Tetris me gusta mucho porque toma una historia que, contada de otra manera, podría haber sido simplemente una sucesión de reuniones sobre licencias, contratos y derechos comerciales, y la convierte prácticamente en una película de espionaje.
Todos conocemos el juego: las piezas caen, tenemos que encontrar dónde encajan y una línea desaparece cuando conseguimos completarla. Pero detrás de esa idea sencillísima hubo una pelea comercial y política tan complicada que la película termina funcionando casi como una ironía: Uno de los videojuegos más simples y universales de la historia tuvo que atravesar un laberinto de empresas, gobiernos, contratos y personas intentando quedarse con una parte.
Y algo que me encantó es lo frenética que es. Tetris parece estar acelerada desde que empieza hasta que termina. Todo ocurre a mil: reuniones, vuelos, llamadas, contratos, discusiones, cambios de país, negociaciones y decisiones que parecen tener que tomarse cinco minutos antes de que todo se vaya a la mierda. Prácticamente nunca sentí que la película frenara a explicarme tranquilamente lo que estaba pasando. Te mete dentro de esa carrera y te obliga a intentar acomodar las piezas mientras los personajes también están tratando de hacerlo.
Creo que justamente ahí está una de sus mejores decisiones.
La historia podría haber sido complicada de seguir porque hay distintos tipos de derechos, empresas que creen poseer partes diferentes del juego e intermediarios negociando simultáneamente. Pero la película transforma toda esa confusión en energía. Cada vez que Henk Rogers parece haber entendido quién tiene los derechos aparece otro contrato, otra persona o una nueva condición que cambia todo. Es casi como jugar al propio Tetris: acomodás una pieza y antes de poder disfrutarlo ya está cayendo la siguiente.
Taron Egerton funciona perfecto para sostener ese ritmo porque Henk parece vivir a la misma velocidad que la película. Habla rápido, piensa rápido, viaja de un lado al otro y está permanentemente intentando llegar antes que los demás. Desde que descubre Tetris siente que encontró algo extraordinario y actúa como si cada segundo que pierde fuera una oportunidad para que alguien se lo saque. Esa energía hace que entendamos por qué está dispuesto a arriesgar tanto por algo que, desde afuera, podría parecer simplemente otro videojuego.
Pero la película mejora todavía más cuando llega a la Unión Soviética y aparece Alexey Pajitnov. Ahí deja de ser solamente la historia de un empresario intentando cerrar un negocio y empieza a aparecer algo más humano.
Pajitnov creó un juego que comienza a circular por el mundo mientras él vive dentro de un sistema donde no puede comportarse como el típico inventor occidental que registra su idea, la vende y se vuelve millonario. Existe una distancia enorme entre haber creado algo extraordinario y poder decidir qué ocurre con aquello que creaste.
La amistad entre Henk y Alexey termina siendo para mí el corazón de la película. Podrían haber construido una historia donde Henk simplemente intenta conseguir un producto soviético, pero aparece una relación entre dos personas de sistemas y países completamente diferentes que comparten algo muy sencillo: los dos entienden el juego y saben que hay algo especial ahí. En medio de empresas, funcionarios y contratos, esa conexión termina siendo una de las pocas cosas que no parece completamente atravesada por el interés económico.
También me gusta cómo la película muestra el choque entre dos sistemas sin presentar a ninguno como algo completamente limpio. Del lado soviético existen burocracia, control y vigilancia. Del otro aparecen empresarios intentando ganar millones, adelantarse unos a otros y quedarse con derechos que muchas veces ni siquiera está claro que les pertenezcan. Todo el mundo quiere una parte de Tetris, y mientras todos discuten quién puede venderlo, el propio creador es durante buena parte de la historia quien menos control tiene sobre aquello que hizo.
Visualmente la película acompaña esa aceleración todo el tiempo.
Hay transiciones pixeladas, gráficos, música electrónica, textos en pantalla y momentos donde parece que estamos pasando de nivel. Incluso las persecuciones terminan entrando dentro de esa lógica de videojuego. Todo está diseñado para que la película nunca parezca quieta. Podría haber resultado agotador, pero a mí me funciona porque transmite exactamente la sensación de que todos los personajes están corriendo contra un reloj que no vemos.
Y creo que ése es uno de los motivos por los que la película me entretuvo tanto. Hay momentos donde literalmente parece que nadie puede respirar. Termina una negociación y empieza otra. Henk sale de una oficina y ya tiene que ir a otro país. Aparece una solución y automáticamente surge un nuevo problema. Esa velocidad hace que una película sobre contratos de videojuegos tenga la energía de un thriller.
También hay algo interesante en que el propio juego sea tan simple mientras todo lo que ocurre alrededor sea tan caótico.
Tetris funciona porque cualquiera puede entenderlo en segundos. Una pieza cae, encontrás dónde va, intentás completar una línea. No necesita una historia complicada ni gráficos espectaculares. Y sin embargo, para conseguir que ese juego tan simple pudiera llegar a millones de personas, hizo falta atravesar una historia completamente absurda de derechos, política y negocios.
Sé que la película dramatiza y exagera bastante su historia, especialmente cuando en el tramo final se acerca cada vez más a un thriller convencional, pero incluso eso encaja con su personalidad. No está intentando ser un documental sobre licencias comerciales. Quiere que sintamos la locura de una carrera donde todos están intentando conseguir la pieza correcta antes que los demás.
Y creo que por eso recuerdo tanto su ritmo. Tetris no solamente cuenta una historia sobre un videojuego: por momentos parece funcionar como uno. Todo está cayendo permanentemente desde arriba, cada decisión abre un nuevo problema y los personajes tienen que acomodar las piezas antes de que aparezca la siguiente.
Porque quizás lo más divertido de Tetris sea que convierte una historia de contratos en una carrera contrarreloj: durante dos horas todo parece estar acelerado, todo el mundo está corriendo y nunca sabés cuál va a ser la próxima pieza que caiga.