El cansancio de la jornada se sentía pesado en los hombros. Eran casi las nueve de la noche de un lunes cualquiera y llevaba tres horas en casa, tirado en la cama, buscando únicamente desconectar. Tenía el celular en silencio, como de costumbre; no suelo necesitar el volumen alto porque el teléfono siempre está a mi alcance, iluminándose cada tanto al lado de la almohada.
Pensé que sería un día normal, o al menos eso quería creer.
Suelo considerarme una buena persona —o al menos alguien que intenta serlo—. A menudo presto dinero a gente cercana, aunque la historia casi siempre termina igual: no me pagan. Con el tiempo aprendí a gestionar esa frustración estableciendo un filtro silencioso. Si me fallan, asumo el costo como una tarifa de desilusión. Me digo a mí mismo: «Bueno, su amistad valía 30, 50 o 100 soles», y continúo con mi vida, trabajando, estudiando e intentando salir adelante.
Sin embargo, el caso de Verónica fue distinto. Hace unos diez meses le presté alrededor de dos mil soles. Acordamos que me devolvería el monto en cuatro cuotas mensuales del 25 %, sin intereses de por medio, porque no acostumbro cobrar de más a quienes considero de confianza. Durante un tiempo todo marchó bien; ella pagaba puntual. Pero hace dos meses, cuando tocaba la última cuota para saldar la deuda, me contó que atravesaba una situación difícil y me pidió un mes más de plazo. Acepté.
El mes transcurrió. Luego pasó una semana, dos semanas más, y el silencio se apoderó de la conversación. Ninguno de los dos volvió a escribir.
Podría parecer una reacción drástica romper un vínculo por el 25 % restante de un préstamo que en su mayoría fue saldado. Pero para mí nunca se trató del monto, sino de la confianza y la lealtad. Si alguien no se siente con la libertad o el respeto de avisarme por qué se retrasa, entiendo que no le genero la suficiente confianza. Y si no hay transparencia mutua, prefiero que cada quien siga su camino.
En fin, estaba en la cama viendo videos en la pantalla cuando una notificación interrumpió la rutina: un comprobante de transferencia y un breve mensaje que decía apenas «Voy dándote una parte». El monto depositado no cubría el total pendiente. Para ser franco, yo ya daba por perdido ese dinero, junto con la amistad.
Lo que me pareció frío fue la ausencia de un saludo, un «¿cómo estás?» o una disculpa por la demora. Se sintió más como una transacción obligatoria para limpiar su expediente de deudora y dejar la puerta abierta a futuros favores. Le respondí de forma distante y directa: «Okey, espero que a fin de mes o al otro se termine lo pendiente». Quería que sintiera el distanciamiento.
Con el dinero en la cuenta, me quedé pensando qué hacer. ¿Comprar ropa, pagar algunos pendientes, guardarlo? Nada me convencía. Al final, en un impulso, decidí ingresarlo a una plataforma de inversión de alto riesgo. En mi cabeza la lógica era simple: como ya lo consideraba perdido desde hacía meses, si se multiplicaba, bien; si se esfumaba, no cambiaba mi realidad.
Tres horas después, el 98.45 % del capital había desaparecido.
Me quedé mirando la pantalla en silencio. ¿Por qué lo hice? ¿Fue un problema de ego, una necesidad de malgastar algo que ya había dado por muerto o un impulso irracional? Me sentí extraño unos minutos, preguntándome por qué no le di un uso mejor. Luego apagué el teléfono y continué con mis cosas. Mi rutina siguió intacta, como si nada hubiera pasado.
A veces me pregunto si el hecho de haber dado por terminada la confianza con esa persona hizo que el dinero cobrara el mismo valor nulo, llevándome a tirarlo sin importar el resultado. Y ahí es donde me asaltan las dudas: ¿carezco de empatía?, ¿soy demasiado rígido?, ¿hay algo en mi forma de vincularme que no termina de encajar?
Ah, por cierto, hace 8 años tuve una adicción, fui ludópata.