Marie, mi Marie... Nadie me enseñó a despedirme de las personas; me tocó aprenderlo a golpes en el camino. Pero tu partida... tu partida me ha dolido más que ninguna otra.
Tú me enseñaste que la verdadera hermandad no depende de la sangre. Me demostraste que las hermanas del alma son las más alegres, las que entregan trozos enteros de su vida por la otra persona sin pedir nada a cambio. Fuiste el motor de mi vida durante mucho tiempo. Tus cariños, cada momento compartido, tus palabras sinceras, tus consejos y cada uno de tus detalles se quedaron grabados en mí para siempre. Jamás serán olvidados.
Marie, te extraño. Ya han pasado tres años desde el día en que desapareciste, y aunque cada día sin ti pesa, te sigo recordando con la misma claridad y el mismo cariño del primer día.
No puedo olvidar ese último mensaje... el mensaje que se convirtió en un nudo en la garganta y me dejó la boca seca. Aún no entiendo qué pasó ni por qué las cosas tuvieron que ser así, pero no hay un solo día en que no piense en ti. Dónde quiera que estés hoy, espero de todo corazón que te encuentres bien, protegida y en paz.
Eres y serás siempre una persona profundamente especial para mí. Te quiero, te llevo en el alma y te sigo esperando en mis recuerdos.