Disclosure Day
Cada vez que Steven Spielberg filmó una historia sobre extraterrestres, en realidad nunca estuvo hablando de extraterrestres. En Encuentros Cercanos hablaba de la curiosidad. En E.T., de la infancia. En Guerra de los Mundos, del miedo. Siempre utilizó aquello que viene del cielo para hablar de lo que ocurre en la Tierra.
Por eso entré a ver Disclosure Day esperando otra película sobre el contacto con una inteligencia superior. Pero salí con la sensación de que Spielberg estaba intentando contar algo mucho más cercano y, al mismo tiempo, mucho más preocupante.
Porque Disclosure Day no habla de una invasión, sino que habla de una humanidad que dejó de escucharse. Y creo que ahí está la gran idea de la película.
Vivimos en una época donde todos tienen una opinión, donde la información circula más rápido que nunca y donde, paradójicamente, cada vez resulta más difícil encontrar un punto de encuentro, nadie escucha, todos responden antes de comprender y todos necesitan tener razón. Los extraterrestres terminan funcionando apenas como un espejo ya que no vienen a conquistar el planeta. Vienen a mostrarnos en qué nos estamos convirtiendo.
El problema es que esa idea nunca termina de encontrar un guion capaz de sostenerla.
Sentí que muchas de las resoluciones llegan demasiado rápido o dependen de casualidades que la propia película no había preparado. Hay personajes que desaparecen durante largos tramos de la historia para volver únicamente cuando el relato necesita resolver un conflicto, y eso hace que varios de los momentos más importantes pierdan parte de su impacto emocional.
Es una sensación extraña porque Spielberg sigue demostrando que probablemente nadie filme una escena como él.
Hay una persecución con dos trenes que, para mí, resume perfectamente por qué sigue siendo uno de los mejores directores de todos los tiempos. Todo es claridad visual, nunca perdemos la referencia del espacio, cada movimiento de cámara tiene un propósito. El montaje acelera la tensión sin confundir al espectador y no necesita esconder la acción detrás de veinte cortes por segundo ni llenar la pantalla de efectos digitales. La secuencia está construida con una precisión que recuerda al mejor Hitchcock: entendemos dónde está cada personaje, qué peligro enfrenta y por qué cada decisión aumenta la tensión.
Es una verdadera clase magistral de puesta en escena y justamente por eso resulta inevitable sentir que la película merecía un material narrativo más sólido.
También me pasó algo con las actuaciones.
Emily Blunt, una actriz que normalmente transmite muchísimo con muy poco, acá nunca terminó de convencerme. Sentí que el personaje nunca encontraba una identidad clara y, por momentos, parecía quedar atrapado entre las distintas ideas que propone el guion. Algo parecido me ocurrió con Daniel. La película deposita sobre él un peso enorme, pero su presencia nunca termina de sostener esa responsabilidad.
En cambio, Hugo se convierte rápidamente en el verdadero corazón de la historia. Cada vez que habla, da la sensación de que deja de ser un personaje para convertirse en la propia voz de Spielberg. Es a través de él donde aparecen las preguntas que el director viene haciendo desde hace décadas: qué pasó con la empatía, por qué dejamos de confiar unos en otros y cuándo empezamos a ver al diferente como una amenaza en lugar de una oportunidad para comprender algo nuevo.
Hay otro aspecto que me resultó especialmente interesante: La manera en que Spielberg utiliza la religión.
Margaret aparece construida casi como una figura mesiánica. Cuando los doce personajes se arrodillan frente a ella y ella responde que no quiere ser ninguna diosa, el paralelismo con los relatos bíblicos resulta evidente. Pero creo que la película intenta decir algo mucho más interesante que una simple referencia religiosa, porque Margaret no representa una divinidad, sino que representa la empatía.
Como si Spielberg estuviera sugiriendo que el verdadero milagro ya no fuera la llegada de un ser superior, sino la posibilidad de volver a comprender al otro en un mundo cada vez más dominado por el miedo, la polarización y la necesidad permanente de tener razón.
Lamentablemente, esa idea tampoco termina de desarrollarse del todo.
Gran parte de esa reflexión parece recaer sobre Janet, pero el personaje queda completamente desaprovechado. Durante buena parte del último acto desaparece de la historia y, cuando finalmente regresa, lo hace únicamente para resolver el problema del corte de luz mediante el dispositivo que permite transmitir el mensaje final. Es una resolución demasiado conveniente para una película que venía proponiendo preguntas mucho más complejas...
Y creo que ahí aparece la mayor contradicción de Disclosure Day. Está dirigida por uno de los mejores narradores que existieron en la historia del cine, pero el guion nunca alcanza la misma grandeza que su puesta en escena.
Hay escenas brillantes, hay ideas enormes, hay momentos donde Spielberg demuestra que sigue teniendo un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico. Pero nunca terminan de convertirse en la gran película que podrían haber sido, y aun así, me quedo pensando en el final.
Porque, más allá de la revelación extraterrestre, Spielberg vuelve a hacernos la misma pregunta que atraviesa casi toda su filmografía.
¿Todavía somos capaces de confiar los unos en los otros?
¿Todavía podemos escuchar antes de juzgar?
¿Todavía somos capaces de mirar a alguien diferente sin convertirlo automáticamente en un enemigo?
Quizá por eso Spielberg vuelve una vez más a levantar la vista hacia el cielo, no porque siga buscando vida en otros planetas. Sino porque todavía intenta encontrar algo de humanidad en el nuestro, y entonces entendemos que, una vez más, los extraterrestres nunca fueron el tema.
Siempre fuimos nosotros.