va a funcionar, de que la persona se va a quedar, de que el trabajo va a salir bien.
Pero la vida no funciona así.
Larson tiene que seguir escribiendo sin saber si alguien va a escuchar. Tiene que seguir intentando sin saber si algún día va a tener éxito. Y quizás ahí está el verdadero significado del “tick, tick...”: no es solamente el reloj que marca el tiempo que queda. También es el sonido de la ansiedad, de la duda, de esa sensación de que cada día que pasa puede ser un día menos para conseguir aquello que queremos.
Pero también puede ser un recordatorio de que cada día que pasa es un día vivido.
Y quizás ahí está el verdadero conflicto de Jonathan. Está tan concentrado en llegar que, por momentos, se olvida de mirar dónde está. Está tan obsesionado con la obra que está escribiendo que corre el riesgo de no prestar atención a las personas que tiene alrededor. Y eso es importante porque la película tampoco convierte la vocación en algo sagrado que justifica absolutamente todo.
Tener un sueño no significa que todo lo demás deje de importar.
A veces perseguir algo que amamos también puede hacernos perder cosas que amamos.
Y entonces aparece otra pregunta: ¿De qué sirve llegar a donde querías si para conseguirlo perdiste todo lo que tenías alrededor?
Creo que ahí Tick, Tick... Boom! se vuelve mucho más interesante que una simple historia sobre un artista que persigue su sueño. Porque habla de encontrar un equilibrio entre lo que queremos construir y la vida que está ocurriendo mientras intentamos construirlo.
Larson quiere que su obra sobreviva, pero también tiene que aprender a vivir.
Y quizás esa sea la verdadera madurez que plantea la película. Entender que no todo tiene que resolverse ahora. Que no necesariamente estamos llegando tarde. Que quizás simplemente estamos atravesando una etapa que todavía no sabemos cómo va a terminar.
Porque hay algo que nunca podemos tener mientras estamos viviendo nuestra propia historia: la perspectiva del final.
Nosotros sabemos que Rent va a existir.
Larson no.
Nosotros sabemos que su nombre va a quedar.
Él solamente sabe que tiene treinta años y todavía está intentando conseguir una oportunidad.
Porque todos estamos viviendo nuestras historias sin saber qué capítulos vienen después. No sabemos qué decisión va a cambiar nuestra vida. No sabemos qué persona va a ser importante dentro de diez años. No sabemos qué proyecto va a funcionar. No sabemos qué fracaso quizás termine llevándonos a un lugar mejor.
Solo sabemos dónde estamos ahora. Y quizás por eso la pregunta más importante que deja la película no sea “¿voy a conseguirlo?”, sino “¿vale la pena seguir intentando?”
Y la respuesta depende de algo bastante simple, si eso que estás haciendo todavía te hace sentir vivo, quizás sí. No porque exista una garantía de éxito. No porque el mundo te deba una recompensa. No porque todo esfuerzo necesariamente termine dando frutos. Sino porque algunas cosas valen la pena incluso antes de saber cómo terminan.
Tick, Tick... Boom! habla del miedo a quedarse sin tiempo, pero también de algo que muchas veces olvidamos cuando estamos demasiado pendientes del reloj: que no existe una edad correcta para estar donde uno está.
Quizás algunos llegan antes, otros despues, algunos cambian en el camino.. otros tardan años en encontrarlo y quiza no estamos llegando tarde. Quiza simplemente estamos intentnado encontrar nuestro propio ritmo... Porque al final, el reloj va a seguir haciendo tick, tick.
La pregunta es qué hacemos nosotros mientras lo escuchamos y quizás no podamos detenerlo. Pero sí podemos decidir qué hacer antes del boom.